La Historia, fuera de guion Iván IV y el día que mató a su propio heredero
13%

Iván IV y el día que mató a su propio heredero

Un golpe, un trono vacío y décadas de consecuencias

En una sala de la residencia de Aleksándrov, en noviembre de 1581, el ambiente lleva un rato cargado de algo peor que el frío habitual del invierno ruso. Hay voces alzadas entre un padre y un hijo, un intercambio que ha ido subiendo de tono más de lo que nadie en la corte esperaba. Los cortesanos que se encuentran cerca guardan las distancias, sin saber muy bien si es mejor intervenir, retirarse o simplemente desaparecer del pasillo. Interrumpir a un zar en pleno estallido de autoridad no debía de parecer la opción más segura, y menos cuando el conflicto afectaba a su propia familia.

El zar lleva consigo, como siempre, un cetro con punta de hierro, más símbolo de autoridad que arma, aunque esa distinción está a punto de desdibujarse. Lo que ocurre a continuación se resuelve en un instante, casi sin que nadie llegue a procesarlo del todo. Después llega el silencio, ese tipo de silencio que se produce cuando algo acaba de torcerse de forma irreversible, y la urgencia repentina de acudir a socorrer al heredero al trono de Rusia, que yace en el suelo, gravemente herido.

Morirá pocos días después.

Un zar y el hijo que debía sucederle

El hombre del cetro es Iván IV, al que la historia recordaría con el sobrenombre de "el Terrible", una etiqueta que ha viajado durante siglos junto a su nombre., cargado de la propaganda y el resentimiento que suele acompañar a los gobernantes más temidos de su tiempo, no una descripción neutral de quién era exactamente.

Para muchos en la corte, representaba la garantía de que Rusia tendría una transición ordenada el día en que Iván IV, ya entrado en años, dejara el trono. No era una reserva discreta en la línea sucesoria: era la continuidad misma del proyecto político de su padre.

La versión que cruzó los siglos

Según la versión más repetida, aquel día la disputa entre padre e hijo tuvo su origen en un episodio relacionado con la esposa del zarévich, embarazada en aquel momento, y en un desacuerdo sobre cómo debía comportarse o vestir en la corte. Las fuentes cercanas al episodio narran que la tensión fue subiendo hasta que el propio zar golpeó a su nuera, provocándole la pérdida del embarazo. Cuando su hijo intervino para confrontarle, el enfrentamiento entre ambos se volvió físico, y el zar terminó golpeándolo con el cetro que llevaba siempre encima.

La versión tradicional habla de un golpe fatal, aunque no todos los detalles pueden reconstruirse con seguridad: no sabemos con precisión cómo se desarrolló exactamente el forcejeo, ni si hubo un instante de arrepentimiento inmediato tan claro como después se contaría. Lo que sí transmiten las fuentes cercanas a la época es que el propio Iván IV quedó visiblemente afectado nada más comprender lo que acababa de ocurrir, y que se volcó, ya demasiado tarde, en intentar salvar a su hijo.

Una tragedia familiar que se convirtió en terremoto político

Lo que ocurrió en aquella sala no se quedó dentro de aquellas cuatro paredes. La muerte de Iván Ivánovich dejó a Rusia sin el heredero que la propia corte consideraba mejor preparado para asumir el trono, justo en un momento en que la estabilidad del país dependía en buena medida de que esa sucesión estuviera resuelta con claridad.

El siguiente en la línea era Fiódor, otro hijo de Iván IV, que heredaría el trono a la muerte de su padre pocos años después. Fiódor no carecía de virtudes personales, pero era considerado por la corte y por buena parte de los cronistas de la época como alguien mucho menos preparado para ejercer el poder de forma efectiva. Durante su reinado, el poder efectivo fue desplazándose hacia figuras de la corte como Borís Godunov, que acabaría convirtiéndose en una de las piezas clave de la política rusa tras la muerte del zar. Cuando Fiódor murió sin dejar heredero, la línea dinástica que había gobernado Rusia durante generaciones se cortó de raíz.

