Capítulo 51
CAPÍTULO
CINCUENTA Y UNO
J onny Evans tenía el tipo de aspecto que le permitía pasar desapercibido.
A sus cuarenta y tantos años, de estatura media, con pelo castaño ralo repeinado hacia atrás con demasiada gomina, tenía la silueta fofa de un hombre que probablemente pasaba más tiempo detrás de un escritorio que de pie.
A primera vista, era anodino. Sin embargo, en la pequeña sala de interrogatorios, bajo las luces brillantes, el brillo de sudor en su frente y el temblor nervioso de su pierna revelaban su intranquilidad subyacente.
La detención había sido discreta. Un pequeño equipo de agentes uniformados se lo había llevado de su casa a las afueras de Chelmsford, interrumpiendo la cena que él y su familia estaban preparando.
No había habido aspavientos, ni esposas, y muy pocas explicaciones.
Aun así, eso no le había impedido solicitar la presencia del abogado que ahora estaba sentado a su lado, sin duda uno de los expertos legales de su empresa.
Jonny estaba sentado con los hombros encogidos, las manos tan apretadas sobre la mesa que los nudillos se le habían puesto blancos como la tiza.
Sus ojos saltaban de la puerta a los rincones de la sala y luego hacia el abogado a su lado: un hombre fornido con un traje azul marino y una expresión impasible y pragmática.
La rodilla de Jonny rebotaba bajo la mesa.
De vez en cuando, se humedecía los labios y tragaba saliva, tratando de serenarse y presentarse como el hombre de negocios respetable, el líder de la comunidad, el hombre que asistía a cenas benéficas y posaba para fotos con los concejales.
Pero bajo la dura luz fluorescente, ese barniz se estaba resquebrajando, y Tomek ya podía ver cómo se formaban las grietas en su rostro, tal y como había sucedido cuando ocurrió el accidente.
—La verdad es que no entiendo por qué estoy aquí —replicó Jonny.
—¿Ah, no? —preguntó Tomek, recostándose en su silla. A su lado estaba sentado Chey, que apoyaba los codos en el borde de la mesa—. ¿No se acuerda de mí?
Jonny de repente pareció interesarse mucho por sus dedos. Era obvio que sí se acordaba.
—Yo… conozco a mucha gente.
—Chocó usted contra mí hace poco —le explicó Tomek—. Se me cruzó en mitad de London Road.
Tomek esperó una reacción, un destello de reconocimiento o de sinceridad en el rostro del hombre, pero no obtuvo nada.
—Yo… ¿Hice eso?
—¿Tiene usted mala memoria, señor Evans?
—No, no creo —respondió en voz baja.
—Estupendo. Entonces, quizá podría explicarme de qué conoce a Nathan Burrows.
—¿Quién?
La confusión en la voz de Jonny era genuina.
—¿Le suena de algo ese nombre?
Jonny negó lentamente con la cabeza.
—No… no sé de quién me habla.
Tomek no necesitó decir nada; Chey sacó una foto de Nathan Burrows y la deslizó sobre la mesa.
—Quizá esto le refresque la memoria.
Jonny cogió la hoja con los dedos temblorosos. La miró durante un buen rato, recorriendo con los ojos los contornos del rostro de Nathan.
—Yo… no he visto a este hombre en mi vida.
—Entonces, ¿tal vez le apetezca explicarnos por qué su número de móvil aparecía en la agenda de su teléfono?
De repente, la actitud de Jonny cambió. Parecía que quería decir algo, pero que se contenía.
—Sin comentarios —dijo.
Te pillé , pensó Tomek. Ahora solo tenía que agotarle la paciencia.
—¿De qué conoce a Nathan Burrows? —insistió.
—Sin comentarios.
—¿De qué hablaron por teléfono?
—Sin comentarios.
Tomek le lanzó una batería de preguntas a Jonny.
—¿Cuándo se pusieron en contacto por primera vez? ¿Trabaja con él o para él? ¿Sabe dónde está? ¿Cuándo fue la última vez que habló con él? ¿Por qué estaba usted en Leigh la noche que chocó contra mí y no en el trabajo?
A todo lo cual Jonny respondió con un «sin comentarios».
Hasta que…
—¿Qué estãos tramando? Por lo que hemos podido averiguar, usted trabaja con muchos expresidiarios.
¿Usted y Nathan se conocieron en la cárcel y urdieron un planecito allí?
¿Es consciente de lo que ha hecho? Ha asesinado brutalmente a una persona y es sospechoso de haber hecho lo mismo con otra.
Espero que entienda la gravedad del asunto.
No es una buena persona y le garantizo que usted y todos los demás con los que trabajan le importan una mierda…
Jonny dio un manotazo en la mesa en un arrebato, cortando a Tomek de inmediato.
—Lo siento —dijo el hombre, con la voz entrecortada—. Lo siento. No quería… yo…
—Creo que tiene mucho que explicar.
Jonny empezó a juguetear con los dedos, incapaz de mirar a Tomek o a Chey a los ojos.
—No… no sé cómo empezó ni por qué. Pero…
yo no conozco a Nathan exactamente. Quiero decir, lo conozco de nombre por mis múltiples visitas a las cárceles del país, pero nunca lo he visto en persona.
—Jonny hizo una pausa para recuperar el aliento—.
Todo ocurrió hace un par de semanas. Iba andando hacia el coche después del trabajo y, justo cuando estaba a punto de entrar, alguien se me acercó por detrás, me apoyó un cuchillo en la espalda y me puso un fajo de billetes delante de la cara.
Tomek quiso interrumpir, pero decidió dejar que Jonny terminara.
—No llegué a ver quiénes eran. Pero ella me dijo que cogiera el dinero y que tenía que hacer una cosa muy simple para ella, o de lo contrario le haría daño a mi familia.
—¿Ella? —preguntó Tomek.
—¿Qué querían que hiciera? —añadió Chey.
—Querían que chocara contra su coche… —Jonny levantó lentamente la mirada hasta encontrarse con la de Tomek.
—¿Le dijeron que chocara contra mí?
Jonny asintió.
—No fuerte. Solo un golpecito. No lo bastante como para causar daños graves. Dijeron que el dinero era para cubrir las reparaciones o el coste del seguro si lo necesitaba…
—Y usted aceptó. ¿Por qué?
—Porque no quería que le pasara nada a mi familia.
—Ha dicho que era una mujer. ¿Pudo distinguir algo de su voz? ¿Vio algo de su aspecto?
Jonny negó con la cabeza, volviendo a bajar la mirada a su regazo.
—Lo único que sé es que amenazó con hacerle a mi familia lo que Nathan Burrows le había hecho a aquel chico hace treinta años. Y después de buscar en Google lo que le ocurrió, me di cuenta de que no tenía elección. Eran ustedes o ellos.