Capítulo 63
CAPÍTULO
SESENTA Y TRES
—¿ D ónde está ahora? —preguntó Tomek por decimoquinta vez.
—En el mismo sitio que antes —respondió Abigail—. Su chincheta no se ha movido en el mapa.
Tomek le echó un vistazo rápido antes de volver a centrarse en la carretera.
El velocímetro superó las noventa millas por hora mientras intentaba llegar a su destino antes de que el tráfico de la hora punta empeorara.
Varios cientos de metros más adelante, un Mercedes circulaba por el carril derecho a poco más de setenta y cinco.
Redujeron la distancia en segundos y, al acercarse, Tomek le dio las largas, instando al conductor a apartarse antes de que se produjera una colisión.
No fue hasta el último momento, cuando Tomek se vio obligado a pegar un frenazo y se quedó a escasos centímetros del parachoques del Mercedes, que el coche finalmente se apartó.
—Menudo gilipollas —masculló Tomek.
Aunque el que infringía las normas era él.
Aunque acabara de pasar a toda velocidad por delante de dos radares, muy por encima del límite.
Le daban igual las multas o los puntos del carné. Era una emergencia. Además, estaba seguro de que podría librarse explicando que se trataba de un asunto policial oficial.
—¿Dónde está ahora?
—En el mismo sitio.
—Ya debería estar allí —insistió—. ¿Por qué no se ha movido?
Abigail miró la pantalla. Llevaba rastreando los movimientos en la aplicación Buscar de su móvil desde que habían salido.
—A lo mejor es la cobertura. Parece que está rodeada de granjas. Quizá la cobertura es muy mala y su móvil no puede actualizar la ubicación.
Esa idea lo llenó de pavor. Su mente comenzó a entrar en una espiral. ¿Y si la habían dejado en algún sitio y estaba perdida? ¿Y si el conductor —que él suponía que era Nathan o Charlie— se la había llevado a algún lugar sin cobertura para estar con el resto de su familia?
—Llama a Sean —ordenó, dándole las largas a otro coche que tenía delante. Esta vez, se apartó con facilidad, dejando mucho espacio. La luz del sol se estaba desvaneciendo y los faros de los coches ya empezaban a bañar la carretera con una cegadora luz led blanca.
—¿Qué quieres que le diga?
—Necesitamos que rastree la ubicación de Kash.
—De acuerdo.
Por el rabillo del ojo, Tomek vio a Abigail tocar y pulsar la pantalla antes de llevarse el dispositivo a la oreja.
No se atrevió a mirarla directamente, a apartar la vista de la carretera y del tráfico.
No a esas velocidades. No si no quería morir en un amasijo de hierros y goma quemada antes de poner a Kasia a salvo.
En lugar de eso, tuvo que confiar en Abi, y ahora agradecía su presencia.
Pasaron unos tensos momentos de silencio.
—¿Y bien? ¿Algo? —presionó Tomek.
—Nada. No contesta.
Tomek soltó una palabrota. —Inténtalo con Nick, Rachel, Chey. Inténtalo con cualquiera. Alguien tiene que contestar.
Mientras ella intentaba llamar a Sean de nuevo, apareció una señal de la A3 y Guildford en los carteles de la autopista. Estaban a solo unos minutos. Quizá diez. Quince.
Vamos, Kasia. Ya voy. Ya voy…
—Nadie lo coge —dijo Abigail—. Salta directamente el buzón de voz.
—¿Con todos?
—Con todos, sí. O están usando el móvil o hay un problema con la cobertura.
Tomek no se lo creyó. —A ver, déjame.
Pero en cuanto extendió la mano para que le pasara el móvil, un gran Volvo XC90 se metió bruscamente en el carril derecho, cerrándole el paso y obligándolo a pegar un frenazo, dar las largas repetidamente y tocar el claxon.
Rápidamente recuperó el control del coche, adelantó al Volvo por la derecha y luego lo pasó a toda velocidad.
Abigail se aferraba a la manilla de la puerta con una mano, y con la otra se apoyaba en el salpicadero.
—¡Joder! ¡La madre que te parió! —gritó—. No quiero morir hoy, Tomek. Joder. ¡Tú céntrate en llevarnos hasta allí de una pieza y yo me encargo de las indicaciones!
Sean apartó el móvil de la oreja y lo miró un momento antes de dejar caer el brazo a un lado.
La oficina bullía de actividad. El equipo estaba en estado de pánico, cada uno llamando a diferentes departamentos y buscando en distintos sitios web en sus ordenadores, intentando localizar a Tomek y a su familia.
—¿Y bien? —La pregunta vino de Nick, que merodeaba a su lado con incomodidad.
—No coge el móvil —respondió Sean.
—Inténtalo otra vez.
—Ha sido la quinta vez. Da tono, pero salta directamente al buzón de voz.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con él?
—En casa de Charlie.
—¿Te dijo adónde iba?
—A casa de sus padres.
—A lo mejor sigue allí.
—Es posible. Pero algo no me cuadra. Ya habría contestado, aunque solo fuera para asegurarme de que todo estaba bien.