Fue precisamente esa falta de una sucesión clara y sólida —la misma que la muerte de Iván Ivánovich había comprometido años antes— la que abrió la puerta a un periodo de disputas de poder, pretendientes rivales, hambrunas e inestabilidad generalizada que la historia rusa recordaría después como el Periodo Tumultuoso. No hubo una sola causa detrás de aquella crisis, pero el hilo que conecta un golpe de cetro en una sala de palacio con décadas de caos político es bastante más directo de lo que uno esperaría al escuchar la anécdota por primera vez.

Lo que se sabe y lo que todavía se discute

La versión tradicional de este episodio cuenta con un respaldo considerable: procede de fuentes relativamente cercanas a los hechos, y ha sido la explicación aceptada durante siglos tanto dentro como fuera de Rusia. Algunas lecturas recientes han intentado discutir la versión tradicional, cuestionando ciertos detalles concretos o incluso planteando dudas sobre si la causa exacta de la muerte fue realmente el golpe descrito, y no una enfermedad que pudiera haber coincidido en el tiempo.

Una escena fijada por un cuadro

Buena parte de la imagen que todos tenemos hoy de aquel momento —el padre sujetando a su hijo agonizante, el rostro desencajado, la mirada de horror— no procede de ningún testimonio directo del siglo XVI, sino de un cuadro pintado tres siglos después, en 1885, obra del pintor ruso Ilya Repin. Aquella pintura, de gran fuerza visual, ayudó a fijar el episodio en la memoria colectiva con una intensidad dramática que las crónicas originales no describen con el mismo detalle.

Un golpe que no se quedó en una sola habitación

Lo que ocurrió aquella tarde en una sala de palacio podría haber sido, en otras circunstancias, una tragedia estrictamente familiar. Pero el heredero que cayó en aquel suelo no era un hijo cualquiera: era la pieza que sostenía la continuidad de todo un proyecto de gobierno. Iván IV no solo perdió a un hijo aquella tarde de noviembre. Rusia perdió el futuro que llevaba su nombre.

Felipe V, el rey rana.

Un cuento de hadas (al revés)

Hubo días en el Palacio de La Granja de San Ildefonso en los que la corte española no sabía muy bien si llamar al médico, al confesor o a alguien con experiencia en charcas. Cuenta la leyenda que, en una de las peores crisis de “melancolía”, el rey Felipe V se movía por sus habitaciones de un modo que a más de uno le recordó, incómodamente, al de una rana: pasos cortos y erráticos, posturas extrañas, incluso quien se atrevía a contarlo en voz baja mencionaba algo parecido a un croar. No sabemos si sucedió exactamente así, ni con qué frecuencia, ni cuánto había de comportamiento real y cuánto de rumor abultado por el boca a boca de los pasillos. Lo que sí parece razonable imaginar es el ambiente que debió de generar una escena semejante en una corte acostumbrada a que el monarca fuera, ante todo, una figura de ceremonia y protocolo: miradas que se cruzaban sin decir nada, algún criado que se santiguaba discretamente, el silencio prudente de quien sabe que, cuando el protagonista es el rey, nadie se ríe en voz alta.

Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V, andaba presumiblemente cerca de todo aquello, o al menos era ella quien terminaba gestionando sus consecuencias. Italiana de nacimiento, con fama merecida de carácter firme y cabeza política nada desdeñable, se había convertido en una de las figuras más influyentes de la corte, hasta el punto de que buena parte de las decisiones de gobierno, sobre todo en los peores momentos de su marido, pasaban por su criterio antes que por el de cualquier ministro. Cuesta no imaginar a Isabel de Farnesio, reina de carácter firme y pocas ganas de dejarse arrastrar por el pánico cortesano, preguntándose si de verdad había cruzado media Europa para terminar administrando una crisis anfibia en el palacio de La Granja.

Porque de eso trata, en el fondo, esta historia: de cómo un problema real y grave terminó envuelto en una leyenda que ha sobrevivido siglos, mientras que la seriedad de lo que había detrás se fue diluyendo por el camino.

