La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 39
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Capítulo 39

CAPÍTULO

TREINTA Y NUEVE

— N o voy a ir —espetó Kasia con voz cortante, con la terquedad típica de una adolescente.

Tomek permaneció sentado en el borde de la cama, intentando disimular su irritación.

Había ensayado la conversación mentalmente, pero ahora que estaba teniendo lugar, cada palabra le parecía más pesada y difícil de lo que había previsto.

—Kasia, escúchame. No es un viaje por que sí.

Ha surgido algo en el trabajo relacionado con Nathan y tenemos que ir a Bristol para arreglarlo.

—¿Y por qué tú?

—Porque… —Ladeó la cabeza—. Venga, Kash. Sabes por qué. Es importante.

Ella frunció el ceño. —Importante para ti. Para mí no. —Apartó la cara y se quedó mirando la pared en lugar de a él—. Solo quiero que todo se pare. Quiero que todo desaparezca. Quiero ser una adolescente normal, papá.

A Tomek le costó tragar saliva. —Lo sé —dijo en voz baja—. Sé que quieres. Yo también lo quiero. Más que nada en el mundo. Precisamente por eso te necesito conmigo.

—¿Así que tu solución es sacarme del instituto y arrastrarme por todo el país?

Se frotó la frente. —Nos han dado una dirección.

Es todo lo que tenemos. No sabemos dónde está ni con quién puede andar.

Pero esta es la oportunidad que más cerca nos pone de encontrarlo.

Si esperamos demasiado, corremos el riesgo de perderle la pista para siempre.

No puedo… no puedo dejarte aquí sola mientras lo buscamos. Sé cómo suena, pero es la verdad.

Kasia guardó silencio un momento. —¿Y qué pasa con la yaya y el yayo? Podría quedarme con ellos un tiempo. Me darían de comer y me mantendrían alejada de todo esto.

Sus nombres le cayeron como una bofetada.

Se levantó tan rápido que el colchón chirrió.

—Ni hablar —dijo antes de poder contenerse.

Las palabras fueron más bruscas de lo que pretendía.

Respiró hondo y volvió a sentarse—. Después de lo que ellos…

después de todo. No. Tampoco es seguro allí. No es negociable.

Se le endureció el rostro. —¿Así que o es Bristol o nada?

La miró, la miró de verdad: cómo se le habían afilado los hombros desde el verano, la determinación de su mandíbula, tan parecida a la suya.

—Vale. Si tanto odias la idea de venir conmigo, entonces buscaré otro sitio.

La madre de Sophia… puedo llamarla ahora mismo.

Podrías quedarte allí esta noche. Quizá dos.

Te escribiré un mensaje cada hora para ver cómo estás.

Si algo te parece un poco raro, llámame y volveré a casa de inmediato.

Kasia se lo pensó, parpadeando lentamente.

—Por favor, Kash. Haz lo que te pido. Por favor.

Se cruzó de brazos con teatralidad. Pero entonces algo cambió en su interior. —Vale —dijo al fin—. Pero tienes que dejar que me haga la maleta yo sola.

Tomek exhaló profundamente, sintiendo cómo se aliviaba la tensión de sus hombros. —Trato hecho. Tú haces la maleta. Yo conduzco.

Ella levantó la vista hacia él. —¿Y si lo encuentras?

—Si lo encuentro —respondió—, me aseguraré de que no vuelva a hacerle daño a nadie.

Tomek llamó a la puerta con los nudillos firmes contra la madera.

Unos instantes después, se encendió la luz del porche, se oyeron unos pasos arrastrados al otro lado y la puerta se abrió.

Claire apareció en bata, con el pelo recogido en un moño deshecho y el rostro transformado por la preocupación en cuanto los vio.

—Entrad —dijo en voz baja, con cuidado de no molestar al resto de la casa—. Los dos.

