Capítulo 64
CAPÍTULO
SESENTA Y CUATRO
L a primera sensación que sintió Tomek fue el frío. Le recorrió la columna, mordiéndole la piel. Luego, un hormigueo en el cuello, seguido de una pulsación sorda y nauseabunda en la cabeza que le revolvió el estómago.
Intentó moverse.
Nada.
Tenía las muñecas fuertemente atadas a la espalda.
Muy apretadas. Los bordes de la brida se le clavaban en la carne, un dolor amplificado por el respaldo de la silla en la que estaba sentado, que se le hincaba en los antebrazos.
También tenía las piernas atadas: los tobillos sujetos con algo más basto. Cuerda, quizá.
Forzó los ojos para abrirlos.
Oscuridad. Un fino haz de luz de luna se colaba por un hueco en el techo del granero, pero no bastaba para iluminar nada más allá de su regazo.
—¿Abigail?
Silencio.
Inhaló profundamente, intentando forzar a su cerebro a reaccionar y pensar. Sentía como si le hubieran partido la cabeza en dos. Lo último que recordaba le vino a la mente: el granero, la puerta, Nathan, y luego el sonido de miles de voltios explotando en alguna parte.
Un ruido rompió el silencio y lo sacó de su ensimismamiento.
Una voz suave y temblorosa.
—¿Tomek?
Se quedó helado. Esperó. Escuchó.
—¿Mamá?
—Tomek, ¿eres tú?
—¡Mamá! —El corazón le dio un vuelco, una mezcla de emoción y desesperación—. ¿Dónde estáis? No puedo…
—Estamos aquí —respondió ella, con la voz entrecortada.
Luego, otra voz, débil y quebrada. —¿Papá?
Kasia.
Tomek forcejeó contra las ataduras, y un dolor agudo le acuchilló las muñecas. —Dios mío, estáis a salvo. ¿Dónde estáis? ¡No os veo!
—Estamos aquí —repitió ella, sollozando—. Lo siento. Lo siento mucho.
Antes de que pudiera responder, otra voz se unió.
—¡Tomek!
Su padre.
—Joder —susurró Tomek—. ¿Qué está pasando? ¿Estáis heridos?
—Estamos bien —dijo su madre, temblando—. Estamos… estamos bien.
Pero no lo estaba. Podía oírlo. El miedo. La desesperanza.
Intentó moverse, inclinarse hacia el sonido, pero sus hombros gritaron en protesta. Le dolía cada centímetro del cuerpo.
—¿Dónde está… dónde está Dawid? —preguntó—. ¿Por qué no está…?
Entonces, de repente, el mundo explotó en un torrente de luz.
Un resplandor áspero y amarillento inundó el granero, emanando de la única bombilla que colgaba de una viga en lo alto.
Y entonces los vio: su madre, su padre, Kasia.
Los tres, atados y amordazados a su alrededor en sillas de madera, con bridas clavándose en sus muñecas y cuerdas fuertemente enrolladas en sus tobillos.
Tenían los rostros surcados de lágrimas, las mejillas enrojecidas de tanto llorar. Todos parecían rotos, vencidos.
—Oh, Dios —susurró Tomek.
Levantó la vista y vio dos figuras de pie en la parte delantera del granero, una al lado de la otra.
Nathan, tranquilo e impávido, lucía una sonrisa siniestra y lasciva que se fue extendiendo poco a poco por su rostro.
A su lado había un hombre más alto y delgado a quien Tomek reconoció al instante: el hombre que se le había escapado en sueños durante treinta años.
El hombre que hacía poco se había convertido en una realidad, una parte tangible de su vida.
El hombre que acababa de escapar de la ira de Tomek y de la policía.
Charlie Morton.
Pero esa no era la visión más preocupante; entre ellos, arrodillado en el suelo, estaba Dawid. Tenía la cabeza gacha, los hombros caídos y las manos atadas a la espalda, como todos los demás. Un trozo de tela le rodeaba la boca, amordazándolo.
—¡Dawid! —gritó Tomek.
Los ojos de Dawid encontraron los suyos, vidriosos y vacíos. No quedaba ni rastro de lucha en ellos.
—Dawid… —la voz de Tomek se quebró—. Joder, ¿qué te han hecho?
Y entonces la vio a ella. Abigail. Al fondo del granero, medio oculta por las sombras. Tenía la cabeza gacha y las manos entrelazadas delante de ella, como avergonzada. No se movía. No hablaba.
—Abigail —graznó Tomek.
Su cabeza se movió con una sacudida, pero no levantó la vista.
—¡Abigail! —intentó de nuevo, esta vez más alto—. ¿Qué coño has hecho?
Nada. Ni una palabra. Ni siquiera un suspiro.
—No me puedo creer que hayas hecho esto —dijo Tomek, sacudiendo la cabeza—. Nos has vendido… Has…
—Me alegro de que estés despierto —dijo Nathan, con una voz que cortó el aire como una cuchilla.
Las palabras de Tomek se le ahogaron en la garganta.
Nathan dio un paso adelante, y la luz brilló en sus ojos pálidos.
Una lenta sonrisa se extendió por su rostro.
—¿No es hermoso? —dijo, gesticulando con un movimiento lánguido de la mano—.
Tres generaciones de la familia Bowen… todas en un mismo lugar.
—Dejó que las palabras flotaran en el aire, saboreándolas—.
Es poético, la verdad. Ha costado mucho trabajo reuniros a todos aquí, pero creo que estarás de acuerdo…
—Miró a Charlie, y luego de nuevo a Tomek—. Ha merecido la pena.
