La Historia, fuera de guion Juana la Loca y el último viaje de Felipe el Hermoso
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Juana la Loca y el último viaje de Felipe el Hermoso

Mucho más cuerda de lo que nos han hecho creer

Castilla, invierno de 1506. Un cortejo avanza por caminos helados, con antorchas que apenas resisten el viento y una comitiva que empieza a perder la cuenta de cuántas noches lleva caminando. Al frente va un féretro. Junto a él, sin apartarse un solo tramo del recorrido, camina una mujer de veintisiete años, embarazada, recién viuda y con un título que pesa mucho: reina legítima de Castilla.

Nadie en aquella comitiva sabe con certeza cuánto va a durar el viaje, ni hacia dónde se dirige exactamente, ni qué va a significar todo aquello unos meses después. Solo saben que la reina no ha dado la orden de detenerse, y que no parece dispuesta a darla pronto. Dentro del féretro va Felipe el Hermoso, archiduque de Austria y duque de Borgoña. Fuera,

Una boda pensada para atar imperios, no corazones

Juana era hija de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, y durante buena parte de su infancia nadie esperaba que heredara gran cosa: tenía hermanos por delante en la línea sucesoria. Pero una serie de muertes sucesivas alteró la línea sucesoria, y Juana acabó convertida en la heredera de la corona de Castilla, uno de los territorios con más peso de toda Europa.

Su matrimonio con Felipe el Hermoso respondía a la lógica habitual de la época: una alianza dinástica entre Castilla y los territorios borgoñones, sellada con un enlace en el que el amor, si llegó a existir, fue en el mejor de los casos una consecuencia y no el objetivo. Las crónicas describen una relación intensa, con momentos de auténtica pasión y también con celos y tensiones considerables, alimentadas en parte por la ambición del propio Felipe, que no se conformaba con el papel secundario que le correspondía junto a una esposa que era, oficialmente, la titular de la corona.

Ahí está la clave que suele perderse en las versiones más simplificadas de esta historia: Juana no era la esposa de un rey. Era la reina. Felipe era su consorte. Y esa diferencia, aparentemente técnica, iba a resultar decisiva en todo lo que vino después.

Una muerte que lo cambió todo en cuestión de días

En septiembre de 1506, Felipe murió de forma repentina en Burgos. Probablemente fueron unas fiebres, aunque en su momento no faltaron quienes hablaron de veneno, una sospecha que nunca llegó a sostenerse con solidez. Tenía veintiocho años y estaba en la cumbre de sus ambiciones políticas.

Lo que vino después es la parte de la historia que todo el mundo conoce.

El viaje que no debía haber empezado

Juana ordenó trasladar el cuerpo de su marido, y ese traslado se prolongó durante meses: de noviembre de 1506 a febrero de 1507, recorriendo Castilla de monasterio en monasterio, sin que quedara del todo claro para la propia comitiva cuál era el destino final ni cuándo llegarían a él. Las crónicas de la época hablan de un cortejo que avanzaba de noche, que se detenía en conventos, que retomaba la marcha sin previo aviso.

A partir de ahí, la leyenda fue añadiendo capas. Según algunas crónicas, Juana hacía abrir el féretro de tanto en tanto para comprobar que el cuerpo seguía dentro. Se dijo después que no permitía que ninguna mujer se acercara al cortejo, presa de unos celos que la muerte no había disuelto. Las versiones más repetidas hablan también de largas veladas junto al cadáver, descritas por cronistas posteriores con un detalle que roza lo teatral.

Resulta razonable aceptar que hubo un fondo real de duelo profundo, y que ese duelo se manifestó de forma pública y prolongada ante una corte que no sabía muy bien cómo interpretarlo.

Viajar de noche, por extraño que nos parezca, no basta por sí solo para convertir aquel cortejo en una prueba de incapacidad: los desplazamientos largos podían depender de razones logísticas, de seguridad, de ritmo del cortejo o de protocolo. Cuando lo hacía cualquier otro miembro de la nobleza, a nadie se le ocurría preguntarse por su estado de ánimo.

Lo que de verdad estaba en juego

Aquí es donde conviene detenerse, porque el relato del duelo desmedido es solo la mitad de la historia. La otra mitad tiene que ver con quién se beneficiaba de que ese relato se contara precisamente así.

Fernando el Católico, padre de Juana, tenía un problema delicado entre manos: su hija era la heredera legítima de Castilla, y mientras ella gobernara con plena autoridad, él pasaba a un segundo plano. Un episodio como aquel viaje —dramático, prolongado, fácil de describir como una muestra de descontrol emocional— le ofrecía un argumento perfecto para presentar a su hija como alguien incapaz de asumir las responsabilidades de gobierno.

Esto no significa que Fernando inventara sin más una historia falsa de la nada, ni que se tratara de una maquinación calculada al detalle desde el primer día. Es posible que Juana atravesara un duelo verdaderamente profundo, e incluso alguna dificultad emocional añadida, y que ese sufrimiento real fuera, al mismo tiempo, aprovechado y exagerado por quienes tenían mucho que ganar presentándolo como prueba de incapacidad. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez, y probablemente lo fueron.

No fue solo Fernando quien encontró conveniente esa narrativa. Distintas facciones de la corte, con intereses no siempre coincidentes entre sí, compartían la misma conclusión práctica: una Juana apartada del poder resultaba mucho más manejable que una Juana gobernando con plena autoridad.

Un apodo que ha durado más que cualquier argumento político

De todo aquel episodio surgió, con el tiempo, el apodo con el que Juana ha pasado a la posteridad, y que ha funcionado extraordinariamente bien durante quinientos años, lo cual dice bastante sobre lo persuasivas que pueden llegar a ser este tipo de etiquetas cuando a alguien le interesa que se queden fijadas para siempre.

El desenlace de la historia es bien conocido. Juana fue progresivamente apartada del gobierno efectivo y confinada en el palacio de Tordesillas, donde pasaría cuarenta y seis años, hasta su muerte en 1555. Primero bajo la tutela de su padre; más tarde, bajo la de su propio hijo, Carlos I, que había heredado el trono y que encontró en la incapacidad oficial de su madre exactamente la misma ventaja que antes había encontrado su abuelo.

Lo que queda de todo esto

Vista con distancia, esta historia deja claro lo fácil que resulta convertir un duelo intenso en una prueba irrefutable de incapacidad, siempre que a alguien le convenga leerlo así. El viaje fúnebre de Felipe el Hermoso ocurrió, sin duda; lo que resulta mucho más discutible es que fuera, por sí solo, la prueba definitiva de que Juana no podía gobernar un reino que llevaba su nombre.