Capítulo 49
CAPÍTULO
CUARENTA Y NUEVE
T omek exhaló profundamente antes de abrir la puerta y entrar en la sala de interrogatorios.
En un rincón, sentado con la espalda completamente recta en una silla bajo la dura luz artificial, estaba el hombre del tatuaje de la lágrima.
Tenía el rostro inexpresivo, sin emoción alguna, y el pulso de Tomek se aceleró al verlo.
Por fin. Después de tanto tiempo, las tornas habían cambiado.
El poder había pasado a sus manos y ahora era Tomek quien tenía el control.
Endureció el gesto, irguió los hombros y cruzó la habitación con un aire de autoridad, aunque por dentro estaba nervioso.
El hombre del tatuaje de la lágrima mantuvo los ojos fijos en Tomek mientras este se sentaba en la silla.
Tomek se recompuso, colocó sus notas y documentos sobre la mesa y se tomó su tiempo para encender la grabadora digital antes de hablar.
—Según esto, su nombre —al menos, según el permiso de conducir que se le encontró en el momento de su detención y la coincidencia en el sistema cuando comprobamos sus huellas— es Donovan Midings. Me alegro de poder ponerle por fin un nombre a esa cara.
Donovan no dijo nada, y siguió mirando a Tomek con una mirada amenazadora e inflexible.
—Supongo que se estará preguntando por qué hemos interrumpido su tarde de jueves —continuó Tomek—. Y de forma tan brusca, además.
Ninguna respuesta.
—¿Es algo en lo que ha pensado en la última hora desde que lo trajeron?
—Sin comentarios. —Era la primera vez que Tomek oía hablar a Donovan en mucho tiempo, y por un momento casi había olvidado cómo sonaba su voz. Profunda, imperiosa, autoritaria; el tipo de voz acostumbrada a conseguir lo que quería.
—¿Adónde iba?
—Sin comentarios.
—¿Qué hacía en la A13?
—Sin comentarios.
—¿Se dirigía a la M25?
—Sin comentarios.
—¿Iba a Bristol por casualidad?
La expresión de Donovan se quebró ligeramente. Abrió los ojos de par en par, sorprendido, y sus labios se entreabrieron una pizca.
Te pillé.
—¿Qué puede decirme del piso de Bakers Street, en Bristol, Donovan?
—Sin comentarios.
—¿Ha estado alguna vez en esa dirección?
—Sin comentarios.
—Es curioso, porque tenemos grabaciones de cámaras de seguridad que muestran el coche en el que lo detuvieron deteniéndose cerca.
—Tomek abrió la carpeta y sacó una hoja de papel que mostraba el BMW blanco pasando por delante de una casa en una calle residencial, a pocas casas de la dirección secreta de Nathan—.
Cierto, las matrículas son distintas —lo cual es otro asunto del que ya nos ocuparemos—, pero ese es su coche, ¿verdad?
Donovan ignoró la fotografía. —Sin comentarios.
—¿Qué hacía allí, Donovan?
—Sin comentarios.
—¿Iba a reunirse con Nathan Burrows?
—Sin comentarios.
—¿Cuál es su relación con Nathan Burrows?
—Sin comentarios.
—¿Cómo se conocieron?
—Sin comentarios.
Tomek sacó dos hojas de papel de la carpeta y las inspeccionó, mirando a Donovan para crear un efecto dramático. No hubo ningún cambio en la expresión del hombre.
—Hemos hecho una comprobación rápida de su nombre, y aquí dice que cumplió condena por agresión hace diez años en la prisión de Su Majestad de Wakefield, lo que confirma que ese es realmente su nombre.
Parece que también compartió celda con Burrows durante toda su estancia en una de las mejores instituciones de Su Majestad. ¿Le suena de algo?
Ninguna respuesta.
—¿Se hicieron muy amigos en la cárcel? Supongo que sí, si ha estado llevándolo y trayéndolo desde Bristol cada dos por tres para asegurarse de que llega a tiempo a sus reuniones con el agente de la condicional.
