Federico Guillermo I y los Granaderos de Potsdam
La altura se convirtió en asunto de Estado
Son las siete de la mañana en Potsdam y el patio de palacio ya retumba. Fila tras fila, los hombres avanzan con la misma cadencia exacta, el paso marcado sobre el empedrado, los uniformes tan impecables que parecen recién salidos de sastrería. Lo primero que llama la atención no es la disciplina, que también la tienen y de sobra, sino la estatura: cada uno de esos soldados supera con holgura la altura media de cualquier varón de su época, algunos por más de una cabeza. Vistos en conjunto, avanzando en formación perfecta, producen un efecto casi hipnótico, como si el ejército hubiera decidido, por una vez, medir sus fuerzas también en centímetros.
Desde una posición privilegiada, el rey Federico Guillermo I de Prusia contempla el desfile con una atención que no dedica a ningún otro asunto de gobierno. No parpadea, no conversa, no se distrae con nada de lo que ocurre a su alrededor. A cierta distancia, ministros y funcionarios hacen sus propios cálculos, bastante menos entusiastas: cuántos reclutadores han hecho falta para reunir a todos esos hombres, cuánto ha costado exactamente cada uno de ellos, cuántos meses de presupuesto militar representa aquella fila perfectamente alineada. Todos llegan más o menos a la misma conclusión incómoda: aquello ya no es un capricho decorativo del monarca. Es una prioridad de Estado, con partida presupuestaria propia y agentes trabajando fuera de las fronteras del reino.
En otros reinos se buscaban alianzas, oro o territorios. Federico Guillermo I también buscaba algo bastante más concreto: soldados que sobresalieran por encima de todos los demás.
Un regimiento pensado para impresionar, no para combatir
Lo curioso de esta historia es que aquel regimiento apenas llegó a pisar un campo de batalla. Su función principal no era ganar guerras, sino desfilar: ofrecer al rey y a cualquier visita ilustre una demostración visual de poder, disciplina y capacidad organizativa. Cuanto más imponente resultaba la formación, mejor cumplía su cometido, sin necesidad de disparar un solo tiro ni de arriesgar una sola baja.
Conviene aclarar algo antes de seguir, porque es un error que se repite con frecuencia: el rey obsesionado con reunir soldados de gran estatura no fue Federico II, el que la historia recuerda como "el Grande". Fue su padre, Federico Guillermo I, que reinó entre 1713 y 1740. La confusión es comprensible —ambos se llamaban Federico, ambos gobernaron Prusia, y el hijo terminó siendo bastante más célebre—, pero el protagonista de este capítulo es el padre. El hijo, como veremos, tendría bastante menos paciencia con el proyecto que había heredado.
De regimiento cualquiera a proyecto personal
El Regimiento de Granaderos de Potsdam no era una invención de Federico Guillermo I: existía desde 1675, mucho antes de que él llegara al trono. Lo que hizo, apenas asumió el poder en 1713, fue convertirlo en su empeño más personal, con un criterio de selección muy concreto: solo se aceptaba a hombres de más de 1,88 metros, una estatura verdaderamente extraordinaria para una época en la que la media era bastante más baja que la actual. No tardó en ganarse un apodo popular que ha llegado hasta nuestros días: los "Gigantes de Potsdam".
El problema era que hombres así no abundaban precisamente en las esquinas de Berlín, esperando a que alguien pasara a reclutarlos. Encontrarlos exigía buscarlos activamente, y buscarlos activamente exigía dinero, tiempo y una red de agentes desplegada por buena parte de Europa, recorriendo pueblos, ferias y guarniciones con un único encargo: localizar a cualquier hombre que destacara por su estatura y convencerlo, por las buenas o, si hacía falta, por métodos bastante menos limpios, de que su futuro estaba en Potsdam. No siempre bastó con la persuasión: hay casos documentados de reclutamiento mediante engaño, como el del irlandés James Kirkland, captado de esta forma en 1730, un episodio que llegó a generar cierta tensión diplomática entre Prusia y otras potencias, poco acostumbradas a que sus súbditos desaparecieran camino de un regimiento extranjero.
