Capítulo 60
CAPÍTULO
SESENTA
L os neumáticos de Tomek chirriaron cuando giró para entrar en la calle de Dawid, en South Woodham Ferrers.
El fondo de saco estaba en calma, con una normalidad espeluznante; un silencio que solo rompía el ladrido de un perro a lo lejos mientras él salía a toda prisa del coche y se dirigía hacia Aneta, su cuñada.
Estaba desplomada en el escalón de la entrada, con su menuda figura apoyada contra la puerta blanca.
Un lado de su melena rubia estaba apelmazado por la sangre y tenía mechones pegados a la mejilla.
Llevaba un abrigo de invierno acolchado y abierto, y en la mano tenía el recibo medio arrugado de un supermercado.
La compra que se le había caído estaba esparcida por el acceso para coches: la leche se derramaba por el bordillo, las patatas rodaban hacia el desagüe y un paquete de pasta roto desparramaba macarrones secos por el hormigón.
—Aneta —dijo Tomek, agachándose y tratando de alcanzarla—. Soy yo. ¿Qué ha pasado?
Ella tragó saliva con los labios temblorosos. —Tomek… Se ha ido.
Sintió un vuelco en el estómago. —Dentro —masculló él, mirando a ambos lados de la calle. Las cortinas de los vecinos se movían en las ventanas y las sombras se desplazaban tras ellas. Todo el mundo miraba, pero nadie se movía ni ofrecía ayuda.
Aneta asintió débilmente e intentó levantarse, pero vaciló. Él la sujetó por debajo del brazo y la guio al interior de la casa. Cerró la puerta tras ellos, dejando fuera la quietud del fondo de saco, y luego se volvió hacia ella.
—Cuéntamelo —la apremió—. Desde el principio. Todo.
Entró con paso vacilante en el salón y se dejó caer en el sofá. Le temblaban las manos; con una de ellas todavía se agarraba la cabeza. Ya había empezado a formársele un chichón hinchado en la sien.
—Acababa de aparcar en la entrada —empezó a decir lentamente—.
Venía de hacer la compra antes de ir a recoger a los niños del colegio.
Nada fuera de lo normal. Pero entonces vi a Dawid y a un hombre peleándose en el arcén.
Él… Llevaba un chaleco reflectante y estaba metiendo a Dawid a la fuerza en la parte de atrás de su furgoneta.
Él gritaba y se resistía, pero el hombre era demasiado fuerte.
Tomek apretó la mandíbula. Podía imaginárselo con demasiada claridad.
—Grité —continuó Aneta, apretándose las palmas de las manos contra las rodillas—.
Lo dejé caer todo y corrí hacia él. Intenté que lo soltara.
Pero el tipo se volvió hacia mí. Tenía algo en la mano.
De metal. No vi lo que era, pero me golpeó con ello.
—Volvió a tocarse la sien—. Al momento siguiente, estaba en el suelo, aturdida.
Oí gritar a Dawid. Luego, las puertas de la furgoneta se cerraron de un portazo y se marcharon a toda velocidad por la calle.
Cuando levanté la vista, ya no estaban. Se habían ido, Tomek.
Su última palabra se quebró en un sollozo. Se tapó la boca, temblando.
Tomek se quedó rígido, cerrando los puños con fuerza. A su hermano lo habían arrancado de su casa. A sus padres se los habían llevado momentos antes. Su familia entera, secuestrada.
—Necesitas atención médica —le dijo—. Ahora. Podrías tener una conmoción cerebral.
—No —negó ella con la cabeza, frenética—. No pierdas el tiempo conmigo.
—Estás herida.
—No puedo. Da igual. Los niños… —Lo agarró, clavándole las uñas en el jersey—. Ay, Dios mío. ¿Qué voy a decirles a los chicos?
—Lo encontraremos, no te preocupes. Diles que se ha ido fuera por trabajo un par de noches. Lo encontraremos…
A Tomek le ardía el pecho. Notaba el pulso retumbándole en los oídos. Primero sus padres. Ahora su hermano.
Secuestrados. Todo parte del plan de Nathan y Charlie.
La revelación le cayó como una losa en el estómago.
Entonces sonó su teléfono.
El tono estridente rasgó el silencio. Rebuscó torpemente y lo sacó del bolsillo.
Abigail.
El nombre brillaba ante él.
Respondió.
—¿Abigail? —graznó con voz áspera.
—¿Tomek? Creo que tienes que venir a casa. Rápido.