Capítulo 21
CAPÍTULO
VEINTIUNO
T omek echó a correr. Sus zapatos chapoteaban contra el pavimento mojado y levantaban cortinas de agua. A lo lejos, las luces de freno del BMW brillaban como dos ojos rojos que lo provocaban y lo atraían.
—¡Nathan! —rugió él.
El coche serpenteaba por la carretera sin esfuerzo.
Tomek forzó el ritmo, con los pulmones a punto de estallar y las piernas ardiéndole, pero fue inútil: el BMW era más rápido, más suave, inalcanzable.
Atravesaba los charcos, resbalando en la superficie irregular y logrando no caerse justo antes de tocar el suelo.
La lluvia helada le pegaba el pelo a la frente, le chorreaba por la cara y se le metía en los ojos hasta que el mundo se difuminó en tonos rojos y grises.
Siguió corriendo hasta que su cuerpo no dio más de sí. La carrera se convirtió en un trote y, después, en un caminar tambaleante. El coche se había esfumado, sin dejar más que el siseo de los neumáticos desvaneciéndose en la distancia.
Sin aliento y calado hasta los huesos, se apoyó tambaleándose en una farola. Golpeó el frío metal una, dos veces, mientras un grito gutural se le desgarraba en la garganta. Nathan había vuelto solo para atormentarlo, y él había dejado que se le escapara.
Tomek se arrastró de vuelta al piso, con la ropa pegada al cuerpo y los zapatos chapoteando a cada paso. La subida por las escaleras le pareció interminable. Cuando por fin abrió la puerta de casa, Kasia estaba en el pasillo, con el pánico y la histeria grabados en el rostro.
—Papá, estás empapado —susurró ella, dando un paso hacia él—. ¿Qué ha pasado?
—No pasa nada. Se ha ido. Ya se ha ido… —Tomek se quitó los zapatos—. ¿Has podido hablar con Sean?
Ella asintió.
—¿Y?
—Viene para acá.
Tomek se sacó el móvil del bolsillo y se lo llevó a la oreja mientras sonaba. Un instante después, Sean respondió.
—¿Tomek? No te muevas. Voy para casa.
—No. Quédate donde estés. Necesito que compruebes la matrícula de Nathan.
—¿La tienes?
—Creo que sí —Tomek le dio los datos—. A ver qué sale. Averigua a nombre de quién está registrada y dame una dirección.
—Vale. Dame veinte minutos.
Tomek le dio las gracias y colgó. Entró en casa goteando sobre la alfombra, sin prestarle la menor atención.
—Coge el abrigo —le dijo a Kasia.
—¿Por qué? ¿Adónde vamos?
—A casa de tus abuelos.