Capítulo 40
CAPÍTULO
CUARENTA
E l Horse’s Head era el típico pub donde te encontrarías a la gente que suelen arrestar los viernes o sábados por la noche: adolescentes menores de edad que se colaban con carnés falsos; borrachos y degenerados a los que pillaban meando en la calle, ajenos a lo que los rodeaba; y hombres de mediana edad que ya deberían tener dos dedos de frente, que pasaban demasiado tiempo en los baños de hombres esnifando en las cisternas y dejando que la combinación de adrenalina, alcohol y drogas duras se les subiera a la cabeza, provocando peleas por nada más que una mirada de reojo.
Era un auténtico crisol del género masculino.
A pesar de que la prohibición de fumar en interiores llevaba casi veinte años en vigor, el Horse’s Head todavía apestaba a tabaco, como si se hubiera impregnado en el tejido mismo de los cojines, las alfombras y las cortinas.
Sin embargo, en medio de los diversos aspectos desagradables, Tomek se sentía extrañamente seguro y en paz, como si conociera a todo el mundo y hubiera sido amigo de todos durante décadas.
De vez en cuando, algún cliente le echaba un vistazo, mirándolo con recelo antes de preguntar si lo conocían de algo.
Cada vez, él les seguía la corriente en broma, fingiendo ser su antiguo vecino, un excompañero de trabajo o alguien que una vez salió con la prima de la hermana de su amigo, solo por echarse unas risas.
—Sabes que te van a dar una paliza si sigues haciendo eso —dijo Sean, llegando con dos bebidas nuevas.
—Por eso te he traído conmigo —respondió Tomek, dando ya un sorbo.
Sean dio un trago largo, se limpió la boca con el dorso de la mano y le dedicó una sonrisa a Tomek. —Sí, bueno —dijo, acomodándose en el reservado y dando un golpecito a su vaso—. Si yo soy el músculo, no creas que eso te convierte a ti en el guapo.
Tomek abrió la boca para protestar, pero se detuvo cuando un hombre que estaba en la barra, una de esas caras que encajaban en el pub, se acercó.
Era ancho de hombros, con la piel quemada por el sol de demasiados veranos subido a tejados u obras, y mascaba chicle.
Se detuvo junto a su mesa y le lanzó a Sean una larga mirada de evaluación.
—¿Todo bien, Tel?
Sean parpadeó. —¿Quién eres?
—Soy yo. Gary. No me digas que vas a fingir que no te acuerdas. —Le dio un golpecito en el pecho a Sean con un dedo grueso—. Trabajamos juntos en los pisos de Riverside. Allá por, ¿qué?, el 2009. Siempre llegabas tarde, siempre escaqueándote para fumar.
La cara de Sean se iluminó con un reconocimiento teatral. Dio una palmada en la mesa, se levantó de un salto y envolvió a Gary en un abrazo. —¡Gary, cabronazo! Claro que me acuerdo. Riverside, sí, sí. Joder, ese trabajo casi me mata.
Gary sonrió, relajando los hombros. —Ya me parecía. Sabía que eras tú. Aunque tienes un aspecto algo distinto. Con algún kilito de más.
Sean se palmeó el estómago con falso orgullo. —La buena vida, colega. Demasiada comida para llevar y poco trabajo para quemarla.
Gary hinchó el pecho. —¿Cómo está tu madre? ¿Sigue con el puesto en el mercadillo?
—Sí, sigue ahí los sábados. Es una tía dura; no parará hasta caer rendida.
—Y tu hermano… Kev, ¿no? —añadió Gary con naturalidad—. La última vez que lo vi, estaba empeñado en comprarse la puta caravana.
Sean soltó una carcajada. —¡Sí! Al final lo hizo. La plantó en Clacton y pasa todos los veranos allí con los niños. No para de hablar de la brisa marina.
Gary negó con la cabeza, sonriendo como si fuera una vieja broma que compartían. —El Kev de siempre. —Se apoyó en la mesa y por fin se fijó en Tomek, que observaba el intercambio con discreta diversión—. Y bueno, ¿a qué te dedicas ahora, Tel? ¿Sigues en la obra?
Sean se encogió de hombros, recostándose con despreocupación. —Qué va, haciendo el vago. Poca cosa. Chapuzas aquí y allá. La vida ociosa, ¿eh?
Gary asintió con aprobación, como si ese fuera el sueño. —Suena bien. Pues me alegro por ti. No te pierdas, ¿vale? A lo mejor nos vemos por el mercadillo.
—Cuenta con ello —dijo Sean, dándole una palmada amistosa en la espalda antes de que Gary por fin se marchara.
Sean volvió a deslizarse en el reservado, cogió su bebida y dio un sorbo con aire de suficiencia.
Tomek enarcó una ceja. —¿Ahora a quién le van a dar una paliza?
Dejando el vaso sobre la mesa, Sean dijo: —No sé de qué me hablas, colega. Gary y yo nos conocemos de toda la vida.
—Sí, claro.
El ruido del pub volvió a envolverlos, el golpe de un dardo en la diana, las risas demasiado entusiastas. El móvil de Tomek vibró sobre la mesa, rompiendo la atmósfera. Miró el aparato, con el pulgar suspendido, y luego lo desbloqueó.
