Capítulo 46
CAPÍTULO
CUARENTA Y SEIS
N athan y sus palabras le habían estado retumbando en la cabeza a Tomek toda la mañana.
Todo esto es cosa tuya, Tomek.
Ninguno de nosotros te necesita.
Eres un cáncer en esta familia, en la vida de esta gente.
Y vamos a extirparte.
Podía sentir que ya estaba ocurriendo. No había hablado ni había sabido nada de su madre, su padre o su hermano desde las discusiones.
Tenía la sensación de que Kasia empezaba a resentirse aún más con él; aquella mañana no habían cruzado palabra y estaba seguro de que se debía por completo a la resaca de la noche anterior.
Ella solo quería ser una adolescente normal, una típica chica de catorce años cuyas únicas preocupaciones fueran sus exámenes, sus amistades y sus relaciones.
No si su vida corría peligro por un hombre que atormentaba a su familia.
En ese frente, seguía sin haber rastro de Nathan.
No había testimonios ni avistamientos del BMW blanco en ningún lugar de Essex o Bristol.
Ningún rastro ni información en ninguno de sus dispositivos móviles registrados, incluido el número que le había llamado el otro día.
Nada. El hombre se había esfumado. Tomek supuso que, sin duda, se escondía en alguna parte, oculto y protegido por el hombre del tatuaje de lágrima.
O por Charlie.
Pero no se sentía completamente derrotado.
Nathan no podría esconderse para siempre.
Se había emitido una alerta en todos los puertos, así que cualquier intento de salir del país avisaría a la policía, y su cara estaba ahora por todo internet, gracias a una conversación previa con Nick y Victoria, que habían estado más que encantados de difundir su imagen en los canales de redes sociales de la Policía de Essex. Ahora era solo cuestión de tiempo.
Y de esperanza.
Sus esperanzas de atraparlo descansaban en dos cosas: la primera, que alguien del público viera al hombre del tatuaje de lágrima o al propio Nathan, y la segunda, que viniera del teléfono que él y Sean habían encontrado.
El único problema era que el equipo de informática forense tardaría en analizar por completo el dispositivo.
Incluso entonces, no había garantías de que obtuvieran resultados.
Tomek confiaba en que encontraran en él información de GPS, números móviles y datos de contacto de sus cómplices: información que pudieran rastrear y usar para localizar el paradero de Nathan.
Pero hasta que llegara ese momento, era un juego de espera, un tiempo que permitía a Tomek seguir reproduciendo en su mente las palabras de Nathan.
Un tiempo que dejaba que el ruido en su cabeza supurara, se amplificara, creciera hasta no oír nada más.
Un tiempo que le permitía pensar en la única manera de olvidarlo: alcohol y Abigail.
Las dos aes.
Estaba sentado en su mesa, inclinado hacia delante, con la barbilla apoyada en las manos, mirando fijamente la pantalla del ordenador sin absorber nada de lo que tenía delante, mientras villancicos se desgranaban de la radio del rincón de la oficina, brillantes y metálicos contra la mañana gris y tristona con la Navidad a la vuelta de la esquina.
Por lo general, le habrían irritado, pero aquella mañana apenas los oía. Tenía la cabeza en otra parte.
Por el rabillo del ojo vio abrirse la puerta de la oficina, y la detective Nadia Chakrabarti entró.
Una bocanada de aire frío la siguió, cambiando el ambiente de la sala.
El resto del equipo se fijó en ella, saltando de sus asientos para apiñarse en torno a la mujer, que estaba de baja por maternidad.
Los gritos de bienvenida y el bullicio creciente sacaron a Tomek de su ensimismamiento, pero se quedó exactamente donde estaba.
No se movió; simplemente volvió a fijar la mirada en la pantalla del ordenador, entrando y saliendo de su sopor.
No fue hasta unos minutos después, cuando terminó los saludos y las charlas con el resto del equipo, que se acercó a él. Lo primero que notó fue el abrumador olor de su perfume.
—¿Y esto qué es, entonces? —preguntó—. ¿No hay comité de bienvenida? ¿Me haces dejar lo mejor para el final?
Tomek alzó la vista hacia ella, se levantó de la silla y la abrazó. —Perdona. Estaba en Babia.
—Se nota. Y por lo que me cuentan, parece que no das abasto.
—Es una manera de decirlo.
—Vale. Pues basta de hablar de trabajo… ¿qué hacéis tú y Kasia este fin de semana? Fiesta de Navidad en mi casa.
Tomek abrió la boca para responder, pero no salió nada.
—El sábado. Sobre las cinco…
—Nads…
—Ya sé que es con poco margen, pero los críos habrán terminado el trimestre por las vacaciones de Navidad, y…
—Nads…
—Esta vez no va a ser de disfraces, así que no tienes que preocuparte por encontrar a última hora un traje o un disfraz. Entonces, ¿qué…?
—No quiero ir.
La respuesta fue más brusca de lo que pretendía, pero era la única forma de hacer que parara.
—Oh… —repitió, dolida.
—Perdona, no quería que sonara así. Pero no. Quería decir que no puedo ir. No podemos ir. Estamos liados.
—Oh. —El dolor en su voz se reflejó en su cara—. Está bien. Da igual. Quizá el año que viene.
Se dio la vuelta con brusquedad y se fue antes de que él tuviera ocasión de detenerla.
—Nads, no quería decirlo así. —Pero ella no se paró. No miró atrás. Siguió andando, reincorporándose a la conversación con el resto del equipo.
Tomek se dejó caer en la silla y se quedó allí un buen rato, mirando fijamente un punto en su mesa. Increíble. Otra persona a la que acababa de apartar, molesta sin querer. ¿Cuánto tardaría en ver la cara de Nadia aparecer en un sueño? ¿Quién sería la siguiente? ¿Chey? ¿Rachel? ¿Nick?
No quería pensarlo. Mientras estaba sentado, alzó la vista por encima del monitor. Nadia estaba con el resto del equipo. Todos, incluidos Nick y Victoria. Todos menos él.
Era el bicho raro. Se había autoexcluido del grupo.
Cogiéndose el móvil de la mesa, salió hecho una furia y se dirigió a uno de los despachos pequeños del pasillo. Al cerrar la puerta detrás de sí, buscó el número que había estado evitando, el pulgar suspendido antes de pulsar.
Sonó una vez. Dos.
Apretó el teléfono con fuerza contra la oreja, mientras la otra mano se cerraba en un puño sobre la mesa.
—Oficina de Isobel Fox, le atiende Patricia. ¿En qué puedo ayudarle?