Nick se cruzó de brazos. —¿Crees que está relacionado con Charlie?
—Mi instinto me dice que sí. El hecho de que no podamos encontrarlo, por no mencionar que Tomek no contesta al móvil, es preocupante.
Justo en ese momento, Victoria apareció al otro lado.
Sean le echó un vistazo rápido antes de volver su atención al equipo, que se movía frenéticamente de un lado a otro.
Desde su ruptura amistosa, Sean apenas había hablado con Victoria.
No era por rencor ni malicia; simplemente quería darle su espacio, además de tomarse un poco para él.
Era una tarea difícil, dada su proximidad tanto en ubicación como en rango.
Hasta ahora, habían conseguido mantener la profesionalidad.
—¿Qué coño me he perdido aquí? —preguntó ella.
Sean la puso al día con los detalles: Charlie, Mason Alexander, la conexión con Nathan Burrows, Tomek, sus padres y la posterior desaparición de su colega.
—¿Acaba de desaparecer sin más? —preguntó ella.
—Eso parece.
—Entonces, mandaremos a unos uniformados a su casa, a la de sus padres, a la de su hermano y a la de cualquiera con quien haya estado en contacto —explicó, como si fuera así de simple—. Si no está allí, pasaremos a la siguiente fase para intentar encontrarlo.
—¿Qué es? —preguntó Sean, volviéndose para mirarla junto con Nick.
—Suponer que le ha pasado lo peor.
Al poco tiempo, el asfalto liso y recién pavimentado de la A3 dio paso a la superficie irregular y llena de baches de las carreteras comarcales de Surrey.
—Gira a la izquierda aquí —indicó Abigail.
Tomek redujo la velocidad, el clic del intermitente rompiendo el silencio. Los setos a ambos lados de la carretera se hicieron más densos y altos, engullendo la poca luz que quedaba. Las ramas se extendían sobre el estrecho carril como dedos esqueléticos, arañando el coche a su paso.
—¿Cuánto falta? —preguntó él.
—No mucho —respondió ella.
—Intenta llamar a Sean otra vez —dijo él.
—No puedo —respondió ella—. Ya casi estamos. Necesito estar pendiente del mapa.
Tomek no discutió. Su mente estaba demasiado consumida por los pensamientos sobre Kasia, concentrada en las indicaciones y en las marcas de la carretera, como para enzarzarse en una discusión con ella.
Unos cien metros más adelante, pasaron por delante de la prisión de Send.
La mirada de Tomek se desvió por la ventanilla mientras pasaban de largo.
—¿Sigo recto? —preguntó.
—Sigue recto —respondió Abigail—. Gira otra vez a la izquierda al final de esta carretera.
Tomek siguió sus instrucciones hasta que, unos minutos más tarde, giraron a la derecha por un estrecho camino rural que apenas era lo suficientemente ancho para su coche. El camino serpenteaba y los árboles se cernían sobre ellos como un dosel de garras.
—¿Estás segura de esto? —preguntó Tomek.
—Segurísima —dijo Abigail—. Es lo que dice el mapa.
Él la miró. Ella apretaba las manos con fuerza alrededor de su móvil, el brillo de la pantalla parpadeando en su rostro. No lo miró. No parpadeó. El aire se sentía denso y pesado. Incluso el motor sonaba más silencioso.
Pasaron junto a un grupo de edificios de granja abandonados, con los tejados hundidos y las ventanas rotas. Luego, no hubo más que campos abiertos de nuevo, extendiéndose en la oscuridad.
—Ya casi estamos —murmuró Abigail.
—¿Dónde exactamente es allí ?
—No tengo ni idea.
Avanzaron hasta el final del camino, donde el asfalto dio paso a la grava. Un camino de tierra se abría paso entre los árboles, conduciendo hacia una silueta baja y negra en la distancia.
Abigail señaló. —Ahí.
Tomek dudó, mirando fijamente. El edificio parecía abandonado. Muerto.
—¿Ahí es donde está ella?
—Sí.
Él no se movió. —¿Estás segura?
La mirada de Abigail se desvió hacia él y luego de vuelta al camino. —Ahí es donde su chincheta aparece ahora mismo. Mira.
Le plantó el móvil delante de la cara. Efectivamente, el pequeño icono de su rostro estaba directamente encima del de Kasia en el mapa. Estaban a unos pocos cientos de metros el uno del otro. Estaba allí. En ese granero.
Tomek metió primera y avanzó lentamente, los neumáticos crujiendo sobre la tierra. El aire cambió; ahora era más frío, más cortante. Una única verja de metal bloqueaba el paso. Tomek se detuvo, con el motor al ralentí.
—Tendremos que ir andando desde aquí —dijo Abigail, desabrochándose ya el cinturón de seguridad.
Tomek la imitó y apagó el motor. El repentino silencio presionó sus oídos, roto solo por el tictac del motor al enfriarse. Se bajaron, y el aire frío le mordió inmediatamente las mejillas y la nariz. El suelo mojado chapoteó bajo sus pies mientras cerraba la puerta del coche.
