La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 42
58%

Capítulo 42

CAPÍTULO

CUARENTA Y DOS

V olvían a casa arrastrando los pies, apiñadas para resguardarse del viento, que amenazaba con arrancarles los abrigos de no ser por el peso de las mochilas.

—No creo que vuelvan a ser amigas nunca —cotilleó Sophia mientras doblaban la esquina, subiendo por la calle en dirección a su casa—. Tendrías que haber oído algunas de las cosas que me dijo el otro día en Geografía…

Entonces Kasia se detuvo.

Un BMW blanco las había adelantado despacio y se había detenido bajo una farola unos metros más adelante. La calle pareció contener el aliento. Kasia también.

—¿Kasia? —preguntó Sophia—. ¿Qué pasa? —Su amiga siguió su mirada hasta que esta se posó en el coche—. ¿Qué ocurre?

—Es que… Es solo que… —El cerebro y el cuerpo se le paralizaron, clavada en el sitio por el miedo. Pero entonces algo cambió en su interior cuando vio que la ventanilla bajaba y asomaba la coronilla de una cabeza calva.

—¡Corred!

No se lo pensaron. Sus cuerpos reaccionaron antes de que sus cerebros pudieran procesarlo.

En cuanto Kasia ladró la orden, sus piernas las llevaron hacia delante, machacando la acera con zancadas torpes y desesperadas.

Las mochilas les golpeaban los costados y les tiraban de los hombros, frenándolas, pero el miedo las impulsaba hacia delante.

El aire de la tarde era cortante y les arañaba la garganta con cada bocanada. El chapoteo de los zapatos colegiales contra el asfalto mojado resonaba con fuerza en el silencio de la calle. Casi con demasiada fuerza, como si cada paso anunciara su ubicación al hombre que estaba al volante.

—No mires atrás —siseó Kasia, aunque ella misma no pudo resistir la tentación de echar un vistazo por encima del hombro.

La puerta del coche no se había abierto.

El motor no se había encendido. Pero la sombra en el asiento del conductor seguía allí, observando, con la cabeza lo justo inclinada como para clavarle una aguja de hielo en mitad del pecho.

La mano de Sophia rozó la suya mientras corrían, un apretón rápido y aterrorizado que decía más de lo que podrían expresar las palabras.

Estaban juntas en esto, unidas por el miedo.

Amigas hasta el final. A Kasia le ardían los músculos, las rodillas le gritaban, pero la adrenalina mitigaba el dolor.

Las casas a ambos lados se cernían sobre ellas, familiares y a la vez extrañas, sus ventanas a oscuras como ojos cerrados que se negaban a ayudar.

—Ya casi llegamos —jadeó Sophia con voz temblorosa.

Kasia asintió, aunque su mente gritaba no, no, no . No estaban a salvo. Todavía no.

Entonces Sophia se desvió, dispuesta a meterse en el camino que llevaba a la puerta de su casa.

Pero Kasia le dio un tirón brusco del brazo, haciéndola volver y casi provocando que ambas cayeran al suelo.

—¡No! No puedes entrar ahí. Sabrá dónde vives.

Tenemos que ir al badulaque. Tiene cámaras. Hay gente. No podemos ir a casa.

Los ojos de Sophia se abrieron como platos, vidriosos bajo la luz amarilla de la farola. Pero Kasia no la soltó. Arrastró a su amiga hacia delante, lejos de la casa, lejos del coche que seguía esperando bajo la farola como una araña en su tela.

Sus pies chapotearon en un charco, salpicando de agua sucia sus medias, y entonces el resplandor de neón del badulaque apareció más adelante, un faro de salvación.

—Vamos —resolló Kasia y, juntas, entraron por la puerta. El zumbador que había sobre ellas anunció su llegada.

La tienda era pequeña; cada superficie estaba ocupada por un surtido de productos.

Las estanterías rebosaban de paquetes de patatas fritas, botes de caramelos y latas apiladas de tres en tres.

Hileras de refrescos en botellas de plástico captaban la luz del fluorescente que zumbaba en el techo.

Detrás del mostrador, unas pantallas de metacrilato arañadas y opacas encerraban al tendero como en una jaula, con su taburete metido bajo una pared empapelada con carteles de crédito telefónico barato, botes de lotería y octavillas de gatos perdidos.