El pulso de Tomek retumbaba en sus oídos. Kasia gimió a su lado. Pasó la mirada de Nathan a Charlie y de nuevo a Abigail, buscando cualquier signo de piedad. Pero todo lo que vio fue vergüenza en el rostro de ella y satisfacción en los de ellos.
—¿Qué queréis de nosotros? —preguntó Tomek.
Nathan abrió los brazos. —¿No es obvio?
Lo era, pero Tomek no quería admitirlo; no quería ni pensarlo.
Nathan señaló a Dawid, le agarró del pelo y le levantó la cabeza bruscamente, dejando al descubierto la garganta y la nuez de su hermano. Tomek y el resto de su familia observaron con horror, paralizados, cómo Nathan sacaba un cuchillo del bolsillo trasero y lo rozaba contra la laringe de Dawid.
—Vamos a matar a Dawid como matamos a Michał. Y esta vez, vamos a tener a toda tu familia de público. Tú ya has visto parte del espectáculo, Tomek, sabes cuál es el resultado final, así que pensamos en asegurarnos de que todos los demás pudieran tener la misma experiencia.
Kasia e Izabela aullaron, sus gritos resonando en el pequeño espacio y en lo más profundo de los oídos de Tomek.
Kasia rompió a llorar de inmediato, con el pecho convulso por los sollozos.
En ese momento, Tomek no deseaba nada más que poder acercarse a ella, consolarla y poner fin a esa pesadilla.
Pero haría falta un milagro para cambiar su situación.
—¿Por qué hacéis esto? —preguntó Tomek—. ¿No le habéis hecho ya bastante a mi familia?
Nathan abrió la boca para hablar, pero Tomek lo interrumpió, decidido a impedir que continuara.
—A quien queréis es a mí; sé que es así. Es a mí a quien habéis estado buscando durante los últimos treinta años. No necesitáis a mi familia. Dejadlos marchar. Solo me necesitáis a mí. Fui yo quien os metió en la cárcel todos esos años, nadie más. Hacédmelo a mí en su lugar.
—¡No, papá, no! —gritó Kasia, volviéndose hacia él.
Tomek evitó su mirada, incapaz de mirarla a los ojos por miedo a derrumbarse ante ella.
—No es tan sencillo, Tomek —empezó Nathan, con un toque de humor en su tono—. Me arruinaste la vida cuando llamaste a la policía. Desde entonces, he buscado vengarme de ti y de tu familia. Es así de simple. No hay nada más. Simple venganza. Treinta años preparándola.
Tomek se obligó a respirar lentamente. El pánico lo desharía. El miedo lo volvería estúpido. Necesitaba tiempo. Tiempo para pensar, tiempo para procesar, tiempo para manipular la situación a su favor de alguna manera. Y las palabras compraban tiempo.
Mantuvo la vista fija en Nathan y Charlie, observando el ligero tic en el hombro de Charlie cuando sonreía; en las manos de Abigail, que se retorcían frente a ella; en la cabeza gacha de Dawid y la expresión de absoluto terror en sus ojos.
—¿Por qué ella? —preguntó Tomek, señalando a Abigail con la cabeza—. ¿Por qué Abigail? ¿Qué le hicisteis hacer?
Sonriendo, Nathan dio un paso adelante, adentrándose en la luz. —¿Nunca te lo preguntaste, sargento? Nunca se te ocurrió, ¿verdad?
Tomek dejó que la pregunta flotara en el aire y desvió la mirada hacia Abigail. Ella se estremeció como si la hubieran golpeado. Esa era la pequeña grieta en su fachada que necesitaba, una grieta que podía explotar.
—Dime —presionó Tomek—. Dime por qué estás aquí, Abi. ¿Fue por dinero?
Ella levantó la cabeza una fracción. Por primera vez, le sostuvo la mirada, con una combinación de vergüenza y miedo grabada en su rostro.
—¿Cómo has podido traicionarnos a mí y a mi familia de esta manera? Sé que hemos tenido nuestros altibajos, pero ¿esto…?
La barbilla de Abigail tembló. Abrió la boca, pero no emitió ningún sonido. Sus ojos se desviaron hacia Nathan, una súplica silenciosa de ayuda, o de permiso. Tomek no supo distinguir cuál.
Nathan se rio por lo bajo. —Oh, vamos, Abi —dijo—. No te quedes callada ahora. Has interpretado tu papel a la perfección. —Se volvió hacia Tomek, y su sonrisa se ensanchó—. ¿Quieres saber quién es ella en realidad? ¿De verdad no lo has adivinado todavía?
—¿De qué estás hablando?
Nathan levantó una mano, señalando perezosamente a Abigail. —Nuestra querida Abigail de aquí… no es quien dice ser. Nunca lo fue. Es de la familia .
Tomek parpadeó. —¿Familia?
Nathan asintió, mirando a Charlie, que sonrió finamente, con los ojos brillando de satisfacción. —Ya conoces a su hermano.
Por un momento, las palabras quedaron suspendidas en el aire, resonando débilmente en el frío silencio. Entonces el suelo pareció inclinarse bajo Tomek. Se giró bruscamente hacia Abigail, buscando en su rostro una negación, cualquier cosa, pero ella no pudo sostenerle la mirada.
—No… —susurró—. No, eso es…
—Oh, es verdad —dijo Nathan, acercándose—.
Es la hermana de Charlie. Apellido diferente, por supuesto.
Se casó joven, pero al final no funcionó.
Conservó el apellido y cambió todo sobre sí misma para mantener la ilusión cuando te conoció.
—Inclinó la cabeza—. Perfecto, la verdad.
Se acercó a ti, a tu familia. Se ganó tu confianza.
Interpretó el papel de la novia intermitente de maravilla.
Y cuando llegó el momento… os trajo a los dos ante nosotros.