Alfred Nobel y la dinamita
Buenas intenciones, malas prácticas
Alfred Nobel no tenía delante un problema pequeño: tenía una sustancia capaz de abrir túneles en la roca y, al mismo tiempo, de convertir cualquier descuido en una tragedia. La nitroglicerina, líquida, aceitosa y de una potencia extraordinaria, podía reaccionar a golpes, vibraciones o manipulaciones descuidadas con una facilidad que ningún ingeniero de mediados del siglo XIX podía considerar razonable. Transportarla de un sitio a otro era casi un acto de fe, y almacenarla, una apuesta contra el tiempo.
La nitroglicerina era una promesa con muy mal carácter. Tenía una fuerza enorme, pero muy poca paciencia con quienes intentaban transportarla, almacenarla o usarla.
Una sustancia que nadie sabía domesticar
Nobel no había descubierto la nitroglicerina; ese mérito, o esa carga, correspondía al químico italiano Ascanio Sobrero, que la había sintetizado años antes y que, según se cuenta, quedó tan alarmado por su peligrosidad que llegó a desaconsejar cualquier uso práctico de su propio hallazgo. Nobel, sin embargo, veía en aquella sustancia algo que merecía la pena aprovechar: una potencia explosiva muy superior a la de la pólvora tradicional, capaz de facilitar trabajos de minería, construcción y obra civil que hasta entonces resultaban extraordinariamente lentos y costosos.
El problema no era la potencia, sino la obediencia. La nitroglicerina hacía exactamente lo que se esperaba de ella, y también lo que no, con una facilidad que había costado ya vidas humanas en accidentes de fabricación, transporte y almacenamiento, incluida una explosión en la propia fábrica de la familia Nobel que se cobró víctimas cercanas al propio Alfred. Cualquier intento de aprovechar aquella fuerza pasaba, necesariamente, por encontrar la manera de que dejara de comportarse como una amenaza permanente.
Una idea tan simple como ingeniosa: absorberla
Nobel no buscaba que explotara más, sino que explotara cuando debía. La solución que encontró tenía la elegancia de lo sencillo: mezclar la nitroglicerina líquida con un material poroso y absorbente, la tierra de diatomeas, conocida también como kieselguhr, capaz de empapar el líquido y retenerlo en su interior como si fuera una esponja mineral. El resultado era una pasta manejable, mucho más estable que el líquido puro, que reducía mucho el riesgo de una reacción accidental durante su manejo y transporte, aunque conservaba prácticamente intacta su capacidad explosiva en el momento en que se activaba de forma deliberada.
Aquella pasta, moldeada en barras y con un sistema de detonación fiable desarrollado por el propio Nobel, se convirtió en la dinamita, patentada en 1867. Un explosivo más seguro sigue siendo un explosivo, y esa paradoja acompañaría siempre al invento: no se trataba de eliminar el peligro, sino de ponerle condiciones.
De las minas a las montañas, y de ahí a todas partes
El impacto de la dinamita fue profundo y relativamente rápido. Minería, construcción de túneles, apertura de carreteras y vías férreas, obras de ingeniería que antes exigían meses de trabajo manual pudieron acelerarse de forma drástica gracias a un explosivo que, por fin, se dejaba transportar y almacenar con una fiabilidad razonable. La dinamita abrió túneles, minas y carreteras, pero también dejó claro que ninguna fuerza técnica es inocente por sí misma: la misma estabilidad que permitía usarla con relativa confianza en una obra pública la hacía igualmente apta para fines mucho menos constructivos, algo que no tardó en confirmarse en conflictos y atentados a lo largo de las décadas siguientes.
Nobel, que había buscado domesticar una sustancia peligrosa para ponerla al servicio de la construcción, terminó viendo cómo su invento se asociaba en la memoria colectiva sobre todo con la destrucción. Según una anécdota muy repetida, un periódico llegó a publicar por error su propio obituario años antes de su muerte real, describiéndolo con una dureza —la de "mercader de la muerte"— que él mismo no había anticipado. En su testamento, destinó gran parte de su fortuna a instituir los premios que hoy llevan su nombre, entre ellos uno dedicado expresamente a la paz. La historia de Nobel quedó así unida a una contradicción difícil de borrar. Su invento permitió abrir minas, túneles, caminos y obras que transformaron el mundo moderno, pero también recordó que toda herramienta poderosa depende de las manos que la utilizan.