—¿Diga? —dijo.
_—Buenas noches, desconocido —dijo Abigail en tono coqueto—. ¿Dónde estás? Pensé que podíamos quedar.
—En Bristol —respondió Tomek, demasiado rápido. Sintió la mirada preocupada de Sean—. Por trabajo.
Al otro lado se oyó un suspiro suave y decepcionado. —Quería verte. Pensé que te apetecería tomar la última copa. Te echo de menos, Tom.
Apretó los labios. —Yo… Esta noche no.
—¿Has dejado a Kasia sola? —insistió Abigail.
Los ojos de Tomek se desviaron hacia Sean, que lo miraba fijamente. —Está en casa de una amiga.
—Vale. —La voz de Abigail se suavizó—. Bueno, quizá cuando vuelvas…
—Sí —dijo él, sin comprometerse. La mirada de Sean se intensificó—. Ya te diré algo. Ahora mismo estoy muy ocupado.
—Claro —espetó ella, con un tono que se volvió frío al instante—. Ya veo… Bueno, pues ya nos veremos.
Justo cuando Tomek iba a colgar, ella dijo: —¿Estás en Bristol por los huesos o por Nathan?
—Por ambos.
—¿Puedo sacar algo para el artículo de mañana? Aún nos quedan unas horas hasta el cierre de la edición.
Tomek negó con la cabeza. —Lo siento, todavía no puedo. Es demasiado pronto. Y te agradecería que no dijeras nada sobre la conexión de Nathan con los huesos. Quiero mantenerlo fuera de los medios por ahora.
—Oh…
—¿Qué?
Hubo una pausa cargada de significado. —Hay… hay algo que deberías saber.
El cuerpo de Tomek se tensó. No le gustaba por dónde iba. —¿Abigail, qué has hecho?
—Necesitaba presentar algo, así que escribí que los huesos del chico se estaban investigando en relación con otro asesinato de la misma época.
A Tomek se le hizo un nudo en la garganta. —¿Qué quieres decir? ¿Has mencionado a mi hermano?
—No.
—¿Y a Nathan?
—No.
Eso fue un alivio. Pero no importaba. Si Nathan veía la noticia, sería lo bastante listo como para atar cabos.
—Quítalo —ordenó—. Quítalo ahora mismo.
—No puedo.
—¿Por qué no? Has dicho que teníais un par de horas antes de la fecha de cierre.
Otra pausa. —Esa es la fecha de cierre para la edición impresa. La digital es instantánea. Ya está publicado.
Tomek apretó el móvil con fuerza, imaginando que era el cuello de ella. En ese momento, podría haberla estrangulado.
—¿Estás de broma?
—Lo siento, Tomek.
—Tienes que quitarlo. Bórralo. Y no publiques nada más sobre Mason Alexander, Nathan Burrows o mi hermano. No hace falta que me llames cuando lo hayas hecho. Limítate a hacerlo.
Tomek colgó y golpeó el móvil contra la mesa, maldiciendo en voz baja.
La rabia lo invadió y tuvo ganas de volcar la mesa y tirar los vasos al suelo.
Lo había utilizado. Una vez más. Había mostrado su verdadera cara.
Le había tendido la mano para conseguir una exclusiva sobre la investigación, y él había picado.
Con el anzuelo.
El sedal.
Y el plomo.
—¿A qué coño ha venido todo eso? —preguntó Sean, aunque su expresión sugería que ya lo sabía; solo quería hacer que Tomek sufriera explicándose—. No era quien creo que era, ¿verdad?
—Sabes perfectamente quién era.
—¿Qué ha hecho?
Tomek le explicó a su amigo la última parte de la conversación. Sean siseó entre dientes mientras se recostaba en la silla, negando con la cabeza decepcionado.
—Por Dios, colega. ¿Cómo coño ha pasado eso? Para empezar, ¿cómo se enteró de esa información?
Tomek bajó la mirada. No podía mirar a su amigo a los ojos.
—Oh, Tomek… No lo hiciste, ¿verdad?
—Sí, lo hice.
Otro bufido escapó de los labios de Sean. —¿Cuándo? ¿Cómo? —Justo cuando Tomek abría la boca para responder, Sean lo interrumpió—. En realidad, no, no respondas a eso. Lo único que quiero saber es ¿ por qué ? ¿Por qué coño has vuelto a caer? Después de todo.
Tomek dejó caer los hombros y empezó a juguetear con la cerveza que tenía en la mano. —Fue un momento de debilidad. Yo… no he estado pensando con claridad. Me pilló en un mal momento.
—Así es como funciona ella, colega. Es como un vampiro, te chupa la vida. No puedes volver con ella ahora. ¿Te das cuenta? Después de lo que acaba de hacer… ¿Y si ha arruinado toda la investigación?
Tomek no quería pensar en eso. En su lugar, se terminó la cerveza, miró el vaso vacío y decidió que quería ahogar sus penas durante el resto de la noche.
Ya no había nada que pudiera hacer. Al menos, estaba en el lugar adecuado.
Bristol. Mejor estar allí, buscando en el último lugar conocido de Nathan, que persiguiendo a su fantasma por las calles de Southend.
Dejó la pinta sobre la mesa y se levantó de la silla. —¿Otra?