Capítulo 32
CAPÍTULO
TREINTA Y DOS
P or supuesto, el subconsciente de Tomek había tenido la amabilidad de regalarle otra pesadilla la noche anterior, igual que la última vez.
El variopinto grupo formado por Kasia, Charlie, Nathan, Sean y sus padres, todos de pie, uno al lado del otro, sonriéndole con aire de suficiencia mientras la lluvia les azotaba desde todos los ángulos, salpicando en el barro.
Sin embargo, había una pequeña excepción.
Una nueva incorporación al grupo: Dawid, su mujer y sus dos hijos.
Ahora la transición se había completado. Todos los de su vida, todos a los que quería, habían desertado y se habían pasado al otro bando. Ahora lo odiaban, y su conversación con Dawid lo había demostrado más allá de toda duda razonable.
Eres un egoísta…
Es demasiado tarde. El daño ya está hecho…
Tenía razón. Era demasiado tarde. El daño ya estaba hecho.
Durante los últimos treinta años, desde la muerte de Michał, había sentido la necesidad de demostrar su valía ante su familia, de llenar el vacío que Michał había dejado.
¿Y para qué? A cada paso, había fracasado, encontrando nuevas e inspiradoras formas de decepcionarlos.
A su vez, ellos habían encontrado nuevas e inspiradoras formas de menospreciarlo, excluyéndolo de la familia.
Bueno, que les den.
Si ellos no lo necesitaban, él tampoco los necesitaba a ellos.
La puerta del coche se abrió, sacándolo de sus pensamientos. Kasia estaba saliendo del asiento del copiloto cuando él volvió en sí.
—Que tengas un buen día —le dijo—. Recuerda lo que te dije.
—Ya lo sé, papá. Llevas diciéndomelo todos los días.
—Y el día que no te lo diga será cuando pase algo.
Kasia se echó la mochila al hombro. —¿Esto no va a ser para siempre, verdad?
Un grupito de alumnos de primero de la ESO, con mochilas más grandes que sus torsos, pasó con dificultad, caminando emocionados mientras veían algo en sus móviles.
—No lo sé, cariño. Espero que no.
Kasia gruñó, cerró la puerta y luego se adentró en el viento.
Tomek la vio marchar, con el pelo agitándose a pesar de sus esfuerzos por mantenerlo bajo control.
Desde el salpicadero, el aire caliente salía a toda pastilla por las rejillas del aire acondicionado, librando una batalla perdida contra la escarcha que se había formado durante la noche.
Una ola de frío se había instalado en Essex, y su aliento se empañaba frente a él.
Era el comienzo del invierno, y ya deseaba que terminara.
Deseaba que terminaran muchas cosas.
Incluidos los villancicos que llevaba escuchando las últimas cuatro semanas.
Kasia desapareció por la puerta del colegio, lista para otro día de aprendizaje e intentando vivir la vida de una adolescente normal.
Se sentía culpable por la cantidad de estrés que le había causado, el dolor, la preocupación y las situaciones peligrosas en las que la había metido desde que había llegado a su vida.
No se merecía eso; se merecía tener una infancia normal, una llena de amigos, risas, quedadas para jugar, actividades sociales, fiestas de pijama, estrés, ansiedad por los exámenes y las amistades, discusiones y peleas.
No debería tener que mirar por encima del hombro cada dos por tres, preguntándose si alguien del pasado de su padre iba a atacarla o secuestrarla.
Se merecía algo mejor.
—Lo siento, Kash —susurró para sí, con la mirada clavada en el volante—. No sé qué hacer.
Justo cuando se disponía a arrancar, una silueta se deslizó ante su vista.
Por un instante, el mundo se encogió. Un BMW se acercó a la acera, delante de él.
Tomek sintió que se le oprimía el pecho mientras una mujer se inclinaba desde el asiento del conductor; llevaba el pelo en un moño apretado y una bufanda le cubría la boca y la nariz.
Detrás de ella, un niño pequeño con una bandolera demasiado grande para él se bajó y corrió hacia la puerta del colegio.
La mujer llamó a su hijo para que volviera, recordándole con severidad que tenía que hacer los deberes y disculparse con el profesor por el retraso, antes de lanzarle un beso al aire y marcharse.
La tensión en el cuerpo de Tomek se liberó. Por un momento, quiso reírse de sí mismo. ¿Qué le estaba pasando? ¿Estaba viendo cosas? ¿Era ahora cada coche blanco un presagio? ¿Lo habían llevado las pesadillas, la bebida y los sueños más allá de un límite del que no podía regresar?
—Estás en problemas, Tomek —se dijo a sí mismo.
Antes de que pudiera arrancar, su móvil vibró contra la consola, con una vibración lo suficientemente brusca como para hacerlo saltar. Lo cogió a tientas y miró la pantalla.
Abigail Winters.
Dejó el pulgar suspendido sobre el botón verde, sopesando cuál era la mejor forma de jugar sus cartas.
—Señorita Winters —dijo, con un deje de coqueteo en el tono.
—Señor Bowen —respondió ella del mismo modo—. He estado pensando en usted.
Él no dijo nada.
—Me preguntaba si podría pedirle su opinión sobre la última información que he recibido de su equipo.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es? —No tenía ni idea de a qué se refería; no había revisado sus correos electrónicos desde que se había ido de la oficina.
—La grabación de las cámaras de seguridad.
—¿Ah, sí?
—Me preguntaba si podría hacerme algún comentario al respecto.
Hizo una pausa. —¿Para qué lo necesita? Ya debería tener el de alguien…
—Sí, pero el pobre agente Carter no suena tan bien ni tan creíble como el sargento detective Bowen. Un sargento tiene más rango que un agente.
—¿Desde cuándo? —dijo en tono juguetón—. Nadie me lo había dicho.
Ella soltó una risita. —¿Qué me dice?
Él tartamudeó. —Tendré que responderle a eso más tarde. Tengo algunas cosas de las que ponerme al día.
—No es lo único a lo que tiene que responderme —replicó ella.
Supo al instante de qué estaba hablando. —¡Solo ha pasado un día!
—Lo sé. Solo quiero asegurarme de que no se olvide.
Él se rio entre dientes, sin revelar demasiado. —¿Cómo podría olvidarme de usted, Abigail? Me está siguiendo a todas partes.
—No finja que no le gusta, señor Bowen.