Struensee el médico que gobernó Dinamarca
Entró en palacio para cuidar al rey… y acabó reformando el país
Los pasillos de palacio llevan meses cambiando de ritmo, aunque nadie sabría decir exactamente cuándo empezó. Al principio quizá parecía una rareza más de la corte: el médico opinaba, el rey escuchaba, los ministros tomaban nota sin darle demasiada importancia. Pero las rarezas, cuando se repiten lo suficiente, acaban pareciéndose mucho al poder. Los decretos siguen saliendo firmados por Cristián VII, como corresponde a cualquier monarca absoluto. Lo que ha cambiado es quién los redacta antes de que lleguen a esa firma, quién decide qué asuntos merecen subir hasta el rey y cuáles pueden resolverse sin molestarlo, quién entra y sale de sus aposentos con una familiaridad que ningún noble danés se ha ganado nunca.
Ese alguien es un médico alemán llamado Johann Friedrich Struensee, y en Copenhague, a comienzos de la década de 1770, empieza a resultar evidente para cualquiera con ojos en la cara que el reino tiene, de facto, dos gobernantes: uno que lleva corona, y otro que lleva un maletín de instrumental médico.
Un extraño en un mundo de apellidos
Struensee no encajaba en ninguna de las categorías habituales de quien acumula poder en una corte europea del siglo XVIII. No tenía título nobiliario, no pertenecía a ninguna de las grandes familias danesas, no había ascendido a través de matrimonios convenientes ni de servicios militares distinguidos. Era, sencillamente, un médico con buena formación y una cabeza llena de las ideas que por entonces circulaban con fuerza por media Europa: la confianza en la razón por encima de la costumbre, la sospecha hacia los privilegios que no se sostenían más que en el apellido, la convicción de que las instituciones podían rediseñarse desde cero si hacía falta.
Dicho de otro modo: era exactamente el tipo de persona que la aristocracia danesa habría preferido mantener a una distancia prudencial del rey. Y sin embargo, ahí estaba, cada vez más cerca.
Cristián VII, por su parte, había llegado al trono siendo apenas un adolescente, y desde el principio arrastraba graves problemas de salud que afectaban a su capacidad para ejercer el poder de forma estable. No sabemos con precisión clínica qué le ocurría exactamente —cualquier intento de diagnóstico hecho dos siglos después tiene, inevitablemente, más de reconstrucción que de certeza—, pero sí sabemos que sus dificultades eran lo bastante serias como para inquietar a quienes lo rodeaban, y que su dependencia de otras personas para gobernar fue creciendo con los años, no disminuyendo.
Un viaje que lo cambió todo
El punto de inflexión llegó durante un largo viaje de Cristián VII por varias cortes europeas, de esos periplos diplomáticos que los monarcas de la época emprendían para hacerse ver, tejer alianzas y, de paso, escapar durante un tiempo del peso de gobernar en casa. Struensee viajaba con él, contratado en un principio para lo más obvio: vigilar su salud, aconsejarle sobre su régimen de vida, estar disponible ante cualquier crisis.
Lo que ocurrió durante aquel viaje fue más sutil que cualquier nombramiento oficial, y por eso mismo más difícil de frenar después. Un rey que se sentía vulnerable encontró en su médico a alguien que no le exigía nada, que no competía por su favor como hacían los cortesanos, que parecía interesarse genuinamente por su bienestar sin sacar a relucir, al menos no de forma evidente, ninguna agenda propia. Poco a poco, esa cercanía cotidiana se transformó en algo más parecido a la dependencia: Cristián VII empezó a sentirse más tranquilo con Struensee presente que ausente, y a consultarle cosas que iban mucho más allá de su salud física.
Cuando el séquito regresó a Copenhague, la corte descubrió que el equilibrio había cambiado. El médico seguía siendo médico, sobre el papel. En los hechos, se había convertido en la persona sin la que el rey apenas tomaba una decisión.
De la consulta al despacho de gobierno
De ahí al ejercicio efectivo del poder hubo un trecho sorprendentemente corto. En apenas un par de años, Struensee impulsó una cantidad de reformas que en circunstancias normales habría llevado décadas negociar, discutir y limar entre las distintas facciones de la corte. Y no se trataba de ajustes menores: tocaba la libertad de prensa, relajando una censura que llevaba generaciones intacta. Tocaba los privilegios de la nobleza, recortando exenciones y prerrogativas que las grandes familias consideraban prácticamente parte de su naturaleza. Tocaba la administración del Estado, reorganizando estructuras enteras que funcionaban, mal que bien, desde hacía mucho tiempo. Tocaba también ciertos abusos de poder tolerados durante años, poniendo límites donde antes no los había.
