Capítulo 59
CAPÍTULO
CINCUENTA Y NUEVE
P ara cuando Tomek llegó a casa de sus padres, un par de coches de policía estaban aparcados a un lado de la carretera rural.
Frenó en seco derrapando a la entrada del camino de acceso, saltó del coche y dejó el motor en marcha y los faros encendidos.
No había tiempo para otra cosa que no fuera garantizar su seguridad.
Recorrió el largo camino de entrada a la carrera, con la casa cerniéndose contra la oscuridad de arriba.
No había luces encendidas ni señales de vida.
Un puñado de agentes uniformados merodeaban junto a la puerta principal, mientras otro se asomaba por el mirador del salón, a la derecha.
Más allá estaba el garaje. Todas las puertas del edificio estaban cerradas.
Parecía que hubieran salido a pasar el día y lo hubieran dejado todo cerrado.
Pero el nudo que se le estaba formando en el estómago le decía lo contrario.
—¿Qué hacéis? —le preguntó al agente que tenía justo delante, un joven que apenas parecía haber salido del instituto—. ¿Por qué estáis aquí fuera perdiendo el tiempo?
—Estamos evaluando la situ…
Tomek no le hizo caso, lo apartó de un empujón y empezó a derribar la puerta a patadas.
Cada patada le enviaba una sacudida de dolor por todo el cuerpo, pero no le prestó la menor atención.
Si sus padres estaban en casa, acudirían a la puerta o se harían ver.
No tenía ningún reparo en destrozarles la puerta principal para garantizar su seguridad.
Otra patada. Y otra.
Al final, uno de los agentes uniformados volvió a toda prisa a su vehículo policial y regresó instantes después con un ariete.
Lo balancearon hacia atrás y lo impulsaron hacia delante con un movimiento fluido.
La puerta principal se combó bajo la inmensa fuerza del objeto metálico y las astillas volaron por el aire como confeti antes de que la puerta chocara contra la pared interior.
Tomek fue el primero en entrar en la propiedad, gritando los nombres de sus padres a voz en cuello, con el sonido de su voz resonando por los pasillos.
Los agentes uniformados entraron detrás de él y se separaron para registrar las distintas habitaciones de la planta baja.
Tomek se dirigió directamente a la cocina.
Nada. A continuación, llegaron las llamadas de los agentes que lo llenaron de pavor.
—Salón vacío.
—Baño de abajo y comedor despejados.
Tomek se dirigió a la terraza acristalada, advirtiendo la quietud del lugar, el silencio, la soledad.
Se instaló en su interior la sensación de que la casa había sido preparada, dejada intacta a propósito, lo cual lo inquietó.
Se quedó un momento de pie, mirando al jardín, mientras sus ojos se posaban en un gran árbol al fondo de este, al tiempo que los agentes revisaban el primer piso.
—¡Dormitorio principal despejado!
—¡Habitación de invitados vacía!
—Baño en suite… ¡nada!
Las llamadas llegaron altas y claras, pero Tomek no estaba escuchando. Su mente estaba en piloto automático, recordando lo que su madre había dicho por teléfono.
Está en el garaje con tu padre.
El garaje. Tomek se apartó de la ventana, se dirigió al cuarto de la colada y, de ahí, al garaje, con el cuerpo tenso y el corazón en un puño.
Abrió la pesada puerta de un tirón, con los goznes chirriando, y encendió la luz, bañando el espacio con un resplandor blanco.
Todo estaba allí, casi intacto. El Jaguar E-Type de su padre, el orgullo de su vida.
Su pared de herramientas, latas y material de jardinería, todo perfectamente ordenado, impoluto bajo la luz.
La maqueta de tren ocupaba el otro lado del espacio.
Aquí era donde Perry Bowen pasaba la mayor parte del tiempo —prácticamente vivía allí—, y, sin embargo, no había señales de vida, ni indicios de forcejeo.
Una llamada desde el interior de la casa lo sacó del garaje y lo devolvió al recibidor. Los agentes uniformados estaban de pie en medio de la zona, mirándolo.
—La casa está vacía, sargento —dijo uno de ellos.
Tomek tragó saliva. —Estaban aquí… —dijo, más para sí mismo que para ellos—. No pueden haber desaparecido sin más. ¿Qué ha hecho con ellos?
Los agentes lo miraron con recelo, pero ninguno tenía una respuesta.
Sin mediar palabra, cruzó el recibidor, abrió de un empujón la puerta del despacho de Perry y se acercó al escritorio.
Le temblaban las manos mientras reactivaba el ordenador, tecleando furiosamente hasta que el programa del circuito cerrado de televisión parpadeó en la pantalla.
Era un sistema de seguridad doméstico que Tomek les había aconsejado instalar hacía unos años, para mayor seguridad.
Aparte de utilizarlo para ver qué vecino era sospechoso de echar hojas por encima de la valla del jardín y para vigilar a los repartidores que se acercaban a la puerta principal, nunca se había utilizado para nada serio. Hasta ahora.
