La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 52
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Capítulo 52

CAPÍTULO

CINCUENTA Y DOS

L a lluvia golpeteaba con fuerza el parabrisas y formaba grandes gotas en el cristal. Tomek se fijó en una en particular. Una gota descomunal que parecía un enorme forúnculo, hinchándose de agua. Crecía, crecía y crecía, hasta que al final reventó y descendió por el cristal como una avalancha.

Consultó el reloj del salpicadero. Llegaban tarde.

Miró el móvil. No había ningún mensaje que le dijera que esperase o cuánto tardaría.

Ya habían pasado cinco minutos. No era propio de ella llegar tan tarde.

Solía estar ansiosa por irse cuanto antes, sobre todo para asegurarse de que a Tomek no le cobrasen tiempo extra.

Otras veces, era porque ya había tenido bastante y se sentía mentalmente agotada después.

Mientras seguía esperando, sus pensamientos se desviaron hacia Jonny Evans.

Al hombre le habían tendido una trampa, lo habían chantajeado y presionado para que contactara —para que tuviera contacto físico— con Tomek y Kasia.

¿Por qué? ¿Era simplemente una oportunidad para que Nathan se pavoneara y demostrara que podía llegar hasta Tomek en cualquier momento? ¿Era una amenaza? ¿O había algo más?

En su momento, no había inspeccionado bien los daños que había sufrido el coche tras el incidente.

En realidad, no lo había vuelto a mirar desde entonces.

Solo había sido un golpe sin importancia, una pequeña abolladura que, con las herramientas y los conocimientos adecuados, se podía arreglar.

Aparte de un pequeño arañazo en la pintura, no había daños significativos.

Pero ¿y si Jonny Evans no le estaba contando toda la verdad?

¿Y si la mujer del aparcamiento le había dado algo más, o si había habido otro regalo en el fajo de billetes que le entregó?

Un localizador. Un dispositivo de escucha. Un aparato que le habían colocado en el coche cuando no miraba. ¿Era así como Nathan había sabido que Tomek estaba fuera de casa cuando irrumpió para ver a Kasia?

Tomek abrió la puerta del coche de un empujón.

Una ráfaga de viento entró de golpe y lo aprisionó contra el asiento.

Luchando contra ella, se apeó del coche y se dirigió a toda prisa hacia la parte delantera, encendiendo ya la linterna del móvil.

La lluvia lo azotaba desde todos los ángulos y le pegó el pelo a la cara al instante.

Entrecerró los ojos para protegerse, agachándose sobre los talones.

Los arañazos en la pintura parecían rayas blancas sobre una mesa, reflejándose en la luz.

Una sombra se extendía sobre la pequeña abolladura del parachoques delantero.

Pero allí no había nada, nada visible a simple vista.

Se tumbó en el suelo, apoyando las rodillas en el hormigón húmedo, y luego se metió debajo del coche, apuntando con la luz entre el laberinto de metal. Aun así, nada pitó. Ninguna luz intermitente parpadeó para indicar que estuviera encendido.

Estaba todo en su cabeza.

Como todo lo demás.

Una ráfaga de viento barrió el aparcamiento mientras salía de debajo del coche, casi haciéndole perder el equilibrio.

Protegiéndose la cara de los elementos, se apresuró a entrar en la consulta de Isobel Fox.

Habían pasado diez minutos y seguía sin haber ni rastro de Kasia.

Al entrar, la recepcionista, Patricia, saludó a Tomek.

—No creo que tarden mucho más —dijo ella con una sonrisa educada. Era tarde, mucho después de la hora de cerrar, y era evidente que la mujer tenía tantas ganas de irse a casa como Tomek.

Entonces, casi como si fuera una señal, Kasia salió de la consulta de Isobel, seguida de cerca por la propia terapeuta. Kasia tenía los hombros caídos, la cabeza gacha. Se acercó a él arrastrando los pies, aferrada a su bolso como si fuera un salvavidas.

—Hablando del rey de Roma —dijo Tomek, posando una mano en la espalda de Kasia—. ¿Todo bien, campeona?

—Sí —respondió Kasia débilmente.

Tomek miró rápidamente a Isobel en busca de consuelo. La mujer se lo ofreció con una sonrisa profesional.

—Otra buena sesión esta tarde, Kasia. Estás haciendo muchos progresos. ¿Te importa si hablo un momento con tu padre?

Kasia levantó la vista hacia Tomek y extendió la mano. —¿Me das las llaves del coche?

Tomek se las sacó del bolsillo y se las dio.

Kasia se dirigió hacia la salida, con las llaves tintineando levemente en su mano.

Ni siquiera miró atrás al salir del edificio.

Isobel se quedó un momento en el umbral, viendo a Kasia marcharse.

Luego, con una entrenada rapidez, se hizo a un lado, indicándole a Tomek que la siguiera.

—Será rápido —dijo en voz baja.

Tomek obedeció y entró en su consulta. Isobel cerró la puerta tras ellos.

—Gracias —dijo ella, sentándose—. No se alarme. No tiene que ver con Kasia. Ella está bien. Solo es… lo de siempre, supongo que podría decirse. Solo quería saber cómo estaba usted después de todo lo que hablamos.

Tomek se quedó de pie un momento, estudiándola. Ella esbozó una leve y tranquilizadora sonrisa y señaló la silla de enfrente. Él se sentó, inclinándose ligeramente hacia delante, con los antebrazos apoyados en los muslos.

—¿Sobre Nathan?

Ella asintió. —¿Ha tenido noticias suyas? ¿O lo ha visto desde entonces?

La pregunta lo dejó atónito. ¿Por qué sacaba ella este tema ahora?

¿A qué venía tanta urgencia? Sus pensamientos volvieron a Jonny Evans, al supuesto accidente, a la trampa, a la posibilidad de localizadores o vigilancia.

¿Y si Isobel no era solo una terapeuta? ¿Y si Nathan la había atraído a su órbita también?

¿Y si había sido ella quien le había dado el dinero del soborno y lo había chantajeado?

¿Era descabellado? ¿O estaba todo en su cabeza?

Como todo lo demás…

Sintió un nudo en el estómago, pero se obligó a encogerse de hombros. —No —dijo con cautela, midiendo sus palabras—. Nada.

Isobel lo estudió durante un instante más de lo que a él le gustó. No hubo ningún cambio evidente en su expresión, pero creyó percibir un destello de duda en sus ojos. —Bueno, pues muy bien. Supongo que la falta de noticias es una buena noticia. ¿Y ustedes dos? ¿Cómo se han apañado?

—No hemos tenido tiempo —dijo él rápidamente.

—La idea era que sacaran tiempo.

—Lo haremos. No se preocupe. ¿Eso era todo?

Isobel asintió cortésmente, sonriéndole con una sonrisa profesional. —Por supuesto. Que tenga una buena tarde.

Tomek se levantó de la silla. —Usted también.

—Conduzca con cuidado, Tomek… —dijo Isobel, siguiéndolo con la mirada hasta la puerta.