Pero tengo curiosidad. ¿Y usted qué saca de todo esto?
¿Dinero? ¿Satisfacción? ¿Orgullo? —Tomek se alisó la corbata contra el cuerpo—.
¿Burrows tiene algo contra usted? ¿Tiene alguna deuda que saldar?
Supongo que tendrá mejores cosas que hacer con su tiempo que ser el perrito faldero de alguien.
Las comisuras de los labios de Donovan esbozaron una sonrisa.
—Lo tiene haciendo sus recados, ¿verdad? Llevándolo de un lado para otro como si fuera el rey de Inglaterra. ¿Por qué?
—Sin comentarios —respondió Donovan, esta vez mucho más despacio, con un tono más amenazador, como si hubiera una amenaza detrás de sus palabras.
Tomek no iba a dejar que eso lo disuadiera. —¿Qué tiene contra usted, Donovan? ¿Qué deuda tiene? ¿Algo de su época en la cárcel? ¿Qué es?
Donovan permaneció en silencio.
—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?
Nada.
—¿Dónde lo vio por última vez?
Seguía sin decir nada. La frustración de Tomek empezaba a multiplicarse.
—¿Dónde está? ¿Dónde está Nathan Burrows ahora?
Seguía sin decir nada. Solo un muro de silencio.
—Ha salido a la luz cierta información y necesitamos hablar con él sobre un incidente que tuvo lugar hace treinta años. Ahora mismo no lo encontramos, y esperábamos que usted pudiera ayudarnos. ¿Le gustaría volver a la cárcel, Donovan?
—Sin comentarios.
—Porque parece que eso es lo que podría ocurrir.
Nathan Burrows es un hombre peligroso, como seguro que ya sabe.
Pero ayudarlo y encubrirlo…, obstruir a la justicia…
, esos son cargos que se le aplicarán a usted.
Si descubrimos que lo ha estado ayudando a esconderse o a eludir la captura, nos aseguraremos de que se enfrente a todas las consecuencias de la ley y de que se le imputen los cargos más graves.
De hecho, yo mismo se lo recomendaré a la Fiscalía.
—Tomek se permitió una sonrisa irónica—. ¿Tiene algo que quiera decirme?
Por primera vez desde que Tomek había entrado en la sala, Donovan se movió.
Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en el borde de la mesa, con los músculos de los brazos tensos bajo la camisa.
Acercó el rostro, lo suficiente para que Tomek percibiera el ligero olor a tabaco rancio de su aliento.
—Debería tener cuidado —murmuró Donovan. Su tono era tranquilo, casi de conversación, pero tenía un trasfondo que hizo que el pulso de Tomek se acelerara—. Uno no puede estar pendiente de todo el mundo todo el tiempo. Tarde o temprano, mirará en la dirección equivocada. Y cuando lo haga…
Dejó la frase en el aire, sin terminar. Un movimiento deliberado.
Tomek lo miró a los ojos, negándose a pestañear. —¿Eso es una amenaza contra mi familia?
Donovan sonrió. La lágrima brilló bajo la dura luz del fluorescente. Se recostó en la silla, cruzó los brazos sobre el pecho y selló los labios.
Tomek clavó las uñas en la carpeta que tenía delante. Se obligó a mantener la voz firme, tranquila, controlada. —Se acabó por esta noche. —Se levantó, recogió los papeles y los metió de nuevo en la carpeta—. Pasará la noche aquí.
Donovan levantó la vista, curioso. Por primera vez, habló sin usar la frase de siempre. —¿Por qué?
Tomek apoyó una mano sobre la mesa y se inclinó hacia delante, imitando el gesto anterior del hombre. Su tono era firme, deliberado, ensayado como una frase en un tribunal.
—La ley nos permite retenerlo hasta veinticuatro horas, con una posible prórroga de hasta noventa y seis si lo consideramos necesario.
Y dado su historial, no creo que tengamos ningún problema con eso, ¿verdad?
—Se enderezó, deslizándose la carpeta bajo el brazo—.
Así que póngase cómodo, Donovan. Va a estar aquí bastante tiempo aún.