Capítulo 44
CAPÍTULO
CUARENTA Y CUATRO
L as cosas no iban según lo planeado. No era tan ingenuo como para pensar que sería fácil o que avanzaría sin contratiempos ni baches por el camino, pero algunos de los hilos que intentaba mantener sujetos se le estaban escapando de entre los dedos.
Tomek y el resto de su equipo de cabrones lo habían relacionado de alguna manera con Mason Alexander.
Se suponía que nadie encontraría los huesos de Mason.
Debían permanecer ocultos por toda la eternidad, era su pequeño secreto.
¿Habían cometido un error? ¿Lo habían enterrado en un lugar fácil de encontrar?
Seguro que no; de lo contrario, lo habrían descubierto antes y la policía se habría asegurado de que nunca saliera de la cárcel.
Pero entonces, ¿por qué habían reaparecido justo ahora?
¿De verdad había sido el tiempo, como sugería el artículo? El momento era de todo menos ideal.
Mason había sido el primero. Su prueba. Su oportunidad de dar rienda suelta a los deseos de los que habían hablado con tanta frecuencia.
Susurros nocturnos en los rincones del patio, trozos de papel pasados en clave por el aula.
Ese tipo de fantasías les habrían valido a ambos un periodo de aislamiento y una charla con la policía o con el terapeuta local si los hubieran oído.
Mason Alexander no había sido más que una oportunidad.
Un cuerpo con el que practicar. Una prueba de concepto.
Cuando terminaron, lo ocultaron, ambos obligados a guardar silencio, emocionados por su primera creación real.
No estaba previsto que lo desenterraran.
Habían elegido su tumba con cuidado, la habían cavado honda y bien definida.
Habían borrado sus huellas. Debería haber permanecido en el olvido.
Pero ahora, de alguna manera, Mason había vuelto a salir a la luz, arrastrando consigo el nombre de Nathan.
Nathan recorría la vieja casa de un extremo a otro. Las tablas del suelo bajo sus zapatillas crujían a cada paso. El teléfono en su bolsillo le quemaba contra el muslo hasta que lo sacó y marcó el número de Donovan.
—Don.
Una pausa seguida de un gruñido de reconocimiento al otro lado.
—Se ha liado parda. Tengo que pasar desapercibido un tiempo —dijo Nathan, volviéndose hacia la ventana cubierta con una cortina y atisbando por una rendija la calle vacía—. Las cosas están tomando un rumbo diferente e inesperado y, por ahora, no nos pueden ver juntos.
—¿Y qué pasa con todo lo demás?
—Está bien. Sigue en marcha. Pero… se retrasa. Tengo que hacer otra llamada después de esta. Mientras tanto, voy a necesitar un favor.
—Lo que sea.
—El teléfono. Mi ropa. En la casa. Necesito que los cojas por mí.
Silencio, y luego una exhalación grave. —Eso es arriesgado.
—También lo es dejarlos donde están —replicó Nathan—. No pueden encontrar nada. Los coges y los pones a buen recaudo. Ese es tu trabajo. ¿Entendido?
—Pero el coche… Necesito mantenerlo oculto después de la última vez. Además, creo que las chicas lo han visto esta noche. O puede que lo hayan grabado las cámaras de seguridad de fuera de esa tienda.
Nathan suspiró profundamente. —¿No has cambiado las matrículas como te dije?
—Solo tengo un número limitado.
—Pues cámbialas otra vez. Es así de simple.
Otro suspiro, seguido del murmullo de Donovan: —Vale. De acuerdo. Iré. Pero no esta noche. Tengo que esperar a que se calme todo.
Nathan cerró los ojos y se pellizcó el puente de la nariz, intentando calmar el ardor que le bullía bajo la piel. Si Donovan cumplía su parte, aún podrían mantener el juego en marcha.
Pero no podían permitirse ningún error.