—Quédate detrás de mí —dijo en voz baja.
Abigail asintió.
Le quitó el móvil y encendió la linterna; el cono de luz blanca cortó la penumbra. La verja gimió mientras la abría con esfuerzo, las bisagras protestando ruidosamente. El sonido resonó por los campos vacíos.
Avanzó, con la linterna firme, escrutando la entrada. Las grandes puertas del granero estaban ligeramente entreabiertas, revelando una rendija de oscuridad entre ellas.
—¿Ves eso? —preguntó.
—Sí —la voz de Abigail tembló ligeramente.
—No te separes.
Entonces se oyó un sonido: un suave raspado.
Tomek se quedó helado, sus ojos se desviaron hacia la izquierda. Una sombra se movió cerca del lateral del edificio.
Nathan.
El corazón de Tomek se detuvo, su mente se bloqueó.
—Tú —consiguió decir.
Nathan ladeó la cabeza, sus ojos brillando bajo el haz de la linterna. —Buenas noches, Tomek.
—¿Qué has hecho con mi familia?
—Llegas justo a tiempo.
—Como le hayas puesto un dedo encima a cualquiera de ellos, juro por Dios que te mato.
Nathan se rio entre dientes, el inquietante sonido resonando entre los arbustos y los árboles. —Lamentablemente, no creo que lo hagas. Eso no forma parte del plan.
—¿Qué plan?
—Vaya, vaya. ¿A qué viene tanta prisa? Todo a su debido tiempo. Abigail, si fueras tan amable…
—¿Qué? —preguntó Tomek, girándose ligeramente, confundido.
Lo vio antes de sentirlo: el táser en la mano de ella envió un dolor candente que le recorrió el cuerpo como un rayo.
Sus músculos se agarrotaron, su mandíbula se bloqueó mientras cada nervio gritaba.
El mundo aparecía y desaparecía ante sus ojos.
Justo antes de que todo se volviera negro, lo último que vio fue el rostro de Abigail, desencajado por una emoción que nunca antes le había visto: el arrepentimiento.
—No está en casa —dijo Sean al volver a entrar en la sala de operaciones—. Su coche tampoco está, pero el coche de servicio con el que fuimos sí.
—¿Qué significa eso? —preguntó Rachel.
—Significa que algo ha tenido que pasar para que cambiara de coche. No se me ocurre ninguna razón por la que quisiera hacerlo.
Sean se dirigió al frente de la sala, uniéndose a Victoria y Nick. Detrás de ellos estaba la pared de pizarras blancas que usaban durante las investigaciones policiales, mientras que el resto del equipo estaba sentado a la mesa frente a él.
—¿Qué me he perdido mientras he estado fuera? —preguntó.
Se produjo un momento de silencio mientras algunos de ellos intercambiaban miradas antes de que Victoria se aclarara la garganta y comenzara a hablar.
—Hemos enviado equipos a la dirección de sus padres, así como a la casa de su hermano, por si acaso, y han informado de que no han encontrado nada —dijo—.
Tomek había pedido que un equipo lo acompañara a casa de sus padres y, según sus informes, los padres de Tomek fueron secuestrados por un hombre que se hizo pasar por técnico de la compañía eléctrica.
También hemos hablado con la cuñada de Tomek, que fue testigo de cómo alguien metía a su marido en la parte trasera de una furgoneta. La agredieron en el proceso.
—Joder —dijo Sean, incapaz de ocultar su preocupación—. Y ahora Tomek ha desaparecido… ¿Cuál es nuestro siguiente paso? ¿Hemos contactado nosotros con su cuñada? ¿Qué hay de la furgoneta en la que secuestraron a su hermano?
—Estamos intentando rastrearla ahora —respondió Chey—. Tenemos la matrícula. Solo tenemos que pasarla por el circuito cerrado de televisión y el ANPR para ver si ha sido detectada recientemente.
—Y también tenemos que comprobar la matrícula de Tomek —añadió Sean—.
Si ha ido a buscar a algún familiar, podríamos localizarlo.
Además, tenemos que rastrear su móvil; alguien debería solicitar la localización de su móvil.
Ha dado tono un par de veces cuando lo he intentado, lo que significa que sigue encendido.
—¿Cuándo fue la última vez que lo intentaste? —preguntó Victoria, con un deje de acusación en la voz.
Sean no respondió. Sacó su móvil y se quedó mirando su reflejo en la pantalla.
Había pasado al menos media hora desde su última llamada a Tomek.
Desbloqueó el teléfono, se desplazó hasta su registro de llamadas recientes y pasó el dedo por encima del nombre de Tomek, con una sensación de pavor oprimiéndole el estómago.
Pulsó el nombre de Tomek y la llamada comenzó. Puso el altavoz, pero antes de que siquiera empezara a dar tono, la llamada se cortó y la pantalla volvió a la de inicio.
—Ya ni siquiera da tono —dijo, recorriendo lentamente con la mirada al resto del equipo, que lo observaba—. Mierda.