Luis XIX de Francia un monarca de récord
Subió, firmó y…se fue.
En una sala de Rambouillet, el 2 de agosto de 1830, hay papeles sobre la mesa, plumas preparadas y un silencio del tipo que solo se produce cuando todos los presentes saben que lo que va a firmarse es irreversible. Fuera, las noticias que llegan de París no son nada tranquilizadoras: la Revolución de Julio ha puesto a la monarquía borbónica contra las cuerdas, y la familia real, acorralada, intenta resolver con documentos legales lo que la calle ya ha decidido por su cuenta. Carlos X firma su abdicación.
Y en ese mismo instante, en términos estrictamente dinásticos, su hijo Luis Antonio se convierte en el nuevo rey de Francia. Va a durar en el cargo lo que tarda en firmar su propia renuncia.
Una revolución que no dejaba margen
Pocos días antes, París llevaba ya una temporada hirviendo. Carlos X había intentado imponer una serie de medidas que restringían drásticamente las libertades de prensa y el derecho al voto, y la respuesta no se hizo esperar: barricadas, enfrentamientos y una presión popular que en cuestión de jornadas dejó al rey sin margen de maniobra. Lo que se conoce como la Revolución de Julio de 1830 no fue ningún episodio menor ni un simple tira y afloja palaciego: hubo muertos, hubo calles tomadas, y hubo un régimen entero que se desmoronó en cuestión de días. Carlos X, viendo que ya no tenía nada que negociar, optó por abdicar antes de que la decisión se la impusieran por la fuerza.
La corona puesta y las maletas hechas
El destinatario de esa abdicación era Luis Antonio, duque de Angulema, hijo mayor de Carlos X y delfín de Francia desde hacía años. Había pasado buena parte de su vida como heredero en la sombra, sin especial protagonismo político, y ahora se encontraba, de la manera más abrupta posible, con la corona sobre la cabeza. Si se acepta la sucesión estricta entre una firma y otra, Luis Antonio pasó a ser Luis XIX de Francia en el mismo momento en que su padre puso el sello a su renuncia.
El problema es que Luis Antonio compartía con su padre el mismo diagnóstico sobre la situación: no había nada que hacer. La revolución no iba a detenerse por el simple hecho de que hubiera un nombre nuevo firmando los papeles, y el nuevo rey, consciente de ello, decidió renunciar también a sus derechos, esta vez a favor de su sobrino, el joven duque de Burdeos.
Veinte minutos de reinado, ni uno más
Según el cálculo más repetido, entre la firma de la abdicación de Carlos X y la renuncia de Luis Antonio transcurrieron unos veinte minutos. Es, con diferencia, uno de los reinados más breves de la historia europea, y desde luego el más corto de cuantos ha conocido la corona francesa. Conviene no imaginar aquí ninguna escena de gobierno real: no hubo decretos, no hubo audiencias, no hubo ni siquiera tiempo material para sentarse en ningún trono. Más que un reinado efectivo, fue un instante legal, una casilla que la genealogía dinástica se vio obligada a rellenar antes de pasar a la siguiente. Se dice que su esposa, María Teresa de Francia, hija de Luis XVI y María Antonieta, pasó buena parte de esos veinte minutos intentando convencerlo de que no renunciara al trono. Si ocurrió así, resulta comprensible: pocas personas en la historia han tenido la oportunidad de ver a su marido convertirse en rey y dejar de serlo en el tiempo que se tarda en tomar un café, y todavía menos habiendo ella misma nacido hija de un rey decapitado durante la Revolución Francesa cuarenta años antes.
Un intento que no llegó a ninguna parte
La maniobra, en cualquier caso, resultó irrelevante para el curso de los acontecimientos. Los revolucionarios no estaban dispuestos a aceptar a ningún Borbón más, fuera cual fuera el nombre que llevara, y el trono acabó recayendo en Luis Felipe de Orleans, primo lejano de la familia, que se convirtió en rey bajo un título nuevo y significativo: no rey de Francia, sino rey de los franceses, un matiz que resumía bien el cambio de época que se avecinaba.
Luis Antonio y su familia se exiliaron poco después, sin volver a pisar suelo francés. La rama que él representaba nunca regresó al poder.