Carlos II de España y los exorcismos de Estado
Raquitismo. Hidrocefalia. Prognatismo severo. Insuficiencia renal. Infecciones recurrentes. Síndrome de Klinefelte... Una salud tan frágil que, vista con ojos actuales, parece más propia de un historial clínico que de un retrato de palacio.
Carlos II llegó a los treinta y ocho años, que ya era mucho para alguien que había pasado la vida entre médicos, remedios, rumores y diagnósticos imposibles. Conviene decirlo cuanto antes: buena parte de lo que hoy sabemos sobre su salud no procede de pruebas médicas directas, sino de reconstrucciones hechas siglos después a partir de descripciones de la corte, informes de médicos de la época, el resultado de la autopsia y estudios genealógicos posteriores. Son diagnósticos retrospectivos, no certezas cerradas. Hoy hablaríamos de consanguinidad, enfermedades hereditarias, problemas urológicos y una medicina que todavía no tenía herramientas para entenderlo todo. Pero en la corte del siglo XVII había otra palabra disponible, mucho más inquietante y bastante más útil para mover intrigas de palacio: hechizo.
En 1698, el Consejo de Estado se reunió para tratar el asunto con toda la seriedad que merecía un expediente de gobierno. Hubo papeles, informes, deliberaciones que se alargaron más de lo habitual y altos cargos discutiendo con la misma solemnidad que emplearían para una guerra o un tratado comercial. Solo que, en este caso, el asunto sobre la mesa era bastante menos convencional: determinar si los males del rey podían deberse a un maleficio. La crisis sucesoria que se avecinaba había convertido cualquier explicación disponible, por extraña que fuera, en materia de Estado. No se trataba de un rumor de pasillo ni de una consulta privada entre el rey y su confesor: era un problema oficial, tramitado con la misma burocracia con la que se tramitaba cualquier otro asunto de gobierno, solo que aplicada, esta vez, a la posibilidad de que alguien hubiera embrujado al monarca.
Un rey demasiado frágil para un imperio tan grande
Carlos II era el último representante de la Casa de Austria en el trono español, heredero de una dinastía que llevaba generaciones casándose dentro de un círculo familiar muy reducido para mantener sus alianzas. Las consecuencias de aquella práctica, hoy bastante bien estudiadas, se manifestaron en él con una intensidad poco habitual incluso para los estándares de la época.
Con las cautelas ya señaladas por delante, las descripciones de la época apuntan a un cuadro complicado desde la infancia: episodios compatibles con raquitismo, crisis convulsivas recurrentes, infecciones frecuentes, dificultades digestivas serias y un desarrollo mandibular que le complicaba algo tan básico como masticar. Se le atribuyen también problemas de fertilidad y cálculos renales. Algunos estudios médicos posteriores han sugerido posibles alteraciones genéticas, aunque deben tratarse como hipótesis retrospectivas y no como diagnósticos cerrados: no puede diagnosticarse con la seguridad de un caso actual a alguien fallecido hace más de tres siglos.
La fragilidad de Carlos II no fue solo una exageración de cronistas hostiles: la confirman también documentos administrativos y correspondencia diplomática de media Europa, que seguía su estado de salud con el mismo interés con el que hoy se sigue la cotización de una moneda.
Un imperio pendiente de un solo cuerpo
El problema, claro, no era solo personal. Carlos II no tenía descendencia pese a dos matrimonios, y esa ausencia de heredero convertía cada recaída en un asunto de política internacional de primer orden. La Corona española gobernaba entonces territorios en varios continentes, y la pregunta de quién heredaría todo aquello mantenía en vilo a las principales cortes europeas. Cuanto peor estaba el rey, más urgente se volvía encontrar una explicación —cualquier explicación— que sirviera para actuar.
Ahí es donde entra en escena Fray Froilán Díaz, confesor real, convencido de que los males del rey no tenían un origen natural, sino sobrenatural. La idea no era en absoluto marginal: la creencia en el poder de la brujería para causar enfermedades formaba parte del sentido común de buena parte de la sociedad de la época, incluidos ámbitos de gran peso político y religioso. Que el propio confesor del rey defendiera esa hipótesis con convicción bastó para que el asunto llegara hasta las más altas instancias del reino.
Un expediente administrativo sobre brujería
El Consejo de Estado, dividido en su valoración, autorizó que se investigara y se actuara conforme a esa hipótesis. Lo que siguió tuvo toda la apariencia de un procedimiento reglado: rituales formales sobre el propio monarca, oraciones específicas, aplicación de reliquias, e indagaciones sobre posibles objetos malditos escondidos en algún rincón de palacio. Incluso se llegó a señalar a María Luisa de Orleans, primera esposa del rey, ya fallecida, como posible víctima de un maleficio que habría provocado la falta de descendencia del matrimonio.
Hay algo genuinamente singular en imaginar a los altos funcionarios de una de las grandes monarquías europeas dando forma administrativa a una sospecha de hechicería. No como excentricidad de un puñado de fanáticos, sino como decisión de gobierno, discutida y aprobada por los cauces institucionales habituales.
Con un asunto de este calibre implicando directamente a la Corona, tarde o temprano tenía que intervenir la institución encargada de vigilar este tipo de creencias: la Inquisición. Su investigación, lejos de avalar la teoría del maleficio, terminó por rechazarla. Pero para entonces el episodio ya había cumplido su función menos visible: distintas facciones de la corte lo habían utilizado para posicionarse en la disputa por el poder, en un ambiente cada vez más tenso por la sucesión que se avecinaba.
Lo que quedó de todo aquello
Carlos II pasó a la historia con el apodo de "el Hechizado", una etiqueta que resume bastante bien cómo se entendió su figura durante siglos: no como un hombre con una salud extraordinariamente frágil en una época sin herramientas para tratarla, sino como el protagonista de un maleficio de proporciones casi literarias. Conviene tratar ese apodo por lo que es, una construcción de época, y no como una descripción médica de lo que realmente le ocurría.
Porque, en el fondo, no hacía falta ningún maleficio para explicar lo que le pasaba a Carlos II. Bastaba con mirar hacia la herencia familiar, hacia generaciones de matrimonios entre parientes cercanos y hacia una medicina que no tenía forma de diagnosticar lo que hoy intentaríamos entender con análisis clínicos y genéticos. Lo que le faltó a la corte de su tiempo no fue un embrujo que combatir, sino una explicación menos dramática y bastante más incómoda: que el problema llevaba generaciones gestándose dentro de la propia familia real, y que ningún exorcismo del mundo iba a solucionarlo.