La Historia, fuera de guion El teflón un gas que no debería existir
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El teflón un gas que no debería existir

De la industria pesada a la sartén de casa

Nueva Jersey, 1938. Roy Plunkett, joven químico de la empresa DuPont, abre la válvula de un cilindro de gas refrigerante y no sale nada. Ni un silbido, ni una gota, ni el más mínimo indicio de que aquel recipiente contuviera algo. Cualquier otro químico habría anotado "cilindro vacío o defectuoso" en su cuaderno de laboratorio y habría pedido uno nuevo al almacén. Plunkett, en cambio, se fijó en un detalle que no encajaba: el cilindro pesaba exactamente igual que cuando estaba lleno.

Algo, evidentemente, seguía dentro.

Un gas que se buscaba para la nevera, no para la sartén

Plunkett trabajaba por entonces en el desarrollo de nuevos gases refrigerantes, un campo de investigación con bastante importancia comercial en aquellos años, cuando los frigoríficos domésticos empezaban a popularizarse y las empresas competían por encontrar compuestos más seguros y eficientes que los que se usaban hasta entonces. El gas en cuestión, tetrafluoroetileno, era uno de los muchos candidatos que su equipo estaba probando, envasado en cilindros a presión para su manipulación en el laboratorio.

Que un cilindro pesara lo mismo estando aparentemente vacío no era, para un químico con la curiosidad bien entrenada, un simple fallo técnico que resolver con un recambio. Era una pregunta sin responder, y Plunkett decidió no dejarla pasar.

Sierra en mano para resolver un misterio de peso

En lugar de desechar el cilindro, Plunkett optó por cortarlo para ver qué había dentro, algo que en cualquier protocolo de seguridad actual haría saltar todas las alarmas, pero que en la práctica de laboratorio de la época resultaba menos disparatado de lo que suena hoy. Lo que encontró no fue el gas que esperaba, sino un polvo blanco, ceroso, adherido a las paredes internas del recipiente. El gas se había transformado, por sí solo, en un sólido completamente distinto.

Aquel polvo tenía unas propiedades que no se parecían a nada de lo que Plunkett había manejado hasta entonces: resistía temperaturas extremas sin descomponerse, no reaccionaba prácticamente con ningún otro producto químico, y sobre todo, era resbaladizo hasta un punto casi absurdo. Nada se le quedaba pegado.