Capítulo 35
CAPÍTULO
TREINTA Y CINCO
—¿ E stás loco?
—Clínicamente no, señor —respondió Tomek con aire desafiante.
—Pues a mí sí que me lo pareces —siseó Nick, recostándose en la silla y cruzando los brazos. Tomek estaba de pie frente a él, con las manos a la espalda—. ¿Qué te hizo pensar que estaba bien coger un coche de servicio sin un motivo? Y para colmo, usar la sirena y las luces… ¡Vamos, hombre, Tomek!
—Señor, tenía un motivo.
—¿ Cuál ? —preguntó Nick, ya con escepticismo.
—Nathan me ha llamado y Chey ha localizado el número en algún lugar de Shoeburyness.
El rostro de Nick se crispó en una mezcla de incredulidad e irritación. —¿Y se te ocurrió que la mejor respuesta era ir de llanero solitario, arrastrar a Sean contigo y, de paso, malgastar los recursos policiales?
Tomek apretó la mandíbula. —Está jugando a un juego, y yo no voy a quedarme de brazos cruzados esperando su próximo movimiento.
Nick dio un puñetazo sobre la mesa, y el sonido retumbó en su pequeño despacho. —¡Esto no es tu juego, Tomek! No va de tu hermano. No va de ti. Tenemos una investigación de asesinato en curso y no puedo tenerte por ahí a tu aire, haciendo lo que te da la gana.
Tomek negó con el dedo. —Ahí está la cuestión. Creo que están conectados.
La expresión de Nick cambió. —¿De qué estás hablando?
Tomek le expuso su teoría sobre la conexión entre la ropa de la grabación y el chándal que Nathan llevaba la noche que mató a Michał.
La cara de Nick permaneció impasible mientras escuchaba, pero, cuando Tomek terminó, Nick volvió a mirarlo con una profunda lástima grabada en los contornos de su rostro.
—Ay, Tomek… —dijo amablemente, cambiando de tono—. Vamos, hombre. Creo que te estás agarrando a un clavo ardiendo.
—Ahí es donde te equivocas, Nick… —Sin decir una palabra más, Tomek se dio la vuelta y salió corriendo de la oficina hacia su mesa. Cogió las hojas de papel que había encima y regresó. Tras cerrar la puerta a su espalda, declaró—: Puedo demostrarlo.
—¿Cómo? —Nick se inclinó hacia delante, picado por la curiosidad.
Tomek dejó caer los papeles sobre la mesa con más fuerza de la que pretendía. El pulso le martilleaba en los oídos mientras señalaba bruscamente con el dedo la primera hoja. Era la captura de pantalla que Chey le había enviado, la imagen granulada de la figura con capucha.
—Mire —insistió Tomek con urgencia—. Mire la complexión.
La postura. La forma en que lleva los hombros hacia delante.
Mire la ropa . Los colores. Las rayas. Ahora…
—Sacó la segunda página del montón y la colocó junto a la primera.
Era la foto de la ficha policial de Nathan Burrows, tomada la noche en que había matado a Michał.
Tomek había accedido a ella poco después de regresar de Shoeburyness, y una inmediata oleada de odio lo había invadido al posar los ojos en la imagen por primera vez en años.
Nathan tenía el pelo desaliñado, los ojos hundidos y ausentes, y la mandíbula contraída en esa peculiar media mueca de desprecio que siempre parecía dibujársele en la cara. Y llevaba exactamente el mismo chándal.
La mirada de Nick se detuvo en las imágenes. Por un momento, no dijo nada; sus labios se entreabrieron ligeramente, como si quisiera reconocer que Tomek tenía razón.
—Lo ve, ¿verdad? —presionó Tomek, acercándose a la mesa. Se inclinó hacia delante, buscando en la expresión de Nick el más mínimo atisbo de reconocimiento—. No me puede decir que no es él.
Nick resopló por la nariz y apartó los papeles con la palma de la mano. Se recostó en la silla y volvió a cruzarse de brazos.
—Es muy rebuscado —dijo con sequedad.
—¿ Qué ?
—Que es muy rebuscado —repitió Nick, esta vez en un tono más firme—.
Estás estableciendo conexiones que no existen.
Lo entiendo, Tomek. De verdad que sí. Quieres respuestas por lo de Michał y Mason.
Y, más que nada, quieres meterlo de nuevo en la cárcel para proteger a tu familia.
Pero esto —dijo, dando dos golpecitos en los papeles—, esto no explica nada.
Recuerdo este tipo de chándal de aquella época.
Tuvo muchísimo éxito. Casi todos los chavales y jóvenes llevaban uno.
Podrían ser un millón de personas distintas.
Tomek apretó los puños, reprimiendo las ganas de gritar. —¿Así que cree que es una coincidencia? Pensaba que estaba de mi lado. Pensaba que quería ayudarme.
—Y quiero. Nada ha cambiado en ese sentido. Lo único que digo es… —La voz de Nick se suavizó hasta volverse casi paternal— que, por tu propio bien, por tu salud mental, tienes que dejarlo estar.
La amabilidad en su voz solo empeoró las cosas.
Nick no era solo su superior; era el hombre en el que más confiaba Tomek, alguien a quien consideraba un segundo padre.
Y ahí estaba, haciendo leña del árbol caído, intentando convencerlo de que se estaba volviendo loco, de que veía cosas que en realidad no estaban ahí.
Tomek arrebató los papeles de la mesa. —Creo que deberíamos cotejar el ADN de Nathan con el caso de Mason Alexander.
He echado un vistazo rápido a las notas y me he puesto al día con Rachel, y dice que, durante la investigación original, encontraron un montón de ADN distinto en la ropa de Mason de algunas de las muestras recogidas en su casa.
El ADN de Nathan bien podría ser uno de esos para los que nunca encontraron una coincidencia.
Nick ladeó la cabeza. —Tomek… Déjalo ya.
—Señor…
—Hay formas que merecen la pena de gastar tiempo, dinero y recursos. No creo que esta sea una de ellas.
—Señor…
La silla de Nick chirrió al arrastrarse hacia atrás cuando se levantó. De repente, su presencia se hizo más imponente, más autoritaria. Sacudió la cabeza. —No.
La única sílaba restalló en el aire como un látigo.
Tomek lo miró fijamente, con el rechazo ardiéndole en el pecho. Por un momento, ninguno de los dos se movió.
—Señor…
—He dicho que no .
Tomek frunció los labios, asintió con disgusto y se marchó. Nick lo había traicionado. Sean lo había traicionado. Sus padres lo habían traicionado.
Pero no importaba.
Nada de eso iba a detenerlo.