La Historia, fuera de guion Alexander Fleming y el moho olvidado
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Alexander Fleming y el moho olvidado

Arruinó una placa, pero salvó millones de vidas

Septiembre de 1928. Alexander Fleming regresa a su laboratorio en el hospital St. Mary's de Londres tras varias semanas de vacaciones y se encuentra la mesa de trabajo tal como la había dejado: un pequeño caos de placas de cultivo, cristal y bacterias creciendo a sus anchas. En cualquier laboratorio razonable, encontrar una placa contaminada por moho después de tanto tiempo sin supervisión era, sencillamente, una mala noticia y candidata directa a la papelera. En el de Fleming, aquella placa decidió comportarse como una pista.

Fleming llevaba tiempo investigando los estafilococos, unas bacterias bastante comunes y problemáticas, y en una de sus placas de cultivo se había colado sin permiso una visita indeseada: un hongo, que había crecido en una esquina mientras él estaba fuera. Nada extraordinario hasta ahí; los cultivos se contaminan constantemente, y cualquier bacteriólogo sabe que eso suele significar tirar la placa y empezar de nuevo. Lo raro venía después.

Alrededor de aquel moho, en un círculo perfectamente visible, no había ni rastro de bacterias. Como si el hongo hubiera trazado su propio territorio y las colonias de estafilococo, tan prolíferas en el resto de la placa, no se atrevieran a acercarse.

Lo normal habría sido tirar la placa y seguir trabajando. Por suerte para la humanidad, Fleming hizo algo bastante más raro: mirarla con atención.

Un bacteriólogo con el ojo entrenado para las anomalías

Fleming no era un científico cualquiera que se hubiera tropezado por casualidad con un microscopio. Llevaba años investigando sustancias capaces de combatir infecciones bacterianas, en una época en la que una simple herida infectada podía convertirse fácilmente en sentencia de muerte. Ya había descubierto antes la lisozima, una enzima presente en fluidos corporales como las lágrimas con cierta capacidad antibacteriana, así que su cabeza estaba, por así decirlo, entrenada para reconocer el valor de una anomalía cuando se topaba con ella.

Al examinar la placa, identificó el hongo como perteneciente al género Penicillium. Y comprendió que aquel moho debía de estar liberando alguna sustancia capaz de impedir el crecimiento bacteriano a su alrededor. Bautizó a esa sustancia, todavía desconocida en su composición exacta, con el nombre que hoy conocemos de sobra: penicilina.

Tardó años en convertirse en medicina

Aquí es donde conviene frenar cualquier tentación de contar esta historia como un cuento de hadas científico en el que el protagonista descubre por accidente la cura milagrosa y la humanidad vive feliz para siempre. La penicilina no salió del laboratorio lista para salvar vidas. Fleming publicó sus observaciones en 1929, pero no logró aislar ni purificar la sustancia de forma estable, y el propio interés científico por su hallazgo fue más bien discreto durante la siguiente década.

El descubrimiento fue el comienzo, no el final. Hicieron falta más de diez años y el trabajo de otro equipo de investigadores, encabezado por Howard Florey y Ernst Boris Chain en Oxford, para desarrollar métodos que permitieran producir penicilina en cantidades suficientes y con la estabilidad necesaria para convertirla en un medicamento real. Ese trabajo posterior, mucho menos conocido que la anécdota de la placa contaminada, fue el que convirtió un hongo curioso en un fármaco capaz de salvar vidas a gran escala, justo a tiempo para desplegarse durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las infecciones en heridas de combate se cobraban tantas vidas como las propias balas.