Capítulo 54
CAPÍTULO
CINCUENTA Y CUATRO
—¡ H asta mañana, Kasia!
La voz resonó desde el otro extremo de la calle, pero no le prestó mucha atención mientras salía por la puerta del colegio y se dirigía en la dirección opuesta.
Estaba distraída. Lo había estado todo el día; incapaz de concentrarse en clase o de pensar en otra cosa que no fuera lo que Isobel había dicho la noche anterior.
Por lo visto, durante su último encuentro con Tomek, ella le había instado a pasar más tiempo juntos, a desarrollar más su relación, a olvidarse de todo lo demás que estaba pasando.
A Kasia también le había dado el mismo consejo.
Pero ¿de qué servía? ¿Por qué tenía que esforzarse ella si él no estaba dispuesto a hacerlo?
Era su padre. Se suponía que él era lo bastante maduro como para dar el primer paso. ¿Por qué tenía que ser ella?
Deseó pasar la tarde en casa de Claire y Sophia en lugar de ir a la suya. Le gustaba estar allí. Era un lugar tranquilo, silencioso, relajante. Un sitio donde podía escapar, un refugio de los pensamientos sobre Nathan Burrows, el hombre del tatuaje de la lágrima, y Tomek…
Se dio cuenta de lo horrible e infantil que sonaba, pero no era el peor pensamiento que se le había pasado por la cabeza ese día.
Por primera vez en mucho tiempo, había pensado en su madre.
En cómo la necesitaba. En cómo anhelaba abrazarla, estrecharla entre sus brazos y quedarse dormida como hacían antes de que todo se torciera.
Incluso se había planteado responder al correo electrónico que había recibido. Venía de una cuenta anónima. Al principio, Kasia había pensado que era correo basura. Correo no deseado. Algo que borrar sin pensárselo dos veces. Pero el asunto la había dejado helada.
Soy mamá.
Se había convencido de que no podía ser real, de que era una especie de broma pesada. Pero la curiosidad —y algo más profundo, algo doloroso— la impulsó a abrirlo. Las palabras eran sencillas, no eran largas ni divagantes como algunas de las cartas que solía escribir antes de la cárcel.
Te echo de menos, mi Kellogg’s querida. He estado pensando mucho en ti. Siento no haber estado ahí. Sé que no me lo merezco, pero me encantaría verte. Por favor, plantéate venir a visitarme. Solo una vez. Necesito saber que estás bien. Con cariño, mamá.
Kasia lo leyó diez veces, escudriñando las palabras en busca de algo falso, algo que no cuadrara.
Una pista de que no era ella de verdad. Pero parecía real.
Su intuición de madre, que sabía que tenía que ponerse en contacto en un momento de necesidad.
Y el correo contenía el apodo que su madre le había puesto: Kellogg’s.
Sin embargo, una parte de ella seguía dudando. Se suponía que su madre no tenía acceso al correo electrónico, no desde la cárcel. ¿Cómo podía ser? ¿Era alguien que se hacía pasar por ella o alguien que sacaba mensajes a escondidas? Y si era real… ¿por qué ahora?
No le había respondido. Todavía no. No sabía qué decir.
Pero las palabras se le habían clavado en el pecho como una astilla, pinchándola a cada respiración. Las había llevado consigo todo el día. Cada vez que miraba la pizarra en clase, a sus amigas en el almuerzo o a los profesores ladrando órdenes, oía la voz de su madre en aquellas frases.
Por primera vez en un año, Kasia no estaba segura de qué deseaba más: no volver a saber de ella nunca o correr directa a sus brazos.
Continuó por la calle, con la cabeza gacha y sumida en sus pensamientos, cuando lo vio.
Un BMW blanco aparcado a mitad de la calle, inclinado torpemente contra el bordillo como si hubiera aparcado demasiado deprisa.
Por un momento, creyó ver movimiento en el interior.
La silueta imprecisa de una cabeza que se giraba para observar.
El corazón le dio un vuelco. Parpadeó, se frotó los ojos y volvió a mirar. El parabrisas le devolvió el reflejo del cielo gris plomizo, ahora vacío y frío. La mano se le fue al bolsillo de la americana para buscar el móvil y marcó torpemente el número de su padre.
Un tono. Dos. Tres. Directo al buzón de voz.
—Cógelo, papá. Venga, venga…
Nada. Solo el zumbido mecánico de la voz robótica en su oído.
Lo intentó de nuevo. El mismo resultado. Nadie respondía.
Los limpiaparabrisas del BMW se movieron de repente, barriendo el cristal.
A Kasia se le oprimió el pecho y un gemido se le ahogó en la garganta.
Estaba a punto de echar a correr cuando un pequeño coche utilitario rojo se detuvo a su lado.
La ventanilla del conductor bajó con un zumbido y un brazo conocido salió para saludarla.
—¡Kasia! —la voz de Abigail se oyó por encima de la lluvia.
El alivio la invadió y corrió hacia ella, con la mochila golpeándole la cadera y los zapatos chapoteando en los charcos. Abigail se inclinó sobre el asiento del copiloto y abrió la puerta justo cuando Kasia llegaba a su altura. —¿Qué pasa? Parece que has visto un fantasma.
Kasia se metió dentro de un salto y cerró la puerta de golpe a su espalda.
—Tengo que ir a casa —jadeó, girándose para mirar por encima del hombro—. Llévame a casa. Por favor.