Un trono que llegó con guerra incluida

Felipe V fue el primer Borbón en sentarse en el trono español, y llegó a él en unas circunstancias que ya anunciaban lo accidentado que sería su reinado. Nieto de Luis XIV de Francia, fue designado heredero de una corona a la que llegaba por una compleja red de derechos dinásticos, alianzas y renuncias familiares, lo cual desató la Guerra de Sucesión Española, un conflicto que enfrentó a media Europa durante años por la simple pregunta de quién debía ocupar aquel trono. Felipe ganó la guerra, se quedó con la corona, y con ella heredó también el peso de gobernar un imperio inmenso en un momento de fragilidad económica y política considerable.

Ese peso, con los años, empezó a notarse. No de forma anecdótica, sino como una sombra que acompañó buena parte de su reinado.

Una vulnerabilidad que la corte no sabía cómo nombrar

Los documentos de la época —correspondencia diplomática, memorias de embajadores, testimonios de quienes convivían con él a diario— describen a un rey que atravesó largos periodos de profunda “melancolía”: tristeza que se prolongaba durante semanas, dificultad para mantener rutinas básicas, aislamiento voluntario, momentos en los que la propia idea de ejercer sus obligaciones de gobierno parecía superarle por completo. No sabemos, con la precisión de un diagnóstico actual, qué nombre pondríamos hoy a lo que le ocurría. Lo que sí sabemos es que aquello no era un capricho ni una rareza pasajera: fue lo bastante serio como para marcar decisiones de Estado.

La más extraordinaria de todas llegó en 1724, cuando Felipe V decidió abdicar en su hijo Luis, que pasó a reinar como Luis I. Fue un gesto sin apenas precedentes en la monarquía española: un rey todavía relativamente joven que renunciaba voluntariamente al trono. Los motivos fueron complejos: hubo razones religiosas, personales y políticas. Pero, en cualquier caso, la decisión encaja con la imagen de un rey para quien la corona se había convertido en una carga difícil de sostener.

La historia, sin embargo, no le concedió ese descanso. Luis I murió apenas siete meses después de subir al trono, víctima de la viruela, y Felipe V se vio obligado a regresar a un puesto del que había intentado alejarse. A partir de ahí, su segunda etapa como rey estuvo marcada por episodios recurrentes de aquella misma fragilidad, gestionados en buena medida gracias a la firmeza de Isabel de Farnesio, que asumió un papel decisivo en el día a día del gobierno mientras la salud de su marido atravesaba altibajos constantes.

Cuando la corte necesita que el rey siga siendo el rey

Merece la pena detenerse aquí, porque lo interesante de esta historia no es solo lo que le ocurría a Felipe V, sino lo que le ocurría a quienes lo rodeaban. Una monarquía absoluta necesita, por definición, que el monarca funcione: que firme, que decida, que reciba embajadores, que sostenga con su sola presencia el andamiaje entero del poder. Cuando eso deja de ser posible con la regularidad esperada, la corte entera se ve obligada a improvisar soluciones, a menudo silenciosas, a menudo poco documentadas, para que el reino siga funcionando pese a todo.

Médicos, confesores, ministros y familiares se turnaron durante años en la tarea, nada sencilla, de sostener el funcionamiento de la corona mientras gestionaban en privado los problemas de un rey que no siempre estaba en condiciones de ejercer su cargo. Y en ese silencio administrativo, en ese espacio que la corte prefería no airear demasiado, empezaron a colarse los rumores. De ahí nació, probablemente, la historia de la rana.

Un rey atrapado entre la enfermedad, el rumor y la leyenda

Puede que nunca sepamos con exactitud qué combinación de factores explicaba los episodios más difíciles de Felipe V, ni qué parte de sus comportamientos más extraños respondía a un sufrimiento real y cuál fue exagerada después por cortesanos con ganas de anécdota o por generaciones posteriores que preferían un relato pintoresco a una explicación clínica. Lo que sí parece razonablemente claro es que detrás de la leyenda hubo un hombre que ocupó, sin haberlo buscado del todo, un trono que le pesaba más de lo que la etiqueta de la época permitía reconocer en público, y una reina que tuvo que sostener ese trono con mano firme mientras el resto de la corte se limitaba a mirar y susurrar.

Felipe V no necesitó convertirse en rana para quedar atrapado en una leyenda. Bastó con que una corte sin respuestas y una posteridad con ganas de anécdotas hicieran el resto.