La Historia, fuera de guion Percy Spencer y la chocolatina del futuro
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Percy Spencer y la chocolatina del futuro

El microondas nació lejos de la cocina

Percy Spencer no estaba intentando inventar una forma de recalentar café. Estaba trabajando con tecnología de radar cuando una chocolatina decidió avisarle de que allí pasaba algo raro.

Corren los años cuarenta, y Spencer se encuentra frente a un magnetrón, uno de esos componentes que por entonces sonaban a ciencia ficción para casi todo el mundo excepto para los ingenieros de Raytheon, la empresa donde trabajaba como ingeniero e inventor. El magnetrón era la pieza central de los sistemas de radar, una tecnología que en plena expansión bélica y de posguerra se había convertido en una de las prioridades de la ingeniería militar. Spencer llevaba años metido de lleno en ese mundo de piezas metálicas, pruebas de laboratorio y desarrollo técnico. Nada en aquel entorno, entre cables y el zumbido constante de las máquinas, tenía la menor intención de parecerse a una cocina.

Y, sin embargo, en algún momento, Spencer nota algo extraño: la chocolatina que llevaba en el bolsillo se ha ablandado hasta convertirse en una masa pegajosa. No por el calor ambiente, ni por haber estado demasiado cerca de una estufa. Ha sido el magnetrón, en funcionamiento, a varios metros de distancia.

Un ingeniero que no se limitó a limpiarse las manos

La reacción lógica ante un dulce arruinado en el bolsillo sería, como mucho, una mueca de fastidio. Spencer se hizo una pregunta distinta: ¿por qué justo ahora, y justo aquí?

El magnetrón no había sido diseñado para calentar nada que no fuera la propia tecnología de detección por radar. Pero Spencer, intrigado, decidió comprobar si aquel efecto se repetía con otros alimentos. Colocó unos granos de maíz cerca del dispositivo, y los granos empezaron a saltar convertidos en palomitas. Probó también con un huevo, que según la versión más repetida terminó explotando por la presión generada en su interior. Ninguno de esos experimentos formaba parte de ningún proyecto oficial de Raytheon: eran la curiosidad de un ingeniero jugando con su propia merienda.

Lo que Spencer había encontrado era que las microondas generadas por el magnetrón calentaban los alimentos al hacer vibrar las moléculas de agua que contienen, un proceso mucho más rápido que el de cualquier fuente de calor convencional.

De un laboratorio de radares a una máquina del tamaño de un armario

Antes de ser un electrodoméstico, el microondas fue una máquina enorme y cara. El primer aparato basado en aquel hallazgo, comercializado a finales de los años cuarenta bajo el nombre de Radarange, pesaba varias decenas de kilos y tenía un precio que lo dejaba fuera del alcance de cualquier cocina familiar.

Durante bastante tiempo, el Radarange resultó más útil en restaurantes, líneas de ferrocarril y cocinas industriales que en un hogar cualquiera: entornos donde calentar grandes cantidades de comida rápidamente compensaba el precio del aparato. La idea de tener uno en casa, junto al horno de toda la vida, tardaría todavía un par de décadas en resultar imaginable para la mayoría de las familias.

Hicieron falta más de veinte años de mejoras técnicas, reducción de tamaño y abaratamiento de componentes para que el microondas empezara a colarse en las cocinas normales, hasta convertirse en el electrodoméstico casi universal que es hoy. El paso de máquina de laboratorio derivada de un radar militar a aparato que calienta la leche en dos minutos no fue instantáneo: exigió dos décadas de ingeniería e inversión.

El microondas nació entre radares y magnetrones, en un laboratorio donde nadie pensaba en cocinar. La pista, sin embargo, no la dio ningún manual de ingeniería: la dio una chocolatina que se ablandó antes de tiempo en el bolsillo equivocado.