La leyenda de los gatos carteros de Lieja
Un plan sin fisuras
Lieja, 1876. Las calles todavía suenan a ruedas de carro, pasos sobre piedra húmeda y voces que van y vienen entre fachadas estrechas. En algún lugar de la ciudad, treinta y siete gatos domésticos esperan —con la paciencia limitada que suele tener un gato— mientras un grupo de hombres prepara pequeñas bolsas impermeables con mensajes en su interior.
La idea era sencilla: si las palomas podían llevar mensajes por el aire, quizá otros animales entrenados podían hacerlo por tierra, así que un grupo de entusiastas decidió que había llegado el momento de modernizar el correo urbano con una solución tan ingeniosa como impensable: equipar a treinta y siete gatos domésticos con pequeñas bolsas impermeables, cargarlas con mensajes, trasladar a los animales a las afueras de la ciudad y soltarlos, confiando en que cada uno encontrara el camino de vuelta a casa entregando, de paso, la correspondencia.
El primero regresó en menos de cinco horas. Al día siguiente, cuenta el relato, todos habían vuelto. Un éxito rotundo, según se contó entonces. El problema es que, si uno se detiene solo un segundo a pensarlo, todo el sistema se derrumba de una manera casi gloriosa.
Hay que reconocerle al plan cierta coherencia interna, al menos en apariencia. Muchos gatos pueden mostrar un notable instinto de regreso: son capaces de encontrar el camino a casa desde distancias considerables, se mueven por tejados, patios y callejones que ningún cartero humano transitaría, evitan el barro y el tráfico con una elegancia que cualquier servicio postal envidiaría, y —esto lo remataba todo— a nadie en su sano juicio se le ocurriría asaltar a un gato para robarle la correspondencia. Durante unos segundos, la idea parece casi visionaria.
El problema, el pequeño detalle que arruina toda la infraestructura, es que un gato no reparte mensajes en el destino que alguien le indique. Vuelve a su propia casa. Y solo a su propia casa.
Cuando la genialidad choca con la realidad felina
Aquí es donde el sistema postal felino empezó a desmoronarse como un castillo de naipes. Si un gato solo sabe volver a donde vive, el único mensaje que puede entregar con garantías es uno dirigido a su propio dueño. Para hacer llegar una carta a un vecino, antes habría que tener en casa, esperando pacientemente, el gato de ese vecino. Y para que ese vecino pudiera a su vez enviarte algo a ti, debería tener antes el tuyo. Lo que en teoría era un servicio de mensajería se convierte, en la práctica, en una especie de intercambio previo de gatos entre toda la ciudad, una mezcla de oficina postal, guardería felina y logística imposible de coordinar.
Y eso sin entrar en la cuestión de los horarios. Un cartero humano puede llegar tarde, equivocarse de calle o incluso perderse. Un gato, directamente, no reconoce el concepto de ruta asignada, ni de plazo de entrega, ni de "ahora toca trabajar". Cualquier intento de imponer puntualidad a treinta y siete gatos con bolsas impermeables estaba condenado, de entrada, a convertirse en un ejercicio de paciencia sin recompensa.
Una anécdota que nunca fue lo que parecía
El relato procede de un artículo publicado en The New York Times el 4 de marzo de 1876, titulado "Postal Cats", obra del periodista y escritor satírico William L. Alden. No hay pruebas sólidas de que existiera realmente aquella supuesta sociedad belga dedicada a la "elevación" del gato doméstico, ni de que el experimento llegara a producirse fuera de las páginas de aquel periódico.
Era, todo indica, una sátira periodística, escrita con la seriedad justa para sonar creíble durante los primeros párrafos y con el suficiente disparate lógico como para que, al terminar de leerla, el lector cayera en la cuenta del absurdo por su cuenta. Con el paso de las décadas, sin embargo, la broma fue perdiendo sus comillas invisibles: se repitió en listas de curiosidades, en artículos de divulgación y en conversaciones de sobremesa, hasta convertirse en una de esas anécdotas que todo el mundo ha oído contar como si fuera un dato histórico incuestionable.
Por qué una broma de 1876 sigue viva
No es difícil entender por qué esta historia ha sobrevivido tanto tiempo. Tiene números concretos —treinta y siete gatos, cinco horas, veinticuatro horas— que le dan ese aire de informe riguroso que tanto ayuda a que una broma se cuele como hecho. Combina ingredientes que funcionan solos y todavía mejor juntos: ciencia, correo, gatos y un fracaso logístico de proporciones absurdas. Y, sobre todo, la sátira funcionaba precisamente porque parecía posible durante unos segundos, antes de que el lector cayera en la cuenta de que los gatos, sencillamente, no hacen recados.
La oficina postal felina nunca existió como servicio real, pero la broma tuvo algo muy propio de los gatos: encontró la manera de regresar una y otra vez.