Nada de esto habría resultado tan explosivo si se hubiera hecho con calma, con consenso, con el respaldo visible de las instituciones tradicionales. Pero Struensee gobernaba por decreto, en nombre de un rey cuya capacidad real de supervisión era, cuando menos, limitada, y lo hacía además a una velocidad que no dejaba tiempo para que nadie se adaptara. No era simplemente un hombre con buenas ideas asesorando al monarca: era, en la práctica, alguien reconfigurando piezas fundamentales del Estado danés sin haber pasado por ninguno de los filtros que la propia corte consideraba legítimos para hacerlo.
Y aquí conviene ser justos con la complejidad del personaje: Struensee no era un héroe reformista sin mácula. Concentró un poder enorme en muy poco tiempo, gobernó con una rapidez que rozaba la temeridad, y lo hizo sin la legitimidad dinástica, militar o institucional que cualquier otro gobernante habría necesitado para sostener cambios de ese calibre. Tenía ideas modernas, sí. Pero las estaba aplicando desde una posición que, políticamente, era pura dinamita.
Un escándalo que no ayudó nada
A todo este cóctel se sumó un ingrediente más: su cercanía con la reina consorte, Carolina Matilde. La cercanía entre ambos dejó de ser un secreto de palacio y se convirtió en munición política de primer orden. Más allá de lo personal, lo que de verdad importa aquí es el efecto que tuvo sobre sus enemigos: les ofreció la prueba perfecta, fácil de resumir y de repetir, de que aquel médico extranjero había sobrepasado cualquier límite razonable. No hizo falta mucho más para que la acusación acabara formando parte del proceso que se le abriría después.
Los enemigos se acumulan
Con la censura debilitada, los privilegios recortados, la administración reorganizada y un extranjero sin sangre real dictando el rumbo del país, la lista de agraviados crecía por todos los frentes. Había nobles que veían esfumarse rentas y prerrogativas heredadas durante generaciones. Había funcionarios desplazados de puestos que consideraban suyos por derecho. Había sectores conservadores, dentro y fuera de la corte, que no necesitaban perder nada material para sentirse legítimamente alarmados por la velocidad y el estilo de aquel gobierno improvisado. No conviene simplificar esto como un enfrentamiento entre reformistas iluminados y aristócratas egoístas: muchos de quienes se oponían a Struensee defendían intereses concretos y reales, y otros, simplemente, veían con una preocupación razonable que el país se estaba gobernando al margen de cualquier cauce institucional reconocible.
Esa acumulación de agravios, de un tipo u otro, no podía sostenerse indefinidamente.
La noche en que todo se derrumbó
El golpe llegó en 1772, urdido por la facción cortesana más conservadora, con apoyos que llegaban hasta el corazón mismo de la familia real. Ocurrió con la rapidez y la discreción que este tipo de operaciones exige: una detención ejecutada de noche, sin margen para que Struensee pudiera reaccionar ni organizar ninguna defensa. Junto a él cayó también su principal colaborador.
El proceso que siguió tuvo bastante más de ajuste de cuentas político que de juicio equilibrado. Se reunieron los cargos, se recopilaron las acusaciones —entre ellas, de forma destacada, su relación con la reina—, y el desenlace estaba prácticamente decidido antes de que empezara. La condena fue por alta traición. La ejecución que se llevó a cabo poco después, ante una multitud convocada para presenciarla, fue deliberadamente severa, concebida como advertencia pública para cualquiera que se planteara repetir algo semejante.
Lo que quedó cuando el polvo se asentó
El desenlace dejó a Carolina Matilde separada de sus hijos y enviada al exilio, donde moriría pocos años después, todavía joven. Cristián VII continuó siendo rey de nombre durante décadas más, pero nunca volvió a ejercer un gobierno efectivo: el poder real pasó a otras manos, primero a quienes habían orquestado el golpe, más tarde a su propio hijo como regente. El hombre en cuyo nombre se había gobernado, reformado y finalmente ejecutado a alguien quedó, en cierto modo, como una nota al margen de su propia historia.
Struensee no fue rey. No heredó una corona ni mandaba ejércitos por derecho propio. Pero durante un breve periodo demostró algo bastante incómodo sobre cómo funcionaba realmente el poder absoluto: no hacía falta sangre real para gobernar un país entero. Le bastó con estar lo bastante cerca de quien la llevaba.