La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 61
85%

Capítulo 61

CAPÍTULO

SESENTA Y UNO

—¿ D ónde está?

La voz de Tomek retumbó por la calle mientras cerraba de un portazo la puerta del coche y corría los casi veinte metros que lo separaban del portal, donde Abigail esperaba, agarrada a la puerta con fuerza.

—Tomek, lo siento...

—¿Dónde está, Abigail?

Tomek la apartó de un empujón para entrar; sus cuerpos apenas cupieron por el estrecho hueco.

Subió corriendo las escaleras e irrumpió en el salón, donde lo asaltó de inmediato una profunda sensación de aislamiento, silencio y abandono.

El piso estaba vacío. Kasia se había ido.

Aunque sabía que era verdad —Abigail se lo había dicho por teléfono—, una parte de él esperaba que fuese falso, que estuviera equivocada, que se tratara de un error.

—Tomek...

Se giró y vio a Abigail en el umbral de la puerta de la escalera, con la cara sonrojada y los ojos enrojecidos, como si hubiera estado llorando. Vestida con la ropa del trabajo, parecía agotada.

—¿Adónde ha ido, Abigail? ¿Qué le ha pasado?

Abigail cerró la puerta y entró con cautela en el piso, moviéndose despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera hacer que el edificio se derrumbara.

—Se ha ido sin más, Tomek.

—¿Qué quieres decir con que se ha ido sin más ?

—He venido para ver cómo estabais, a ver qué tal os iba. Debería haber llamado, pero, cuando he visto que la puerta del portal estaba abierta, me ha entrado el pánico...

—¿Cuándo?

—Hace una hora, más o menos.

Miró la hora. Eran las dos de la tarde, lo que significaba que Kasia había estado en casa a la una.

—¿Por qué no estaba en el instituto?

—Me ha dicho que no ha ido.

—¿Qué estaba haciendo cuando has llegado?

—Preparándose para irse. Menos mal que he llegado cuando lo he hecho.

—¿Te ha dicho adónde iba?

Abigail se detuvo y se abrazó el pecho. —Lo siento, Tomek. Ella... ha dicho que se iba a casa de su madre.

—¿Qué?

—Ha dicho que había recibido un correo electrónico de ella desde la cárcel hace unos días y que habían estado hablando. Su madre la invitó a ir para charlar durante el horario de visitas y... bueno, creo que se lo han aprobado.

Tomek se quedó en silencio, con la mirada perdida en un punto detrás de Abigail mientras su mente se esforzaba por procesarlo todo. El mundo pareció estrecharse a su alrededor. El pecho se le oprimió y sintió que se quedaba sin aire.

Primero, sus padres.

Luego, su hermano.

Y ahora, Kasia.

Todos se habían ido. Todos habían desaparecido.

—¿Cómo iba a llegar hasta allí? —preguntó.

—Creo que ha pedido un Uber. Se ha subido a la parte de atrás de un coche. No lo he reconocido, pero no parecía un taxi.

—¿Y no has hecho nada para detenerla?

—Lo he intentado, Tomek. De verdad, de verdad que lo he intentado —sollozó Abigail—. Pero es fuerte, ya sabes.

—Es una cría de catorce años. Tú eres una mujer adulta.

Las lágrimas cayeron con más fuerza entonces.

—Lo sé. Yo... Lo siento, Tomek. Nunca debería... Nunca debería haberla dejado ir.

Él se acercó a ella. Sus caras quedaron a centímetros de distancia, tan cerca que casi podía oler las lágrimas en sus ojos. Su cuerpo se tensó por la frustración, el puño cerrado, la mandíbula tan apretada que sentía una vena palpitar en la sien.

—¿Tienes la más remota idea de lo que coño has hecho? Han secuestrado a toda mi familia, y ahora...

—¿Secuestrado?

Tomek suspiró. No tenía tiempo para explicarse. Empezó a caminar hacia la puerta del piso.

—¿Adónde vas?

—Tengo que encontrar a mi hija. Tengo que encontrar a mi madre, a mi padre y a mi hermano. Tengo que rescatar a toda mi familia.

—No puedes hacerlo solo —dijo ella—. Te guste o no, voy contigo.