—Gracias, Claire. Te lo agradezco de veras —murmuró Tomek, haciendo pasar a Kasia.

Ella se deslizó a su lado sin decir palabra, con la vista fija en el suelo y el bolso colgado de un hombro.

Claire le dedicó una sonrisa tranquilizadora y le tocó el brazo con suavidad mientras le indicaba la habitación de Sophia, en el piso de arriba.

Kasia vaciló, se despidió de Tomek y subió las escaleras pesadamente sin mirar atrás.

Tomek y Claire fueron a la cocina, donde se quedaron de pie el uno frente al otro, apoyados en la encimera y mirándose a los ojos durante un tiempo que pareció demasiado largo.

—Es solo por una noche —empezó él—. O dos, quizá. Es solo que… necesita estar en un lugar seguro mientras me ocupo de un asunto del trabajo.

Claire ladeó la cabeza. —¿A salvo de qué?

Él vaciló y luego la miró directamente a los ojos.

Merecía saber la verdad, sobre todo porque también la estaba poniendo en peligro a ella y a Sophia.

No tenía sentido andarse con rodeos. —Hay un hombre.

Se llama Nathan Burrows. Mató a mi hermano.

Salió de la cárcel hace una semana y ahora lo buscan por otro asesinato.

Los ojos de Claire se abrieron de par en par y su mano se aferró con más fuerza al borde de la encimera. —Dios mío, Tomek…

—Lo sé —la interrumpió él con delicadeza, bajando la voz—. No te pediría esto si tuviera otra opción. Pero ahora mismo, que Kasia esté aquí contigo, con gente de confianza… es el lugar más seguro donde puedo dejarla.

Claire lo estudió un momento y luego asintió con firmeza. —La cuidaremos. No le quitaré ojo. Tienes mi palabra.

El alivio lo invadió, pero estaba teñido de culpa; culpa por arrastrar a alguien más a su lío, por dejar atrás a Kasia en un mundo que siempre parecía encontrar la forma de llamar a su puerta. Le dedicó a Claire una sonrisa de agradecimiento.

—Gracias —dijo en voz baja.

Del piso de arriba llegó el sonido ahogado de unas risas. La voz de Sophia y luego la de Kasia. Ambas riendo, charlando animadamente. Cosas de adolescentes. Las dos viviendo una vida normal.

Claire acompañó a Tomek de vuelta a la puerta principal y se ajustó la bata cuando el aire fresco de la noche se coló al abrir Tomek.

—Hay algo más que tienes que saber —dijo Tomek, volviéndose para mirarla—. Nathan… no está solo. Lo han visto con otro hombre.

Claire frunció el ceño y la preocupación volvió a su rostro. —¿Qué clase de hombre?

—Cabeza rapada. Complexión musculosa. Un tatuaje de una lágrima justo debajo del ojo izquierdo —explicó Tomek—.

Conduce un BMW blanco. Si lo ves, si ves ese coche cerca de aquí, aunque solo sea de pasada, quiero que me llames inmediatamente.

No lo dudes ni un segundo. Coge el teléfono.

Tendré a alguien aquí en cuestión de minutos.

Los labios de Claire se contrajeron en una fina línea. Asintió una vez, solemne, con la mano aferrada al marco de la puerta. —Me estás asustando, Tomek.

—Bien. Un poco de miedo nos mantendrá a todos alerta. Solo… no dejes que Kasia lo note. No se está tomando esto muy bien. Yo solo… solo necesito hacer esto por ella. Por mi familia. Y entonces podrá tener la infancia normal que quiere.

Por un momento, los dos se quedaron en silencio. Del piso de arriba llegó otra carcajada, más suave esta vez, como si las chicas estuvieran compartiendo secretos bajo los edredones.

Claire alargó la mano y se la posó con suavidad en el brazo. —La cuidaremos. Te lo prometo.

Tomek asintió secamente, le dio las gracias y volvió a salir al frío de la noche.