Allí el aire era más cálido, más denso, pero sus cuerpos seguían temblando y respiraban de forma entrecortada por la carrera.

Kasia sentía el pulso retumbándole en la base de la garganta, tan rápido y fuerte que le daban ganas de vomitar.

Acercó a Sophia, sus hombros apretados, como si pudieran esconderse la una en la otra.

El tendero, un hombre enjuto de unos cincuenta años con ojos cansados y coronilla calva, se inclinó hacia delante, observándolas con los ojos entornados a través del metacrilato arañado. Su voz sonó monótona y ensayada, como si fuera una frase que repetía todos los días.

—Solo un escolar a la vez.

Kasia parpadeó, con el pecho todavía subiéndole y bajándole y el sudor enfriándosele en la piel. —¿Cómo?

Él señaló con el dedo el letrero pegado en la pantalla: NO SE PERMITE LA ENTRADA DE MÁS DE 1 ESCOLAR A LA VEZ.

—Son las normas de la tienda. No puedo dejar que entren pandillas. Dan demasiados problemas.

Sophia gimoteó, un sonido diminuto que sacó a Kasia de su aturdimiento. Dio un paso al frente y apoyó las palmas en el mostrador.

—Por favor. No lo entiende. No hemos venido a comprar nada. Es que… —se le quebró la voz. Se aclaró la garganta, forzándose a hablar con más fuerza y firmeza—. Hay un coche fuera. Con un hombre dentro. Nos ha seguido. No podemos ir a casa. Todavía no.

La mirada del hombre pasó por encima de ella, hacia el escaparate, donde la calle oscura se apretaba contra el cristal. Apretó los labios.

—Nos quedaremos aquí mismo, ¿vale? —dijo Kasia rápidamente, desesperada—. No tocaremos nada. Solo déjenos quedarnos. Por favor.

Su mano bajó, buscando a ciegas la de Sophia, y se la apretó con tanta fuerza que les dolieron los nudillos.

Sophia se pegó más a ella, con los ojos fijos en la puerta.

El tendero suspiró y luego murmuró algo en voz baja en un idioma que Kasia no entendió.

Finalmente, asintió bruscamente hacia la esquina del fondo, entre un congelador lleno de comida y una estantería de artículos en liquidación.

—Ahí. Podéis poneros ahí. Pero no estorbéis.

El alivio invadió a Kasia. Tiró de Sophia hacia la esquina, con el móvil ya en la otra mano y el pulgar tembloroso mientras buscaba el número de su padre.

—¿Diga? —La voz de Tomek sonaba ahogada, cargada de agotamiento.

—Papá —soltó Kasia—. Es él. Le hemos visto. El hombre del tatuaje. En el BMW blanco.

—¿Estás segura?

—Creo que sí.

—¿Dónde estáis?

—En la tienda de la esquina de casa de Sophia.

Al otro lado de la línea, silencio. Luego su voz regresó, baja y controlada. —Vale. Escúchame. Quédate dentro de la tienda. No te muevas. ¿Estás con Sophia?

—Sí —susurró ella.

—Bien. No os separéis. Sentaos donde os puedan ver las cámaras. No os vayáis hasta que yo os lo diga. Ahora mismo estoy en la autovía. Llamaré al equipo. Uno de ellos irá a por vosotras. ¿Entendido? No vayas a ninguna parte sola.

Kasia asintió. —No he podido coger la matrícula. Lo he intentado, pero… no la veía. Estaba muy oscuro. Y ahora… —Miró hacia el escaparate de la tienda, con el corazón martilleándole—. Creo que se ha ido.

—No pasa nada. Has hecho lo correcto. Si el coche vuelve, no hagas nada hasta que llegue alguien del equipo.

Kasia tragó saliva, pero tenía la garganta seca. —Pero, papá, ¿y si él…?

—Alguien del equipo llegará antes que yo. No os mováis de ahí. ¿Me oyes?

Los dedos se le agarrotaron de tanto apretar el móvil, pero volvió a asentir. —Te oigo.

—Buena chica —dijo Tomek, ahora más bajo, como si esas dos palabras fueran todo lo que podía darle a través de los kilómetros que los separaban—. Mantén la línea abierta si lo necesitas. Iré llamando para ver cómo estáis hasta que lleguen.