Capítulo 67
CAPÍTULO
SESENTA Y SIETE
E l cuerpo de su madre yacía inerte en sus brazos, con la sangre ya enfriándosele en las manos.
Entonces se acordó. Nathan. El cabrón seguía vivo. Ahí fuera. En alguna parte. Escapando.
Por un momento, Tomek se quedó paralizado, debatiéndose entre quedarse —entre aferrarse a lo que ya había perdido— y el ardiente deseo de poner punto final a aquello. De hacérselo pagar.
Depositó con delicadeza el cuerpo de su madre en el suelo y le limpió un reguero de sangre de la mejilla. Luego se volvió hacia su padre, cuya respiración seguía siendo dificultosa y superficial. El pecho se le elevaba de forma irregular; cada inspiración era una lucha.
—Kasia —ladró Tomek con voz ronca—. Quédate con el abuelo. Mantenlo erguido. No dejes que cierre los ojos, ¿entiendes?
Kasia parpadeó, mirándolo entre lágrimas, con la cara manchada de tierra y sangre. —¿Papá…?
—¡Hazlo! —espetó él—. Por favor, haz lo que te digo.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió corriendo por las puertas del granero.
Sus zapatos golpeaban el suelo; la grava daba paso al barro mientras corría, y las nubes de vaho caliente estallaban frente a su cara.
Más adelante, vio la oscura silueta de Nathan cruzando un campo abierto, cojeando, tambaleándose, pero sin dejar de moverse con rapidez.
—¡Nathan! —gritó Tomek. Su voz viajó por la llanura, engullida por el viento.
Nathan no miró atrás.
Tomek apretó el paso, con los pulmones en llamas y los músculos gritando de dolor.
Los zapatos le resbalaban en la tierra removida, la respiración era entrecortada y se condensaba en la oscuridad.
El campo se extendía ante él, ancho e interminable, bordeado por setos e hileras de árboles.
La luz de la luna era tenue, plateaba la hierba y dibujaba la silueta de Nathan en su huida.
Cada zancada acortaba la distancia entre ellos: seis metros, cinco. Tomek ya oía el leve estertor de la respiración dificultosa del hombre que iba por delante. Entonces, desde algún lugar lejano a la izquierda, el sordo estruendo de un tren comenzó a elevarse, un sonido que atravesaba el campo.
Nathan se desvió hacia la arboleda y se abrió paso entre la maleza como un animal acosado.
Tomek lo siguió, zambulléndose en el bosque tras él.
El dosel arbóreo se tragó por completo la luz de la luna, sumergiéndolos en la oscuridad.
El mundo se convirtió en una mancha negra sobre negro, con espinas que le arañaban los brazos y el escozor del aire frío en la garganta.
Todos los sonidos se amplificaban: el crujido de las ramas, las respiraciones exageradas, el latido de su corazón.
Más adelante, Nathan tropezó, se tambaleó ligeramente, pero siguió adelante.
—¡Detente! —rugió Tomek—. ¡Se ha acabado, Nathan!
Nathan soltó una carcajada. —¿Crees que puedes acabar con esto, Tomek?
—Has matado a mi madre —escupió Tomek, abriéndose paso entre las ramas—. ¡La has matado!
—Y ahora ha ido a reunirse con Michał —gritó Nathan.
Tomek sintió que algo se encendía en lo más profundo de su ser —rabia, furia, venganza—, impulsándolo a seguir con más ahínco.
El terreno descendía, resbaladizo por las hojas y la lluvia.
Resbaló, cayó aparatosamente sobre una rodilla, se sujetó con una mano y se reincorporó, ignorando el dolor que le recorrió la pierna.
Más adelante, los árboles empezaron a ralear.
La vibración de la vía férrea se hizo más fuerte, y la estática del tren que se acercaba crecía y rodaba por el aire frío de la noche.
Tomek irrumpió entre la última hilera de árboles, y allí estaba Nathan, subiendo por el terraplén hacia las vías. Las luces del tren eran un resplandor lejano en el horizonte, que se hacía más brillante por segundos.
—¡Nathan! —volvió a gritar Tomek.
Nathan se giró con el pecho agitado y el rostro brillante de sudor y sangre. —Solo hay una forma de que esto acabe, Tomek.
Tomek aminoró el paso, respirando con dificultad. —Estoy de acuerdo.
—No voy a volver a la cárcel.
—Ya lo sé. No te dejaré.
—¿Qué vas a hacer, Tomek? ¿Matarme? No lo creo.
Casi no oyó los pasos al principio —otro par de zapatos chapoteando en el barro—, y entonces Dawid salió de entre los árboles, con el pecho agitado y la boca abierta mientras jadeaba.
—Él no lo hará —escupió Dawid al detenerse en seco junto a Tomek, aferrándose con las manos a la hierba empapada—. ¡Pero yo sí!
La sonrisa de Nathan se ensanchó. —Perfecto —dijo, lenta y suavemente—. Qué poético. Los dos últimos chicos Bowen. Los dos aquí. Los dos para mí. Ahora puedo completar la colección.
El rostro de Dawid se quedó blanco mientras apretaba el puño, listo para abalanzarse sobre Nathan y hacerlo pedazos con sus propias manos.
Justo cuando iba a hacerlo, Tomek agarró a su hermano por el hombro y tiró de él hacia atrás, interponiendo su cuerpo entre Dawid y Nathan. —No lo hagas —siseó—. Ni se te…
Pero Dawid no escuchaba. Estaba obsesionado con su objetivo.
Forcejearon y se enzarzaron hasta que Tomek lo derribó, inmovilizándolo en el suelo con el peso de su cuerpo.
El tren continuaba su rápido avance, acercándose velozmente a Nathan.
Solo los separaban unos cien metros, y Nathan permanecía exactamente donde estaba.
—Te lo dije, Tomek —bramó Nathan—. ¡Te dije que solo había una forma de que esto terminara! ¡No voy a volver a la cárcel!
Nathan se giró, con los brazos extendidos en un último gesto sacrificial. Y entonces el tren lo golpeó.
No hubo cámara lenta. El impacto fue inmediato.
Un golpetazo violento y nauseabundo que envió una onda expansiva a través de Tomek.
En un momento Nathan estaba allí; al siguiente, había desaparecido.
El tren pasó estruendosamente, implacable, y luego fue reduciendo la velocidad hasta detenerse gradualmente más adelante, dejando tras de sí un zumbido eléctrico en la vía y un susurro entre los árboles.
En algún lugar en la oscuridad, un zorro aulló.
El cuerpo de Nathan, o al menos lo que quedaba de él, yacía en la vía, inmóvil.
No se movía. Destrozado, roto, hecho un amasijo, esparcido en un revoltijo de sangre, huesos y masa encefálica.
No podía creerlo. El hombre que había atormentado tres décadas de su vida había desaparecido, estaba muerto.
Nunca volvería.