Capítulo 62
CAPÍTULO
SESENTA Y DOS
T enía los dedos pegajosos de sudor y, por más que se los frotaba contra los leotardos del colegio, volvían a estar más húmedos que antes.
Había pasado la última hora del viaje dándole vueltas a la decisión en la cabeza.
¿Estaba haciendo lo correcto? ¿Había traicionado a Tomek?
¿Qué diría él cuando volviera? ¿Debería habérselo dicho, aunque ya fuera demasiado tarde?
Se imaginó entrando en la sala de visitas con los demás familiares, como veía en los programas de televisión.
Las paredes grises, las luces del techo parpadeando.
Los chándales grises que llevaban los presos mientras se arrastraban entre las mesas hacia sus visitas.
Las sillas azules. Sentadas una frente a la otra, sin poder tocarse ni abrazarse.
Se vio a sí misma allí de pie, paralizada, casi muda, con los brazos caídos a los costados.
Mirando con la vista perdida a la mujer que la había traicionado.
¿Qué sentiría? ¿Rabia? ¿Resentimiento? ¿O acaso todo se desvanecería, como si nada hubiera pasado, como si su madre no fuera la razón por la que se encontraba en esa situación?
No lo sabía.
No lo sabría hasta que llegara allí.
Kasia bajó la vista hacia la pantalla y tocó la notificación de Uber que la llevó al mapa en directo, donde vio su posición actual. Según el mapa, acababan de pasar el jardín de la RHS en Wisley.
Levantó la mirada y se encontró con la del conductor en el espejo retrovisor.
Hasta ahora, no se habían dicho nada en todo el viaje.
Como ella prefería. Ya se sentía bastante incómoda por estar sola en un coche con un extraño; lo último que quería era charlar por charlar y sentirse aún más rara.
Según su perfil en la aplicación, se llamaba Michael y no tenía ninguna valoración.
Parecía que se acababa de registrar. Normalmente, eso habría hecho saltar las alarmas, pero era el único dispuesto a aceptar un trabajo tan lejos.
Casi como si pudiera leerle el pensamiento, dijo:
—Creo que este va a ser el viaje más largo que he hecho este año.
Kasia soltó un gruñido que sugería educadamente que no quería hablar.
—Normalmente no hago viajes tan largos, pero he pensado en hacer una excepción por el tipo de sitio al que vas —continuó él—.
Me he imaginado que no tendrías muchas opciones.
Además, así le doy un poco de caña al motor.
A veces hay que hacerles trayectos largos para que la máquina funcione bien, ¿sabes?
—La miró por el retrovisor—. No, supongo que no sabes a qué me refiero.
Pero bueno, se me acaba de ocurrir una cosa: ¿cómo piensas volver a Essex?
—Eh…
A ella tampoco se le había ocurrido. Ese pensamiento en particular había quedado abandonado en algún punto del proceso de toma de decisiones.
Un problema para la Kasia del futuro. Una llamada a Tomek, pidiéndole que la rescatara a ochenta kilómetros de distancia.
Una discusión, seguida de una larga disculpa y luego un viaje de vuelta a casa en silencio.
—Puedo esperarte si quieres —dijo Michael—. ¿Tienes idea de cuánto tiempo vas a estar?
—No, no pasa nada. Tengo… tengo familia que vive por aquí. Me voy a quedar con ellos esta noche.
—¿Sin bolsa para pasar la noche? ¿Seguro?
Kasia abrió la boca, pero no le salió nada.
—Se agradece, pero no, gracias —fue lo único que se le ocurrió decir, dedicándole al conductor una sonrisa educada.
—Como quieras, cariño —respondió él—. La oferta sigue en pie hasta que te deje, por si cambias de opinión.
Su mirada se perdió por la ventanilla, observando los coloridos árboles que bordeaban la carretera, interrumpidos de vez en cuando por vistas de campos y lagos.
Kasia nunca había estado en esa parte del país, pero le encantó cómo, a pesar de lo lúgubre del tiempo invernal, todavía poseía un gran nivel de encanto y tranquilidad.
Le gustaba la idea de vivir en un lugar con tanto verde, lejos de las zonas residenciales y los edificios.
Unos instantes después, dejaron la A3 y se dirigieron hacia un lugar llamado Ripley.
Kasia mantenía un ojo en el mapa y otro en el paisaje exterior, pensando de nuevo en la conversación que estaba a punto de tener con su madre, en cómo le contaría todo lo que había estado pasando; en cómo no se sentía segura, en cómo quería vivir una vida normal.
—La Navidad está a la vuelta de la esquina… —empezó Michael, aunque lo dijo más como una pregunta que como una afirmación—. ¿Tienes ganas? A tu edad seguro que sí.
—Estará bien —mintió ella.
—La mejor época del año, dicen. ¿Tenéis algo especial planeado?
—No mucho. Solo… solo pasar tiempo en familia.
—De eso se trata, ¿no? De pasar tiempo de calidad con tus seres queridos.
