La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 36
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Capítulo 36

CAPÍTULO

TREINTA Y SEIS

E l sonido del timbre resonó por toda la casa. Tamborileaba impaciente con el pie, mirando el reloj como si eso fuera a cambiar algo.

—¿Hola? —dijo una voz confusa y preocupada. Entonces vio la silueta distorsionada de una figura que aparecía tras el panel de cristal de al lado de la puerta.

—Buenas tardes —dijo Tomek en voz alta—. Me preguntaba si podría hablar con el señor y la señora Alexander.

—¿Quién es?

—La policía. Soy el sargento Bowen.

Justo cuando se metía la mano en el bolsillo para sacar su placa, la puerta se abrió lentamente con un crujido, revelando a una mujer que parecía no haber dormido en meses.

Unas ojeras profundas le colgaban bajo los ojos, en agudo contraste con su pálida tez.

Había un vacío en su rostro, como si estuviera hueca por dentro, derrotada por los recientes días de duelo y por llorar la pérdida de su hijo una vez más.

—Siento presentarme así sin avisar, pero ¿puedo pasar? Hay algunas preguntas que me gustaría hacerle.

Deirdre no dijo nada mientras abría la puerta, le indicaba que fuera al salón y lo seguía al interior. Él se acomodó en el sofá y esperó. El aire de la casa estaba quieto y silencioso.

—¿Dónde está su marido? —preguntó Tomek.

—En el trabajo. ¿Lo necesita?

—Posiblemente. Solo tenía algunas preguntas sobre los amigos de su hijo —explicó Tomek—. No sé hasta qué punto Anna o Rachel le han contado, pero ha llegado a nuestro conocimiento que la noche en que mataron a Mason, creemos que se reunió con unas personas en el paso elevado de Pitsea.

No hubo reacción. Era como si la agitación de los últimos días la hubiera despojado de toda emoción. Parecía rota, vacía, con los hombros encorvados, hundiéndose sobre sí misma.

—¿Sabe por qué pudo haber ido allí?

Ella negó con la cabeza.

—¿Le dijo algo la noche que desapareció?

—No sobre Pitsea, no.

—¿Y no ha recordado nada más desde entonces?

Otra negativa con la cabeza.

—No tenía amigos, inspector —continuó Deirdre—. No era popular en el colegio. Había un par de personas que a veces mencionaba o con las que se juntaba, pero que yo sepa, nadie con quien quedara a menudo fuera del colegio. Y desde luego, nadie que viviera por esa zona.

Tomek bajó un poco la cabeza, con la mirada clavada en el suelo. Intentó no dejarse llevar por la desesperación.

—¿Le suena de algo el nombre de Nathan?

—¿Nathan? —repitió ella, con la voz más segura ahora, más tensa, más firme, como si el nudo en la garganta le hubiera desaparecido y una palanca se hubiera accionado en su interior.

—Sí, Nathan. ¿Le suena?

—Yo… —Se inclinó ligeramente hacia delante—. Sí. Sí, me suena.

Tomek se inclinó también. —¿Qué recuerda? ¿Le mencionó Mason alguna vez a alguien llamado Nathan?

—Sí…, pero él… —Negó con la cabeza como si desechara la idea.

—¿Qué pasa?

—Era imaginario.

Tomek tragó saliva, con la garganta repentinamente seca.

—Tenía un amigo imaginario llamado Nathan —repitió la señora Alexander, mientras los engranajes de su cerebro se ponían en marcha lentamente.

—¿De la infancia?

—Sí. Cuando era muy pequeño. Un día bajó y dijo que había estado hablando con su amigo Nathan. En realidad, era su única vía de escape. Su único amigo. Pero…, ahora que lo dice, en los meses anteriores a su desaparición — su muerte —, empezó a hablar de Nathan de otra manera.

Tomek se movió hasta el borde del asiento. —¿Cómo?

—Como si fuera real. Dijo que iba a conocerlo en persona y que iban a jugar juntos en el parque.

—¿Qué más dijo Mason sobre Nathan? ¿Hablaba de él?

—Yo… no puedo…

—¿Se lo describió?

—No me acuerdo.

—¿Habló alguna vez con Nathan por teléfono? ¿Subió alguna vez el teléfono fijo a su cuarto sin que usted lo supiera?

—No lo sé —dijo bruscamente, interrumpiendo a Tomek—. No me acuerdo. Por favor. Es que… es que necesito algo de tiempo para pensar.

Tomek le concedió un momento de silencio, pero no le ofreció ninguna disculpa por bombardearla a preguntas.

Durante un buen rato, se quedaron sentados en silencio, ambos con la mirada perdida en puntos diferentes de la alfombra.

Se dio cuenta de que se había excedido al acosar a una mujer ya angustiada, pero su mente no funcionaba correctamente.

Mason Alexander conocía el nombre de Nathan. Era posible que Nathan, el amigo imaginario, se hubiera convertido rápidamente en Nathan Burrows, el asesino; que pudieran haber sido la misma persona. Su intuición se lo gritaba y, por experiencia, su intuición rara vez se equivocaba.

—Podría haber algo… —empezó Deirdre.

Esta vez, Tomek mantuvo la boca cerrada.

Finalmente, ella se levantó del sofá y subió las escaleras.

Tomek la siguió hasta un pequeño dormitorio.

La habitación era estrecha, con una cama individual pegada a la pared, un escritorio bajo la ventana y un armario angosto en la esquina.