Un curioso gesto de cortesía entre monarcas
La fama de aquella fijación real cruzó pronto las fronteras, y con ella llegó una solución que a más de un gobernante europeo le pareció de lo más práctica: si el rey de Prusia sentía debilidad por los hombres de gran estatura, bastaba con enviarle alguno como obsequio diplomático para ganarse su favor. Así, la altura se convirtió en un curioso recurso de las relaciones internacionales de la época, de esos regalos que no cabían en una caja ni se resolvían con una carta amable, sino que llegaban caminando, con equipaje propio y, presumiblemente, bastante desconcierto sobre cómo habían acabado protagonizando un gesto de cortesía entre coronas.
Un disparate con números concretos
Los registros conservados en los archivos prusianos permiten hacerse una idea bastante precisa de hasta dónde llegó aquel empeño, y los números, vistos con perspectiva, resultan de traca. El rey pagó en ocasiones hasta 6.000 táleros por un recluta especialmente alto. Para ponerlo en contexto: el salario anual de un oficial cualificado rondaba entonces los 200 táleros. Es decir, un solo hombre, por el simple hecho de medir lo que medía, podía costarle al tesoro prusiano el equivalente a treinta años completos de sueldo de un oficial con formación militar, experiencia y méritos de servicio. Treinta años de nóminas concentrados en una sola persona, cuya principal cualificación era, básicamente, no tener que agacharse al cruzar la mayoría de las puertas.
El regimiento en su conjunto llegó a consumir, según los cálculos conservados, en torno al cinco por ciento del presupuesto militar del reino. Una proporción considerable para una unidad cuya contribución al campo de batalla era, como poco, discutible. El rey pasaba horas observando sus desfiles, y cuando se encontraba especialmente indispuesto, llegaba a ordenar que formaran cerca de su habitación, como si el simple hecho de verlos marchar tuviera algún efecto reparador.
Algo más que un capricho aislado
Es fácil, con la distancia de los siglos, quedarse solo con la anécdota simpática de un monarca con un gusto particular por lo llamativo. Pero no debe perderse de vista el contexto más amplio: Federico Guillermo I estaba, al mismo tiempo, construyendo una Prusia profundamente militarizada, disciplinada hasta el detalle y obsesionada con proyectar una imagen de fuerza que superara con creces el tamaño real de su territorio. Un regimiento capaz de reunir a cientos de hombres de estatura tan singular transmitía, sin necesidad de librar ninguna batalla, la idea de que el reino contaba con recursos, organización y determinación suficientes como para permitirse un despliegue semejante. En ese sentido, los Granaderos de Potsdam cumplían una función parecida a la de cualquier gran desfile militar contemporáneo: mensaje político dirigido tanto hacia dentro como hacia fuera de las fronteras prusianas.
Que existiera esa dimensión simbólica no descarta que hubiera, además, una preferencia personal muy real por parte del rey. Probablemente fueron las dos cosas a la vez: una fijación genuina que encontró, de paso, una justificación política conveniente para sostenerse durante años sin que nadie en la corte se atreviera a cuestionarla demasiado en voz alta.
Un legado que el hijo no quiso conservar
Cuando Federico II llegó al trono en 1740, se encontró con un regimiento carísimo, muy vistoso y de utilidad militar más bien simbólica. Donde su padre había visto una fuente de orgullo personal y una demostración de poder, el hijo vio, sobre todo, una partida de gasto difícil de justificar. Una de sus primeras decisiones como rey fue desmantelar buena parte de aquella unidad. Federico II, que pasaría a la historia como estratega y reformista, prefería destinar esos recursos a un ejército pensado para ganar guerras de verdad, no para desfilar frente a la ventana del monarca.
Durante un tiempo, en Prusia, medir más que los demás no fue solo una característica física. Fue presupuesto, diplomacia, propaganda y, por extraño que parezca, una cuestión de Estado.