La vida es muy corta, ¿verdad? Nunca sabes cuándo va a ser la última vez que veas a alguien.
Un minuto los ves y, al siguiente —chasqueó los dedos—, se han ido.
Trágico, la verdad. Pero no tan trágico como lo pronto que empiezan a metérnoslo todo por los ojos.
Juraría que empecé a ver adornos de Navidad por Halloween.
Una locura. El mundo se ha vuelto un poco loco, si me preguntas.
No te he preguntado, pensó ella.
Al dejar la A3, el tráfico se aligeró. Según la aplicación, llegarían en no más de tres minutos.
El pulso se le empezó a acelerar y el sudor de los dedos se intensificó.
Estaba cerca. Demasiado cerca para echarse atrás.
Habían superado el punto de no retorno. Habían superado el punto de retractarse de su negativa a que la llevaran de vuelta a Essex.
Vio una señal de tráfico que indicaba HMP Send. Próximo desvío a la izquierda.
Lo tomaron.
El mapa indicaba que estaba en esa carretera, a la derecha. Agarró el móvil con fuerza mientras se acercaban. La carretera parecía extenderse hasta el infinito, los segundos se hacían minutos.
Hasta que llegaron al desvío de la cárcel.
Y lo pasaron de largo.
Al principio, Kasia pensó que había sido un error, que el conductor se lo había saltado sin querer. Pero cuando se lo señaló y no obtuvo respuesta, se le hizo un nudo en el estómago y su ansiedad se convirtió en pavor.
—Eh, perdona, pero nos hemos pasado el desvío —dijo de nuevo—. Creo que tenemos que dar la vuelta.
Ninguna respuesta.
—¿Me oyes?
Claro que la oía. Acababan de estar hablando.
No, la estaba ignorando. Haciéndole el vacío.
—¿Adónde vamos? —preguntó, intentando sonar tranquila, pero fracasando estrepitosamente.
Michael no contestó.
—¿Perdona?
Silencio.
El pulso le martilleaba con fuerza en los oídos.
El aire del coche se espesó, la temperatura se volvió de repente insoportable.
La carretera se había estrechado, encajonada entre árboles, con campos que se extendían infinitamente a ambos lados.
Ni casas. Ni otros coches. Solo el sonido de los neumáticos sobre la grava.
—Por aquí no es —dijo. Su voz salió más aguda de lo que pretendía—. Te lo has pasado. ¿Adónde me llevas?
Seguía sin decir nada.
Kasia se secó la garganta. Sus dedos resbalaron por la pantalla del móvil mientras intentaba abrir de nuevo la aplicación de Uber. El mapa en directo giraba sin control. Ya no estaban ni cerca de la ruta. La línea azul había desaparecido.
—Tienes que dar la vuelta —dijo, ahora más alto.
Él la miró por el espejo, dedicándole solo un movimiento de ojos. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Para el coche —dijo—. Por favor. Para el coche ya.
Pero el vehículo siguió avanzando. Se giró en el asiento, mirando hacia atrás. No había más que una carretera vacía que desaparecía en la neblina gris, y nadie más circulaba por las carreteras, que estaban completamente desiertas.
El pánico empezó a subirle por la garganta.
—Tienes que parar el coche —dijo de nuevo, con la voz quebrada.
No lo hizo. Siguió conduciendo.
Hasta que finalmente, a lo lejos, una forma oscura apareció a través del parabrisas. Un granero al final de un camino de tierra. Su tejado de chapa ondulada estaba hundido por el medio y una de las puertas de madera colgaba torcida.
Michael detuvo el coche justo delante.
El motor se apagó.
Silencio.
Presa del pánico, Kasia buscó a tientas el móvil. Le temblaban las manos sin control. Desbloqueó el teléfono, buscó el nombre de Tomek en su agenda y llamó.
El tono de llamada empezó a vibrar en su oído, pero Michael saltó del coche, abrió la puerta del copiloto y le arrancó el teléfono de la mano. Luego le atenazó la muñeca y la sacó del coche a rastras.
—¡Suéltame! —gritó, pero su voz se perdió en el viento mientras se dirigían hacia el granero.
Michael abrió de un tirón la puerta del granero y la metió dentro a la fuerza. Lo primero que le golpeó fue el olor: humedad, heno y el hedor de algo más. Sudor.
Y entonces se quedó sin aliento.
Había gente dentro.
Tres personas, de espaldas a ella.
Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la penumbra que se filtraba por las grietas de las paredes.
Su abuela. Su abuelo. Su tío.
Atados. Amordazados. Arrinconados en el centro del granero como muebles desechados.
Casi se le doblaron las rodillas.
—¿Qu-qué estás haciendo? —balbuceó, mirando a Michael, mirándolos a ellos.
Pero nadie respondió.
Los ojos de su abuela se encontraron con los suyos: desorbitados, suplicantes.
Y en ese instante, Kasia supo exactamente en qué lío se había metido. Y lo lejos que estaba la ayuda.