La Historia, fuera de guion Spoiler no lo consiguió
40%

Spoiler no lo consiguió

El 4 de febrero de 1912, en el primer piso de la Torre Eiffel, un hombre se ajusta un traje voluminoso mientras el frío de la mañana parisina le cala hasta los huesos. Abajo, en el Campo de Marte, se ha reunido un grupo de curiosos y periodistas, cámaras de cine incluidas, atraídos por el anuncio de una prueba experimental. Franz Reichelt lleva puesto un invento que, sobre el papel, debía salvarle la vida. El problema es que el papel, a diferencia del suelo de París, no tenía ninguna intención de comprobarlo.

Reichelt, sastre de origen austrohúngaro instalado en Francia, llevaba años obsesionado con un problema que por entonces preocupaba a media Europa: la aviación estaba despegando literalmente, y con ella crecía el número de pilotos que caían desde altura sin ninguna forma de sobrevivir al golpe. Reichelt pensó que él, con sus conocimientos de costura y su ingenio de aficionado, podía resolverlo. Diseñó un traje que combinaba abrigo y paracaídas: una especie de capa con estructura de tela y varillas que, en teoría, se desplegaría al caer y frenaría el descenso lo suficiente como para sobrevivir.

Había probado versiones anteriores del traje lanzando maniquíes desde su propio edificio, con resultados que oscilaban entre lo discreto y lo decepcionante. Lejos de desanimarse, decidió que necesitaba una prueba a mayor altura para demostrar que el invento funcionaba de verdad. Solicitó permiso para experimentar desde la Torre Eiffel. Algunas versiones apuntan a que las autoridades entendían que la prueba se haría con un muñeco, tal como había hecho hasta entonces; otras sugieren que la intención de Reichelt de saltar él mismo era ya conocida de antemano. No está del todo claro qué esperaba exactamente quien le dio el permiso, pero lo que sí es seguro es que, aquella mañana, nadie subió al primer piso de la torre con un muñeco bajo el brazo.

La escena tenía algo de demostración científica y algo de espectáculo peligroso, esa mezcla tan propia de una época en la que el ingenio individual todavía podía cambiar el mundo, y en la que probarlo en carne propia no sonaba tan descabellado como hoy nos parece. Reichelt se movía con la seguridad de quien ha repasado sus cálculos mil veces. Los periodistas allí presentes, según cuentan las crónicas, mostraban dudas evidentes sobre si aquello iba a funcionar, y algunos incluso intentaron disuadirle en los minutos previos. Reichelt insistió en que su traje estaba listo.

Subió a la barandilla. Se ajustó el invento una última vez. Y saltó.

El traje no llegó a desplegarse como estaba previsto. Reichelt cayó directamente contra el suelo helado del Campo de Marte, y murió a causa del impacto, ante la mirada de la multitud y las cámaras que habían acudido a registrar lo que se suponía sería un hito de la ingeniería casera. La filmación de aquel momento, conservada hasta hoy, es uno de los primeros registros documentales de una muerte pública captada en movimiento, un detalle que por sí solo explica por qué esta historia no se ha borrado de la memoria colectiva durante más de un siglo.

Isadora Duncan y el pañuelo que quiso seguir bailando

Un coche abierto, un fular demasiado largo y un final imposible

Niza, 14 de septiembre de 1927. Isadora Duncan sube a un coche abierto envuelta en uno de esos largos fulares que parecían prolongar el movimiento de su cuerpo incluso fuera del escenario. La tela ondea con el aire. El coche avanza. Y, en cuestión de segundos, aquello que tantas veces había acompañado su danza queda atrapado en la rueda del automóvil. El accidente fue mortal.

La mujer que reinventó el baile antes de cumplir treinta años

Para entender por qué esta muerte resultó tan chocante conviene recordar quién era Isadora Duncan. Nacida en San Francisco, se había convertido en una de las figuras más influyentes de la danza moderna, rompiendo con las rígidas convenciones del ballet clásico para proponer un movimiento más libre, descalzo, inspirado en el arte griego antiguo y en la naturaleza. Bailaba con túnicas sueltas en lugar de tutús, sin las posiciones forzadas de la técnica académica, y esa libertad escandalizó a unos y fascinó a otros a partes iguales. Con el tiempo, se convirtió en una celebridad internacional, admirada tanto por su talento como por una vida personal que ella misma vivió con el mismo desapego a las convenciones que aplicaba sobre el escenario.

Su vida, además, había estado marcada años antes por la pérdida de sus dos hijos pequeños, que murieron ahogados en un accidente de coche que cayó al Sena. Isadora nunca dejó de arrastrar aquel dolor, aunque siguió bailando y viviendo con la misma intensidad de siempre.

Un final que parece escrito por alguien con mal gusto para el simbolismo

Lo que hace que esta muerte resulte tan difícil de olvidar no es solo lo insólito del mecanismo, sino la cantidad de capas simbólicas que se le han ido añadiendo con el tiempo. Isadora Duncan había hecho del pañuelo, la tela suelta y el movimiento libre su marca personal durante toda una carrera dedicada a liberar el cuerpo de ataduras. Que precisamente ese elemento, la tela que fluía libre en cada actuación, terminara siendo el desencadenante de su muerte, tiene una ironía tan perfecta que roza lo literario.