La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 28
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Capítulo 28

CAPÍTULO

VEINTIOCHO

E l paso elevado se cernía sobre él como una enorme bestia gris, con el vientre trepidando por el rugido incesante de los neumáticos y motores que pasaban a toda velocidad sobre las grietas y juntas del hormigón.

Mason intentó que no lo intimidara. Se dijo a sí mismo que solo era ruido y que el paso elevado no se derrumbaría sobre él para matarlo.

El aparcamiento bajo la losa de hormigón estaba vacío, salvo por algunos cristales rotos esparcidos, un contenedor de basura volcado y una hilera torcida de carros de la compra que se oxidaban juntos, iluminados con un apagado tono anaranjado por una farola igual de sucia y abandonada.

El penetrante olor a meados le picaba en la nariz, aunque no vio rastro de la persona, o personas, que lo habían dejado.

Le dio una patada a una lata de Coca-Cola cercana, que cayó al suelo con estrépito y dio unas vueltas hasta detenerse.

Aquel era su sitio, ¿o no? No el instituto, con todos los chicos normales ; los tíos que tenían a sus colegas y sus chicas, y cuyas risas los seguían como un desfile.

Mason era la quinta rueda que nadie había pedido.

El raro. El que sobraba. Harvey lo había tolerado durante un tiempo, sobre todo por pena.

Mason lo sabía. No era tonto; podía verlo en los ojos de Harvey cuando intentaba quitárselo de encima al salir de clase.

Pero se dio cuenta de que no los necesitaba en su vida.

No necesitaba que la gente le tuviera pena.

Por eso había hecho nuevos amigos, gente en la que podía confiar.

Gente que se le había acercado un día después de clase y se había puesto a hablar con él, a conocerlo, a hacerle preguntas sobre él mismo, a crear un vínculo.

Gente que desde el primer momento le pareció auténtica e interesada en él como persona.

Gente con la que había mantenido el contacto desde entonces.

Porque les gustaba, y a él le gustaban ellos. Y querían verlo. Él importaba .

Volvió a darle una patada a la lata, esta vez más fuerte. El clang agudo del aluminio resonó bajo el paso elevado. Sonrió levemente, imaginando que era un gol, imaginando a la gente coreando su nombre en lugar de soltarlo con desdén por los pasillos.

—Mason.

La voz surgió de entre las sombras de los pilares y una oleada de alivio le disipó el frío del pecho. Se giró hacia el sonido, sonriendo ya.

—¡Mason! —Otra vez, más clara, más cerca.

Habían venido. Tal como habían dicho.

Pasó el peso de un pie a otro, con un hormigueo de nervios y emoción en el estómago. No te muestres demasiado ansioso. No parezcas desesperado. Se recordó a sí mismo que debía hacerse el interesante.

Aun así, una parte de él ardía con la esperanza de que quizá aquella fuera la noche en que las cosas cambiaran.

De que quizá mañana en el instituto no sería solo el chico que iba detrás, el no deseado.

De que quizá la gente por fin lo miraría de otra manera.

Y puede que tuviera una historia digna de la atención de Harvey.

—¡Estoy aquí! —respondió, y su voz rebotó por el espacio húmedo y hueco.

Entonces empezó a caminar hacia las sombras.