La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 37
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Capítulo 37

CAPÍTULO

TREINTA Y SIETE

L os días siguientes transcurrieron sin incidentes.

Con la ayuda de Chey, Tomek empezó la ardua tarea de escudriñar los garabatos y divagaciones de un chico de catorce años, intentando comprender su mente.

En su mayor parte, el contenido era el típico.

Nada extraordinario ni fuera de lo común.

Solo un adolescente que hacía lo que podía para sobrellevar el instituto con los pocos amigos que tenía.

Sin embargo, de vez en cuando, aparecían garabatos, comentarios y notas que insinuaban algo más oscuro y perturbador.

Aquí y allá, aparecía el dibujo de un cuchillo o una pistola, junto a palabras garabateadas como «estrangular» o «asfixiar» que no guardaban relación con la lección que se estaba impartiendo.

Aunque podría haberse inspirado en algo dicho en clase o en un término utilizado por el profesor, a Tomek le pareció intrigante.

El único problema fue que, al cabo del tercer día, una vez que habían revisado a fondo todos los cuadernos de la vida de Mason Alexander en el instituto, no había ninguna otra mención a Nathan.

Ni una sola referencia, pista o sugerencia de que ese chico hubiera existido jamás.

Era como si el nombre hubiera surgido de la nada y se hubiera desvanecido con la misma rapidez.

Sin embargo, Tomek se negaba a dejarlo pasar.

El misterio le reconcomía, privándole del sueño por la noche y dejando su mente inquieta durante el día.

Finalmente, en un momento de debilidad, había buscado una distracción.

Varias veces. Esa distracción yacía a su lado en la cama de ella, con el rostro suavemente iluminado por el sol de primera hora de la mañana que se filtraba a través de las cortinas.

Abigail se removió con un leve suspiro y su brazo le rozó el pecho al girarse hacia él.

Sin llegar a abrir los ojos, le besó la mandíbula antes de acomodar la cabeza en el hueco de su hombro.

—Buenos días —susurró ella.

Tomek permaneció en silencio, con la mirada fija en el techo.

Abigail se movió y levantó un poco la cabeza para estudiarle el rostro. Su pelo cayó sobre el hombro de él mientras fruncía el ceño levemente.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, con la voz pastosa por el sueño, pero teñida de preocupación.

Tomek parpadeó y desvió la mirada del techo hacia el rostro de ella. —Solo estoy pensando —murmuró.

—¿En qué?

Él vaciló y luego negó con la cabeza. —Solo pienso.

Abigail escrutó su expresión un instante más, como si intentara descifrar la verdad en la tensión de su rostro y la rigidez de su cuerpo. Finalmente, exhaló en voz baja y dejó caer de nuevo la cabeza en el hombro de él, deslizando el brazo sobre su pecho en un abrazo laxo.

El silencio solo duró un momento antes de que el móvil de Tomek vibrara sobre la mesilla de noche, una vibración aguda que rasgó la quietud.

Lo cogió, con cuidado de no molestarla, aunque el brazo de Abigail se deslizó y ella se giró para ponerse boca arriba con un gemido. Tomek activó la pantalla con el pulgar y sus ojos se entrecerraron al ver la notificación. Un correo electrónico.

Se le aceleró el pulso al abrirlo.

Y entonces se quedó helado.

Las palabras se volvieron borrosas por un momento mientras las recorría con la vista; el pecho se le oprimió y se le cortó la respiración. Pero entonces el significado se abrió paso, crudo e innegable.

—No me lo puedo creer —dijo.

—¿Qué es?

Tomek se giró lentamente hacia ella.

—El laboratorio —dijo—. Han encontrado una coincidencia, Abs.

Han encontrado ADN de Nathan Burrows en la ropa de Mason Alexander de la investigación original, de cuando desapareció.

—Le costaba respirar, como si le hubieran sacado el aire de los pulmones de un golpe—.

Lo hizo él, Abs. Nathan mató a Mason Alexander y, unos meses después, a mi hermano.