Capítulo 41
CAPÍTULO
CUARENTA Y UNO
A la mañana siguiente, entraron con cautela en el apartamento, como si se asomaran a la cómoda de otra persona, un espacio lleno de secretos sórdidos que uno no debería examinar.
Sus trajes forenses crujían con cada movimiento.
La luz del pasillo se proyectaba sobre un sofá viejo y un hervidor de agua descascarillado sobre los fogones.
Era un apartamento de un dormitorio, modesto y destartalado, del tipo que cabría esperar de alguien recién salido de la cárcel con poco o nada a su nombre.
Tomek mantenía las manos a los costados, con las mangas pulcramente estiradas sobre los guantes y el aliento empañándole la mascarilla.
Lydia, la trabajadora social, se quedó en el umbral con una pequeña tablilla con papeles, mientras el técnico de la científica que estaba a su lado fotografiaba meticulosamente todo.
Pasaron al dormitorio de Nathan Burrows: el lugar donde había dormido, donde había disfrutado de noches placenteras y donde posiblemente se había quedado despierto, urdiendo sus planes.
La cama estaba limpia y hecha con una sencilla funda nórdica.
La mesilla de noche estaba vacía, a excepción de una pequeña lámpara y un cargador de móvil sobre la superficie.
Tomek se acercó al armario y lo abrió, sintiéndose extraño e incómodo al escudriñar la vida del hombre que había matado a su hermano.
Le pareció una invasión de la privacidad, una de muy mal gusto.
Debería haberse sentido exultante, enardecido.
Y, sin embargo, en el fondo de su mente, la revelación de Abigail de la noche anterior se repetía como un disco rayado.
A estas alturas ya habrían retirado el artículo, pero, para él, el daño ya estaba hecho.
Era muy posible que Nathan ya lo hubiera visto.
Tomek se centró en los objetos del armario.
Para su sorpresa, estaba lleno de marcas de diseño y una amplia variedad de prendas: desde abrigos y plumíferos hasta sudaderas y camisetas.
La cantidad de conjuntos habría durado al menos dos meses, una cantidad excesiva de ropa para un hombre que llevaba menos de dos semanas fuera de la cárcel.
—¿Cómo se ha podido permitir todo esto? —preguntó Tomek.
Lydia se frotó los dedos contra la tablilla; su expresión cansada sugería que su trabajo le restaba a su vida algo más que las horas trabajadas.
—Recibía pagos del Universal Credit, junto con algo de dinero de emergencia para la vivienda mientras estaba en el programa de reinserción.
Pero eso no explica las zapatillas nuevas y la ropa de marca —respondió, señalando los artículos que tenían delante—.
Me dijo que había estado yendo a tiendas benéficas o comprando cosas de segunda mano en eBay.
Pero no sé cómo consiguió las prendas de más valor.
—La mirada de Lydia se dirigió a Tomek a modo de disculpa—.
Puedo solicitar otra comprobación financiera, preguntar en la oficina de vivienda, pero, después de treinta años encerrado, la gente encuentra la manera.
Vaciaron cajones, pusieron del revés los bolsillos de abrigos y pantalones, y miraron debajo del colchón.
El técnico de la científica sacudió una bolsa de plástico maltrecha y la sostuvo a contraluz; no había nada de verdadera utilidad: solo un par de recibos, un folleto doblado de una oficina de empleo y un Metro vacío doblado en una esquina.
Fotografiaron, embolsaron y etiquetaron cada artículo de forma lenta y meticulosa: tarjetas numeradas, bolsas de pruebas, una firma debajo de cada una.
Pero nada proporcionó una pista, ninguna dirección, ningún contacto garabateado. Ni tarjetas SIM. Ni notas.
No había dejado nada.
A Tomek se le encogió el estómago. ¿Había sido todo una pérdida de tiempo?
¿De verdad habían cruzado el país para no encontrar nada?
No creía que Nathan hubiera dejado la casa completamente vacía.
Este era su espacio seguro, oculto de las miradas indiscretas.
Para Tomek y el resto de la población general, era invisible.
Solo unos pocos elegidos conocían su dirección e identidad.
Habría confiado en este espacio y se habría sentido lo bastante seguro como para esconder algo entre sus paredes.
¿Qué exactamente? Tomek no lo sabía. Una libreta.
Una carta. Una agenda. Un teléfono. Un ordenador.
Algo que enumerara los nombres y direcciones de sus confidentes más cercanos, tal vez.