El tiempo se había congelado allí. El aire estaba viciado, con un ligero olor a cerrado, a una habitación que había permanecido clausurada durante años.

En las paredes, los pósteres tenían los bordes enrollados; sus colores, antes vivos, se habían desvaído a tonos apagados por años de exposición al sol.

Un sonriente Paul Gascoigne sostenía un trofeo, John Barnes estaba en pleno chut y Diego Maradona se encontraba en su apogeo.

Entre ellos había recortes de revistas: coches, algunos de héroes de cómic y la página arrancada de un calendario.

La colcha tenía un estampado de formas geométricas descoloridas y en la mesilla de noche había un despertador cubierto de polvo, con las manecillas congeladas en una hora olvidada hacía mucho tiempo.

Sobre el escritorio se apilaban de forma desordenada libros de lectura infantiles, junto a un radiocasete agrietado con un auricular colgando de la clavija.

La señora Alexander se quedó en el umbral, con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho. Sus ojos recorrieron la habitación, absorbiendo cada detalle antes de hablar por fin.

—Nunca lo tocamos —murmuró, con una voz fina y frágil—. No… no nos atrevimos. Por si acaso volvía a casa, ya sabe…

Tomek no dijo nada mientras entraba con cautela.

No quería perturbar la quietud, no quería romper esa espeluznante sensación de conservación.

Entonces cayó en la cuenta: el dolor, la constatación de que ella y su marido se habían aferrado a la débil esperanza de que su hijo pudiera regresar algún día.

Habían vivido en la incertidumbre y el miedo durante treinta años, mientras que a su familia se le había concedido el lujo del cierre inmediato con la muerte súbita y brutal de Michał.

Deirdre cruzó el umbral de la habitación y se detuvo junto al armario.

Apoyó la mano en el pomo, vacilante. Durante un largo momento, permaneció allí, trazando círculos con el pulgar sobre la madera.

Luego, con una honda inspiración, abrió la puerta.

Las bisagras gimieron en señal de protesta.

Dentro, la ropa aún colgaba de la barra: camisas que nunca volverían a usarse, vaqueros que habían vuelto a ponerse de moda.

En la parte inferior, apilados de forma descompensada, había libros de texto gastados, con los bordes arrugados por el tiempo.

—Solía venir aquí —susurró Deirdre, agachándose.

Sus dedos rozaron la pila, deteniéndose en el libro de arriba como si fuera algo sagrado—.

Después de que desapareciera. A veces me sentaba aquí sin más…

a hojearlos. Leía las cosas que escribía.

Miraba sus apuntes de clase. Le echaba la bronca por cometer errores sencillos, preguntas cuyas respuestas sabía que conocía.

Sobre todo en matemáticas y ciencias. Me hacía sentir que seguía aquí.

Tomek se agachó a su lado. Sintió que se le hacía un nudo en la garganta y, por un largo momento, dejó de ser un inspector; era solo un hombre sentado junto a una madre afligida.

Empezaron a hojear los libros juntos. Cuadernos de aritmética llenos de sumas a lápiz.

Apuntes de historia garabateados con la letra apresurada y desigual de un adolescente que no había estado prestando atención.

Páginas plagadas de garabatos: porterías, naves espaciales, caricaturas de un profesor y algún pene que otro mal dibujado.

La señora Alexander pasó otra página y se detuvo en una redacción a medio terminar sobre los Tudor.

La escritura de Mason se inclinaba torpemente, las letras presionadas con fuerza contra el papel como si hubiera tenido prisa por terminar antes de la fecha de entrega.

Ella sonrió débilmente, pero la expresión fue fugaz, se desvaneció antes de poder asentarse.

Siguió pasando páginas y entonces se quedó quieta.

—¿Qué ocurre? —le preguntó Tomek con delicadeza.

Señaló la parte superior de la página, donde Mason había garabateado algo en la esquina, completamente ajeno al resto del contenido.

Nathan, paso elevado, martes 19 h.

Tomek entornó los ojos, con los dedos húmedos por la emoción.

—Señora Alexander, ¿le importaría que me llevara esto?

No solo este —dijo señalando la pila de libros de texto gastados—, sino también los demás.

Si Mason volvió a mencionar a Nathan, si hay otras notas como esta…

necesitamos saberlo. Podría ayudarnos a tener una visión más completa.

Ella vaciló, con la mirada puesta en las reliquias de la vida de su hijo a las que se había aferrado durante décadas. Apretó los dedos en el lomo de uno de ellos, reacia a soltarlo.

—Por supuesto —susurró al fin—. Si ayuda… si ayuda a atrapar a quien le hizo esto… lléveselos. Lléveselos todos.

Tomek asintió una vez y luego empezó a apilar los libros con cuidado, tratando cada uno como si fuera frágil y sagrado. Se dio cuenta de que Deirdre lo observaba, con los brazos todavía cruzados con fuerza.

—Los cuidaremos bien —prometió.

Ella asintió débilmente, aunque sus ojos permanecieron fijos en el espacio del armario donde habían estado los libros, como si acabaran de arrebatarle algo más.

Tomek se enderezó, con el peso de las pruebas en las palmas de las manos. Su mente ya iba a toda velocidad. Mason Alexander no se había imaginado a Nathan. Se había reunido con él. Esa nota garabateada era la prueba, lo confirmaba.

Ahora todo lo que tenía que hacer Tomek era demostrar que Nathan, el amigo imaginario, y Nathan Burrows, el asesino, eran la misma persona con pruebas irrefutables e incontrovertibles.