La Historia, fuera de guion Un accidente de laboratorio con nombre de patente
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Un accidente de laboratorio con nombre de patente

Lo que había ocurrido, aunque nadie lo entendiera con precisión en ese primer momento, era que las moléculas del gas se habían polimerizado espontáneamente dentro del cilindro, formando cadenas larguísimas que dieron lugar a un nuevo material: el politetrafluoroetileno, hoy conocido en todo el mundo por su nombre comercial, teflón.

DuPont, que sabía reconocer una anomalía prometedora cuando la tenía delante, patentó el compuesto pocos años después y empezó a investigar sus posibles aplicaciones. Las primeras no tuvieron nada que ver con la cocina: el teflón se usó en un principio en la industria y en aplicaciones militares, incluido el propio Proyecto Manhattan, donde su resistencia química a sustancias extremadamente corrosivas resultó decisiva para sellar componentes que ningún otro material aguantaba.

Hicieron falta más de diez años para que a alguien se le ocurriera aprovechar aquella propiedad resbaladiza en el terreno doméstico. No fue hasta los años cincuenta cuando el teflón empezó a recubrir sartenes y utensilios de cocina, dando lugar al menaje antiadherente que hoy resulta tan cotidiano que resulta difícil imaginar una cocina sin él. El material que había nacido por accidente en un cilindro que pesaba de más terminó siendo, paradójicamente, el que menos se pega a todo.