La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 56
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Capítulo 56

CAPÍTULO

CINCUENTA Y SEIS

L os primeros minutos habían sido los más duros.

El frío se le clavaba en la piel y en los pulmones, mientras la lluvia le apelmazaba el pelo contra la frente y se le pegaba a la ropa, intensificando la sensación gélida que lo envolvía como una camisa de fuerza.

Pero al cabo de diez minutos, a medida que sus miembros empezaban a moverse y a entrar en calor, todo su cuerpo se quedó insensible a los elementos, salvo por el agua que le salpicaba en los ojos.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había salido a correr, mucho tiempo desde que se había despejado la cabeza poniendo un pie delante del otro, sin importarle el tiempo que hiciera.

Esta vez, sin embargo, no surtió ningún efecto.

Sus pensamientos sobre Kasia y su arrebato lastraban su ritmo, confirmando su peor temor: que quería volver con su madre, estar con ella, verla.

No lo permitiría. No podía. No sabía hasta dónde llegaba la influencia de Nathan Burrows.

Si Nathan había sido capaz de contactar con Tomek desde la cárcel, era más que capaz de contactar con la madre biológica de Kasia para envenenarle la mente y conspirar contra él.

Podría manipularla para que le entregara a Kasia de alguna manera.

No, no podía permitirlo; no podía permitirse correr ese riesgo.

Kasia tenía que quedarse donde él pudiera verla.

Veinte minutos después de ponerse en marcha, Tomek llegó al principio del muelle de Southend.

Fue frenando hasta detenerse, con las manos en la nuca y el aliento formando una nube frente a él.

El muelle gemía y se combaba bajo sus zapatillas mientras las olas roían los pilotes.

A lo lejos, unas barcas reposaban sobre la línea de flotación como babosas gigantes.

Por encima de su cabeza, una bandada de gaviotas graznaba hasta que una aterrizó a pocos metros, observándolo claramente como si fuera su próxima comida.

Tomek la ignoró y avanzó por el muelle. En algún punto del horizonte, el sol empezaba a hacer acto de presencia, iluminando el cielo con un tono de gris más claro.

Los tablones de madera crujían bajo su peso mientras continuaba hacia el extremo del muelle, el sonido de cada una de sus pisadas ahogado por el de las olas bajo él.

Metió las manos húmedas en el bolsillo de la sudadera, con la piel en carne viva por el frío y los pulmones todavía quemándole por la carrera.

El muelle se extendía ante él como una interminable espina dorsal de maderos que se adentraba en las aguas oscuras.

Estaba desierto; a esa hora, solo los peces y las gaviotas le hacían compañía.

Una ráfaga de viento recorrió el muelle, colándosele por la ropa y cortando la fina capa de calor que su cuerpo había logrado generar.

Se subió la capucha, aunque la lluvia ya lo había empapado todo.

Se detuvo junto a la barandilla, con la mirada perdida en la negra extensión del estuario del Támesis.

Su móvil empezó a sonar. Al principio, pensó en ignorarlo; no estaba de humor para hablar con nadie. Pero entonces vio el nombre.

Deirdre. La madre de Mason Alexander.

Tomek vaciló, con el pulgar suspendido y el corazón martilleándole en las costillas. Entonces, deslizó el dedo para responder.

—¿Señora Alexander? —Su voz sonaba ronca, quebrada por la carrera.

Hubo un instante de silencio, seguido de una voz trémula. —¿Inspector Bowen? Yo… Siento llamar tan temprano.

Tomek cambió el peso de un pie a otro, mirando a su alrededor como si alguien pudiera oírlo. El muelle estaba vacío; solo él, las gaviotas y la marea que subía. —No se preocupe. ¿Qué ocurre?

—He estado… —Aspiró con un temblor—. No podía dormir, así que me he puesto a revisar algunas de las cosas de Mason. Y hay algo aquí que creo que querrá ver.

A Tomek se le encogió el estómago. Se irguió, apoyándose en la barandilla mojada y entornando los ojos hacia la infinita extensión de agua. —¿De qué se trata?

—Creo que he encontrado el nombre de la otra persona con la que pudo haberse encontrado la noche que murió.