La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 27
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Capítulo 27

CAPÍTULO

VEINTISIETE

H acía frío fuera de la comisaría; el aire le picó al instante en las mejillas y se le coló por la garganta.

El aparcamiento se extendía ante él, con hileras de asfalto mojado que relucían como hielo negro bajo un cielo desvaído.

Su aliento se elevaba en nubes de vaho que se desvanecían antes de alcanzarle la coronilla.

Justo cuando empezaba a caminar hacia su coche, al fondo del aparcamiento, una figura surgió de detrás de un utilitario pequeño.

Tomek no reconoció la matrícula, pero sí a la persona que se dirigía hacia él a grandes zancadas.

La visión le hizo detenerse y mirar con incredulidad.

Se le acercó rápidamente, como si intentara evitar que se diera la vuelta y saliera corriendo.

Ataviada con un grueso abrigo de invierno y una bufanda que le cubría la barbilla y la nariz, solo se le veían los ojos.

A pesar de ello, Tomek la reconoció al instante.

Aquellos ojos que hacía mucho tiempo que no miraba.

Aquellas pestañas que una vez había admirado profundamente.

—Hombre, ¡benditos los ojos! —dijo Abigail Winters al detenerse frente a él, con un deje de coqueteo y afecto en el tono.

Tomek se hundió las manos más en los bolsillos, esforzándose por no tocarla, no abrazarla, no darle pie ni ideas, algo a lo que ella era propensa. —¿Qué haces aquí, Abigail?

— Trabajar . ¿Qué si no? —Inclinó la cabeza hacia la comisaría mientras sus ojos recorrían el rostro de él—.

A mi equipo y a mí nos ha llegado el rumor de que han descubierto unos huesos en las marismas de Pitsea.

He intentado ponerme en contacto con Sean y Martin para que me hagan algún comentario, pero no he tenido respuesta.

Así que he pensado..., ¿por qué no ir directamente a la fuente?

Tomek señaló en la distancia. —La fuente está a unos quince kilómetros en esa dirección —replicó con sorna—. Aunque probablemente les saques tanto provecho como nosotros por ahora.

—¿Así que no sabéis a quién pertenecen?

—No he dicho eso. Pero hay un límite a lo que podemos averiguar en un par de días, Abi. Si quieres algo, vas a tener que esperar.

—¿Y qué hay de ti?

Tomek echó a andar, pero se detuvo en seco. —¿Qué acabas de decir? —preguntó, girándose a medias.

De repente, Abigail se volvió esquiva y tímida, como una adolescente en el patio del colegio, no la mujer segura y resuelta que él conocía. —He estado pensando…

Tomek suspiró. —Ya hemos hablado de esto. No puede funcionar.

—Y no tiene por qué —replicó ella, recuperando la confianza—. Quiero decir, te he echado de menos. Y sé que juntos somos bastante tóxicos, pero…

—Solo quieres sexo, ¿a que sí?

—No tienes por qué ser tan directo.

—Contigo sí.

Ella dio un paso adelante y bajó la voz. —¿Es eso tan malo?

Sí. Lo era. En su estado de cansancio y falta de sueño, no necesitó mucho tiempo para pensar en ello.

Había una razón por la que se habían separado, una razón por la que no podían seguir juntos.

Su relación era tóxica, transaccional y solo sobrevivía a base de hacerse favores mutuamente.

Pero mentiría si dijera que no se sentía solo.

Había momentos, en la profundidad de la noche, mientras yacía despierto mirando al techo, en que la echaba de menos.

Bueno, no a ella, sino su presencia . Su calor contra el suyo.

Su piel contra su piel. Su consuelo. Una parte de él —una porción pequeña, minúscula, casi microscópica— pensaba que podría ser una buena idea.

Una distracción del caos que se desarrollaba en su vida y en la de Kasia.

Claro, tenía a Kasia y a Sean en casa, pero no era lo mismo. Ni de lejos.

«Quizá si me desespero de verdad », pensó.

—No puedo —dijo—. Tengo a Kasia.

—Eso no nos detuvo antes.

—Y a Sean.

—No me van los tríos, Tomek.

—Está viviendo conmigo.

Los ojos de ella se abrieron de par en par por la sorpresa. —¿Desde cuándo?

—Desde que no tenía adonde ir.

—¿Cuánto tiempo va a ser eso? —preguntó.

—Unas semanas, quizá meses. Nadie lo sabe. Y él menos que nadie. Pero no puedo echarlo antes de Navidad. Eso no es muy navideño.

—Porque tú eres famoso por ser la persona más festiva de todo Essex.

Tomek se rio del comentario. —Ha sido un placer hablar contigo, Abs. Si no te veo antes del gran día, que tengas una feliz Navidad.

Empezó a caminar hacia su coche.

—Podríamos ir a tomar una copa alguna vez —gritó ella—. O siempre queda mi casa, si te apetece.

La ignoró mientras cruzaba el aparcamiento.

—¡Piénsatelo! ¡Y no te pierdas!