La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 50
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Capítulo 50

CAPÍTULO

CINCUENTA

T omek se desplomó en la silla de su escritorio.

La conversación con Donovan había ido casi exactamente como esperaba: a ninguna parte.

Donovan no había revelado nada, ni parecía probable que fuera a dar su brazo a torcer en los próximos días y a soltar prenda sobre los secretitos de Nathan y los suyos.

Pero al menos lo tenían. Al menos estaba fuera de las calles y, lo que era más importante, lejos de Nathan.

Una persona menos en la que Nathan podía confiar.

Tomek arrojó la carpeta sobre la mesa y se metió la mano en el bolsillo para coger el móvil.

Eran poco más de las seis. Las clases habían terminado hacía mucho y Kasia le había enviado un mensaje diciendo que estaba otra vez en casa de Claire y Sophia.

Pero eso no impedía que se preocupara por ella.

No puedes vigilarlos a todos, todo el tiempo…

El pitido se amplificó en su cabeza, retumbando entre sus oídos. Luego hubo una pausa y su voz, jovial y familiar, sonó al otro lado.

—¿Papá? ¿Va todo bien?

—Te llamo para preguntarte lo mismo.

—¿Qué? Sí, estoy bien. ¿Por qué no iba a estarlo?

—¿Dónde estás? ¿Sigues en casa de Sophia?

—Estamos pasando el rato en su habitación.

—¿Está Claire en casa?

—Está abajo preparando la cena, creo.

Se reclinó en la silla y cerró los ojos un momento mientras la tensión lo abandonaba. —Bien. Me alegro. —Dudó, tamborileando con los dedos sobre el móvil—. ¿Qué tal hoy? No… no has visto nada, ¿verdad?

—No —respondió ella con firmeza—. He estado bien. Las dos.

—Vale. Te dejo. Mándame un mensaje si me necesitas.

—Lo haré. Prometido.

La comunicación se cortó. Tomek dejó el móvil sobre el escritorio y se quedó mirándolo un buen rato. Antes de que pudiera hacer nada, Chey se le unió con esa sonrisa de perro pachón que solía poner cuando tenía algo nuevo que contar.

—¿Está bien, sargento? —preguntó—. Tiene una cara que parece que le va a dar un patatús.

Tomek ladeó la cabeza y le dirigió la mirada a Chey. —Créeme, serías la última persona a la que querría haciéndome el boca a boca por lo que fuera.

La sonrisa de Chey se ensanchó. —Qué borde, sargento. Me han dicho que beso de maravilla.

—¿Quién? ¿Tu madre? —masculló Tomek, con una levísima sombra de sonrisa asomando en su boca.

Chey se rio, sin inmutarse. —Bueno, esto le va a interesar…

—Venga, desembucha.

Chey se echó hacia atrás en la silla de su escritorio. —Los de análisis forense digital han revisado el móvil que cogiste del piso de Nathan en Bristol.

Tomek alzó la vista, con la carpeta todavía medio abierta delante de él. —¿Y?

—No han encontrado nada. Bueno, no mucho. Según el informe, no había nada. Ni mensajes, ni correos, ni aplicaciones. Totalmente limpio. Pero la lista de contactos… —Chey agitó el dedo para enfatizar—. Eso era distinto. Encontraron dos números. Y los dos estaban registrados con un nombre.

Tomek se enderezó ligeramente en su silla, con el pulso acelerado. Era esa. La oportunidad de conseguir los nombres de algunos de los cómplices de Nathan.

La oportunidad de descubrir la verdadera identidad de Charlie.

—¿Quiénes? —preguntó.

Chey dejó que la pausa se alargara para darle más efecto. —El primero es el suyo, sargento.

Tomek parpadeó; las palabras se deslizaron en sus oídos como agua helada. —¿El mío?

—Sí. —Chey frunció el ceño, estudiando la reacción de Tomek—. Según el registro de llamadas, lo llamó un par de veces con ese número hace unos meses.

Así que ese era el número que Nathan había utilizado para chantajearlo y conseguir que lo ayudara a salir de la cárcel.

La inquietud se apoderó de él. Sabía las apariencias que daba.

Que quizás los dos habían conspirado. Que de alguna manera estaban trabajando juntos y que lo habían hecho para sacar a Nathan de la cárcel.

Podía comprometerlo, pero no estaba preocupado; más le preocupaba la identidad de la segunda persona.

—Un tipo llamado Jonny Evans —respondió Chey.

El nombre cayó como un guijarro en el agua. —Jonny Evans… ¿Por qué me suena?

Chey abrió su libreta. —He estado investigando un poco.

Evans tiene unos cuarenta y tantos. Vive en Chelmsford.

Sobre el papel, parece limpio como una patena.

Dirige una empresa de gestión de instalaciones y también figura como director de una organización benéfica, The Community Reintegration Trust. Parece que le gusta ayudar a exconvictos a conseguir vivienda y trabajo.

La prensa local también lo adora. Ha patrocinado equipos de fútbol infantil, entrega cheques en actos para recaudar fondos y sale bastante en fotos con los concejales. Parece una persona decente.

—Entonces, ¿cómo ha acabado metido en líos con Nathan Burrows?

—dijo Tomek para sí. Clavó la mirada en la pantalla del ordenador, observando su propio reflejo en el monitor.

Le daba vueltas al nombre. Lo conocía. Le sonaba.

No de un expediente ni de un titular. Algo diferente. Algo más cercano. Reciente. Personal.

—¿Cómo has dicho que se llamaba? —preguntó Tomek.

—Jonny Evans. Su número de móvil es este… —Chey señaló una nota en su libreta.

Tomek no supo por qué, pero sacó el móvil del bolsillo, fue a su agenda y empezó a teclear el número de Jonny Evans.

A medida que aparecían los dígitos, la lista de posibles coincidencias en el teléfono de Tomek se fue reduciendo rápidamente hasta que solo quedó una, a falta de cuatro dígitos por marcar.

Allí, en la parte superior de la pantalla, estaba el nombre de Jonny Evans.

Y entonces cayó en la cuenta. De qué conocía Tomek a ese hombre.

—Por eso me resulta familiar —dijo con voz grave—. Porque lo he conocido en persona.

Chey ladeó la cabeza. —¿Lo ha conocido?

Tomek asintió, con los ojos todavía fijos en el móvil. —Es el que me dio el golpe con el coche el otro día.