La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 48
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Capítulo 48

CAPÍTULO

CUARENTA Y OCHO

T omek irrumpió por las puertas del Fork and Spoon con tal fuerza que tropezó con el felpudo y entró tambaleándose en el pub.

El local estaba a reventar esa noche, con corrillos de gente acurrucada, hablando a voces, bebiendo, vitoreando y resguardándose del frío.

Las fiestas y reuniones de Navidad de las oficinas estaban en pleno apogeo.

Desde la última visita de Tomek, habían colgado finos hilos de espumillón en las ventanas y las luces de colores parpadeaban con intensidad.

Respiró hondo para serenarse y se abrió paso entre la multitud.

Unos cuantos clientes habituales levantaron la vista a su paso y le dedicaron poco más que una mirada de curiosidad antes de volver a sus pintas.

En la barra, Ian estaba secando un trozo húmedo con un paño, con su corpulenta figura tapada por la fila de surtidores de cerveza.

—¡Tomek, estás aquí!

—¿Dónde está?

Ian miró rápidamente a su alrededor y luego bajó la voz para igualar la urgencia de Tomek. —Lo siento, amigo. Has llegado tarde.

Tomek apretó la mandíbula. —¿Cuándo?

—Poco después de llamarte. Entró, se pidió una pinta, se la bebió bastante rápido y se fue.

—¿Le has servido tú?

—No he sido yo. Sandra estaba en la barra mientras yo estaba arriba. Ni siquiera me he dado cuenta de que estaba hasta que se marchaba.

A Tomek se le encogió el estómago. —¿En qué dirección?

—Ha salido por la puerta principal. Pero tenía el coche aparcado en el arcén como un completo gilipollas.

Los ojos de Tomek se abrieron, esperanzados. —¿La matrícula?

—¡Me he adelantado, amigo mío! —Ian se agachó y rebuscó bajo el mostrador antes de sacar un trozo de papel manchado de cerveza. Lo deslizó por la barra—. La he apuntado en cuanto la he visto.

Tomek lo cogió al vuelo y leyó la matrícula dos veces para memorizarla. Sacó el móvil del bolsillo y retrocedió, marcando el número de Chey mientras se abría paso a empujones para alejarse de la barra.

El agente contestó al segundo tono. —¿Sargento?

—Necesito una comprobación de ANPR inmediatamente —dijo Tomek, leyendo la matrícula garabateada en el papel—. BMW blanco, berlina.

—Recibido. Lo registro. ¿Quiere que avisemos también a las unidades de tráfico?

—Sí. Cualquiera que lo vea, que lo intercepte. Quiero que lo encuentren y lo traigan lo antes posible.

—Entendido. Difundo el aviso ahora mismo.

Ian enarcó una ceja desde detrás de la barra. —¿Una pinta?

Tomek examinó los grifos durante un largo instante antes de negar con la cabeza. —Mejor no. Solo una Coca-Cola esta noche, por favor, amigo. Tuve que rehipotecar la casa después de la última vez.

Ian se rio entre dientes mientras cogía un vaso de la estantería, lo llenaba de hielo, servía la bebida y se la deslizaba. Tomek lo cogió, dio un sorbo que le supo a metal y burbujas y se giró para mirar la sala. Los minutos se alargaban. No podía hacer otra cosa que esperar. Y esperar. Y esperar.

A su alrededor, grupos de hombres y mujeres de todas las edades estallaban en carcajadas, chocando los vasos y dándose palmadas en la espalda, ajenos a las realidades del mundo de Tomek.

Para ellos, el pub era un santuario, un lugar donde las preocupaciones se disolvían en alcohol y ruido, donde la mayor inquietud era a quién le tocaba pagar la siguiente ronda.

Para él, era algo completamente distinto.

Estaba entre ellos como el humo que se desliza entre los cuerpos: visible, pero inadvertido; presente, pero ausente.

Se fundió con el fondo, un hombre más con una copa en la mano, anónimo entre las voces y las risas.

Y, sin embargo, ninguno de ellos lo sabía.

Ninguno podía imaginar lo que significaba volver a salir por aquellas puertas a un mundo donde el peligro acechaba.

Donde cada rostro entre la multitud podía esconder un enemigo, donde cada teléfono que sonaba podía traer noticias de sangre y pérdida.

Su vida era un espejo partido por la mitad.

Por un lado, ordinaria, familiar, cálida; por el otro, afilada y astillada, una realidad que la mayoría de la gente nunca vería.

Los observó reír, sintiendo a la vez envidia y distancia. Ellos encajaban. Él no.

Cuando habían transcurrido treinta agónicos minutos, Tomek se había vuelto medio loco de tanto esperar. Tamborileaba con los dedos en la barra, con el hielo del vaso derretido por completo, cuando su móvil vibró en el bolsillo.

—¿Chey?

—Lo tenemos, sargento —dijo Chey, sin aliento, como si acabara de volver de correr—.

Una unidad de tráfico ha localizado el coche a las afueras de Grays, incorporándose a la M25, y le han dado el alto sin incidentes.

Ahora mismo está en la parte de atrás de un coche patrulla, de camino a Chafford Hundred.

Tomek se enderezó. El ruido del pub enmudeció de repente, como si alguien le hubiera quitado el sonido. —¿Estás seguro?

—Totalmente. El vehículo coincidía con la descripción, y él también. Tatuaje y todo.

Tomek exhaló lentamente. —Buen trabajo. Retenedlo allí. Voy de camino.

Terminó la llamada, se bebió de un trago lo que quedaba de su Coca-Cola y dejó el vaso vacío en la barra. Ian lo miró expectante.

—¿Y bien?

—Lo tenemos —dijo Tomek, dirigiéndose ya hacia la puerta—. Gracias, Ian.

—De nada. ¡Ahora me debes algo más que una pinta!