Tomek se detuvo un momento para ponerse en la piel de Nathan.
El hombre había pasado cada día entre las mismas cuatro paredes durante los últimos treinta años, viviendo en una celda.
Estaría emocionado, encantado de experimentar por fin el aire fresco y la libertad.
Pero también sería precavido, un comportamiento profundamente arraigado aprendido ante la amenaza de que los presos rivales intentaran robarle sus posesiones.
—¿Dónde esconderías algo si acabaras de salir de la cárcel? —dijo en voz alta, más para sí mismo que para nadie.
Sean se encogió de hombros. —¿Debajo de las tablas del suelo? ¿Dentro del colchón? ¿Fondos falsos? —le dio una patada a la base del somier.
—No —dijo Tomek—. Eso no es a lo que está acostumbrado. No le resulta familiar. Tiene que ser en un lugar en el que confíe, un lugar seguro, un lugar que sepa que funcionará.
Sean resopló, medio divertido. —De acuerdo, Sherlock. Y ¿dónde está ese lugar seguro, entonces?
Los ojos de Tomek recorrieron de nuevo la habitación: la cama pulcra, el armario abarrotado de ropa, la mesilla de noche desnuda.
Todo parecía demasiado ordenado, demasiado corriente.
Nathan no era estúpido; había aprendido a vivir en un lugar donde cada centímetro cuadrado importaba, donde la supervivencia significaba saber con precisión qué era tuyo y dónde estaba guardado.
Imaginó a Nathan en su celda: el somier de metal, la única estantería, el inodoro atornillado en la esquina.
El inodoro. Siempre ahí. Siempre parte de su mundo, siempre pasado por alto. Un hombre pasa tres décadas al lado de uno; llega a confiar en él.
Tomek se giró hacia el pasillo. —La cisterna —dijo sin rodeos.
Lydia frunció el ceño. —¿La cisterna del váter?
—Sí. —La voz de Tomek se agudizó—. Es exactamente lo que él conocería. Accesible, privado. El agua oculta el olor, amortigua el sonido. Ahí es donde se esconde el contrabando. Para él es un acto reflejo.
Por un momento, nadie se movió. Entonces, el técnico de la científica asintió y se dirigió al cuarto de baño.
El espacio era estrecho, alicatado en un gris apagado, con manchas de moho negro creciendo en las esquinas del techo.
El inodoro estaba pegado a la pared, su cisterna coronada por una pesada tapa de cerámica.
Tomek se quedó atrás, con las manos fuertemente apretadas dentro de los guantes.
El técnico de la científica sacó un par de fotografías, capturándolo desde diferentes ángulos, luego deslizó sus dedos enguantados bajo la tapa y la levantó con lenta precisión.
El agua chapoteó suavemente dentro del tanque; el sonido resultó extrañamente fuerte en la abarrotada habitación.
Por un momento, pareció vacía, solo agua manchada de cal y el flotador subiendo y bajando lánguidamente.
Tomek sintió que el pecho se le oprimía.
Entonces, el técnico metió la mano en la esquina, apartando el flotador.
Cuando la sacó, sostenía una bolsa de plástico transparente, arrugada pero intacta.
Dentro, aplastado contra el plástico, había un teléfono móvil.
—Pues ahí lo tiene… —murmuró el técnico.
La habitación pareció encogerse a su alrededor. Tomek se acercó, con la mirada fija en la bolsa. Era un terminal moderno, delgado y negro, envuelto dos veces en polietileno para mantenerlo alejado del agua.
—Fotografíelo. Séllelo —ordenó Tomek—. Tiene que ir a análisis forense digital. Nos lo llevaremos a Essex para poder revisarlo nosotros.
El técnico de la científica asintió, trabajando con silenciosa eficacia.
Más fotos: el teléfono in situ , la bolsa en las palmas enguantadas, las manchas de agua en la cerámica.
Luego, a una nueva bolsa de pruebas, cerrada con cremallera y sellada con una etiqueta de pruebas. Firmada, fechada, registrada.
Tomek observó cada paso, con el corazón desbocado.
Ya estaba. La prueba. O al menos, la posibilidad de que lo fuera.
Contactos, registros de llamadas, un rastro de migas de pan que llevara a quienquiera que Nathan hubiera estado contactando.
Quizá incluso un registro de dónde se había alojado mientras estaba en Essex, si es que se había alojado en algún sitio.
Y quizá una pista sobre la verdadera identidad de Charlie.