Tomek abrió el software y rebobinó la grabación hasta la hora de su conversación con Izabela.
El ángulo de la cámara mostraba la totalidad de su largo camino de entrada, pero los bordes quedaban cortados en la parte superior de la pantalla.
Un minuto antes de la llamada, una furgoneta blanca cruzó el plano y se detuvo frente a la verja, con la matrícula oculta.
Un instante después, se acercó una figura vestida con un chaleco reflectante y un chubasquero, con la capucha puesta y los rasgos ocultos hasta el último momento, cuando se acercó a la puerta principal y llamó.
Tomek sintió que el mundo se comprimía en el rectángulo de la pantalla.
Se quedó helado cuando la cámara captó la cara de Charlie Morton por un momento antes de que este se volviera hacia la puerta principal cuando se abrió.
Apareció su madre. Hablaron. Él sonrió, le mostró su identificación y entró en la casa.
El pulso de Tomek martilleaba con fuerza, le zumbaban los oídos mientras la grabación continuaba.
Hizo clic en la siguiente cámara. El interior del garaje apareció, granulado, con el resplandor blanco de la bombilla del techo derramándose por el suelo de hormigón.
Allí estaban. Sus padres. Su madre, de pie, indecisa junto al banco de trabajo, con los brazos cruzados sobre el pecho; su padre, frente a ella, tenso pero sereno.
Y Charlie, todavía con el chaleco reflectante, encajado entre ellos, gesticulando como si se tratara de una conversación informal.
Por un momento, casi pareció normal. Su madre hablando, Charlie asintiendo, su padre adelantándose como para enseñarle el contador de la luz.
Entonces, la mano de Charlie se deslizó hacia su espalda.
Tomek se estremeció y se inclinó hacia delante en su silla mientras Charlie blandía algo —metálico, contundente, rápido —.
Impactó en la cabeza de su padre con un golpe seco y espantoso.
Perry se tambaleó, se le doblaron las rodillas y se desplomó contra el banco de trabajo antes de caer al suelo.
Su madre gritó, un borrón de movimiento en la pantalla, y Charlie se giró hacia ella con una precisión brutal, golpeándola una, dos veces, hasta que ella se desplomó junto a su marido.
En la pantalla, Charlie estaba de pie junto a ellos, con el pecho agitado, antes de agacharse y presionar dos dedos contra sus cuellos.
Entonces se movió. Con calma. Metódicamente.
Cruzó el garaje, accionó el interruptor de la pared y la puerta enrollable empezó a abrirse.
Charlie agarró a Perry por las axilas y lo arrastró hacia atrás, con los talones raspando el hormigón, antes de sacarlo del encuadre, hacia el camino de entrada.
Segundos después, regresó a por Izabela, la levantó en brazos con un gruñido y cargó con su peso muerto de la misma manera.
La cámara del camino de entrada lo captó todo.
Sus cuerpos inertes siendo arrastrados hacia la parte trasera de la furgoneta, aparcada pulcramente justo fuera del plano completo.
Las puertas traseras se abrieron de golpe.
Los metieron dentro como sacos de grano.
Charlie cerró las puertas de un portazo, tiró con fuerza de la manilla y regresó al garaje corriendo.
El estómago de Tomek se encogió mientras la grabación mostraba lo que ocurrió a continuación.
Charlie limpió el suelo con un trapo grasiento y enderezó el taburete volcado de Perry antes de ajustar las herramientas del banco para que parecieran intactas. Luego, con una compostura aterradora, volvió a bajar la puerta del garaje hasta que se selló a ras del suelo. La luz se apagó de golpe.
La cámara cambió a una imagen estática gris.
Tomek se reclinó, con el corazón martilleándole tan violentamente que pensó que el pecho se le iba a partir en dos. No podía respirar. La habitación empezó a dar vueltas.
Los agentes agrupados en la puerta del despacho se habían quedado inmóviles, con el rostro pálido. Nadie hablaba.
A Tomek le temblaba la mano mientras agarraba el ratón, haciendo clic frenéticamente por las distintas cámaras, como si algún ángulo —alguna cámara olvidada u oculta— pudiera mostrar a sus padres escapando o defendiéndose. Pero cada ángulo confirmaba la misma verdad. Se los habían llevado.
Buscó a tientas su teléfono y marcó el número de Dawid. El teléfono sonó. Una vez. Dos. Nadie contestaba. Volvió a intentarlo. Directamente al buzón de voz.
—Vamos, Dawid, cógelo —masculló, con la voz quebrada—. Miró fijamente la línea muerta, su reflejo apenas visible en la pantalla negra, antes de estrellar el teléfono contra el escritorio con un crujido.
Un instante después, el teléfono empezó a sonar. Cogió el aparato sin mirar el identificador de llamadas.
—¿Dawid?
—Se ha ido, Tomek —Aneta, la mujer de Dawid. Presa del pánico. Agitada—. Alguien se lo acaba de llevar. No sé adónde ha ido ni qué ha pasado, pero…
—Quédate exactamente donde estás —dijo él—. Voy para allá ahora mismo.