La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 47
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Capítulo 47

CAPÍTULO

CUARENTA Y SIETE

T omek no acababa de entender por qué Isobel Fox siempre se las apañaba para hacerle un hueco en el último momento.

Quizá comprendía que su trabajo le impedía comprometerse a citas con hora fija.

O tal vez pensaba que era un caso tan perdido que tenía que dejarlo todo y cambiar las citas de sus otros clientes para atenderlo en cuanto le era posible.

Fuera como fuese, le estaba agradecido por su tiempo.

Ahora, estaba sentada frente a él, con el bolígrafo suspendido sobre su cuaderno. Su mirada era firme; su postura, abierta, y su tono, tranquilo. Siempre lo ponía nervioso lo mucho que parecía percibir sin que él dijera apenas nada.

—Así que —dijo ella—, se siente perdido. Siente que esta persecución de Nathan lo ha consumido y que, a su vez, lo está aislando de su familia.

Él asintió, con un nudo en la garganta. —Es como si todo lo que hago, todo lo que digo, estuviera mal.

Siento que se me escapan de las manos. Sobre todo Kasia.

Es como si me mirara como si yo fuera… —Se interrumpió, buscando la palabra adecuada—.

Como si ya no fuera su padre. Solo este… desconocido en el que no puede confiar.

Isobel se inclinó hacia delante, juntando las manos con delicadeza.

—Tomek, necesito que me escuche bien cuando le digo esto: usted no es el problema.

El problema es Nathan. Es él quien ha invadido su vida y lo ha obligado a estar en esta situación imposible.

Es natural que el estrés le afecte, pero no es usted un mal padre. Es un padre que está siendo atacado.

Aquellas palabras lo golpearon más fuerte de lo que esperaba. —No lo parece —masculló—. Parece que estoy agravando el daño.

—Eso es porque se lo echa todo a la espalda —replicó ella—.

Sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero cuando esté con Kasia, hagan algo para distraerse.

Solo ustedes dos. Intente convencerse de que su vida no está controlada ni consumida por lo que haga Nathan Burrows.

Usted mismo ha dicho que lo más probable es que se haya escondido, lo que significa que, por el momento, la probabilidad de que él o sus socios se acerquen a usted y a Kasia es, ¿cómo diría? , ¿baja?

—Sí.

—Bien. Entonces quizá debería comportarse como si lo fuera.

No es sano vivir con un miedo o una paranoia constantes.

Vean una película o una serie. Hagan un puzle juntos o pónganse a colorear.

Preparen la cena, escuchen sus canciones favoritas.

Reconstruya ese vínculo con ella. Demuéstrele que su vida no va a ser así.

Tiene que demostrarle que pueden funcionar como un equipo incluso con todo lo demás que está pasando.

Lo ha hecho muy bien estos últimos meses. No puede echarlo a perder ahora.

Se removió, incómodo, en el asiento. —Suena más fácil decirlo que hacerlo.

—No es fácil —dijo ella, mientras una leve sonrisa asomaba a sus labios—. Pero es necesario. Y es una elección que solo usted puede tomar.

—Es que no puedo quitarme de encima la sensación de que sigue ahí fuera, en algún sitio, observándonos. Si no es él, es Charlie. Charlie sigue ahí fuera. Lo presiento.

Isobel asintió lentamente. —Hipervigilancia —dijo—. Es una respuesta al trauma perfectamente normal. Su cuerpo está en alerta máxima todo el tiempo, buscando el peligro. El problema es que no sabe cuándo dejar de buscar. Está viviendo en una zona de guerra que no existe.

Él tragó saliva. —Pero sí que existe. No está solo en mi cabeza. Él está ahí fuera… —Se le quebró la voz—. Charlie sigue ahí fuera.

—No digo que no haya una amenaza —respondió ella con amabilidad—.

Pero usted no puede controlar si él está ahí fuera o no.

Lo que sí puede controlar es qué parte de su mente le cede.

Porque ahora mismo, Nathan y Charlie están ocupando espacio en su cabeza, en su casa, en su tiempo con Kasia. Ya están ganando sin mover un dedo.

Tomek se miró las manos y empezó a juguetear con los dedos.

—La investigación está estancada. No tenemos nada.

No ha habido ningún avistamiento. Los forenses informáticos todavía están analizando el dispositivo que requisamos, pero no hay garantías.

Es como si se hubiera esfumado. Y cada día que pasa sin que lo atrapen, siento que le estoy fallando. Que les estoy fallando a todos.

La expresión de Isobel se suavizó. —Eso no es un fracaso, Tomek. Es frustración. Es dolor. Está haciendo lo que puede con lo que tiene. Nathan y Charlie eligieron esto. Ellos crearon esto. Usted está intentando proteger a su hija. Eso no es debilidad. Es valentía.

Siguió jugueteando con los dedos.

—Es humano. Tiene derecho a sentirse cansado. Tiene derecho a no tener todas las respuestas. —Hizo una pausa—. ¿Va a probar lo que le he sugerido?

Él asintió despacio. —Sí. Lo intentaré.

—Bien —dijo ella—. Un día cada vez. Eso es todo lo que buscamos ahora mismo. Ni la perfección, ni milagros. Solo el día de hoy.

Él asintió de nuevo, con la vista fija en el escritorio de ella, intentando imaginarse a sí mismo haciendo las cosas que le había descrito. Preparar la cena. Desconectar. Dejar que Kasia tuviera catorce años. Dejarse a sí mismo ser su padre.

Por primera vez en todo el día, sintió algo que podría haber sido alivio. O quizá solo era agotamiento. Se llevó consigo esa sensación al salir de la consulta y cruzar el aparcamiento. Mientras cerraba la puerta del coche a su espalda, aislándose del aire frío del exterior, sonó el móvil de Tomek.

Era Ian, del Fork and Spoon.

—No tendré una cuenta pendiente, ¿verdad? —preguntó Tomek.

—Lo siento, tío —empezó Ian, ignorando su comentario y pasando a algo totalmente distinto—. ¿Recuerdas que el otro día mencionaste a ese tipo al que perseguiste? ¿El tío calvo con el tatuaje de la lágrima?

—Sí.

—Pues estoy casi seguro de que acaba de entrar en el pub.