La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 20
28%

Capítulo 20

CAPÍTULO

VEINTE

E l coche se detuvo con un derrape. Tomek tiró del freno de mano, abrió la puerta de golpe y corrió hacia la casa, olvidándose de cerrar el coche con llave.

Metió la llave en la cerradura y entró tropezando; luego, subió los escalones de su piso de dos en dos, con el eco de su respiración agitada resonando en el hueco de la escalera.

—¡Kasia!

Cuando irrumpió en el salón, la escena lo dejó paralizado.

Nathan Burrows estaba repantigado en el sofá, con las piernas abiertas y los brazos extendidos por el respaldo, como si fuera el dueño del lugar.

Su expresión era indescifrable, con una leve sonrisa burlona suspendida en los labios, pero sus ojos —esos ojos fríos y familiares que Tomek había visto tantas veces en sus pesadillas— estaban fijos en él.

Llevaba el pelo bien cortado, la barba bien cuidada y la piel de la cara no colgaba tanto como recordaba.

Parecía que acabara de volver de un viaje para jugar al golf en lugar de haber pasado treinta años en una de las prisiones de Su Majestad.

Al otro lado de la habitación, Kasia estaba inmóvil en el umbral de la cocina, empuñando una cuchara de madera como si fuera un arma. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar el mango, la respiración agitada, y sus ojos, muy abiertos, saltaban de un hombre a otro.

—Hola, Tomek —dijo Nathan.

—¿Qué coño haces en mi casa? ¡Largo de aquí!

La expresión de Nathan no varió, a excepción de una sonrisa de suficiencia que recordaba a la de un asesino en serie. —Pero si tenemos mucho de qué ponernos al día…

Tomek miró rápidamente a Kasia antes de volver a fijar la vista en Nathan. Quería vigilar en todo momento al hombre que estaba en su salón. —Kasia, necesito que vayas a tu cuarto, cariño.

—Papá, no…

—¿Puedes hacerlo por mí, por favor, cariño? Todo va a salir bien. Nathan y yo solo vamos a charlar y luego se irá.

—¿Quieres que llame a Sean? —preguntó ella con voz temblorosa, como si contuviera las lágrimas.

—No me parece mala idea —respondió Tomek.

—Puedes llevarte la cuchara si crees que te servirá de algo —añadió Nathan, guiñándole un ojo.

A Tomek le hirvió la sangre. —No le hables —ladró—. No te atrevas a volver a dirigirle la palabra en tu puta vida.

—Pero si estábamos teniendo una conversación de lo más agradable mientras esperábamos —replicó Nathan—.

¿A que sí, Kasia? Hemos hablado de Zeus y las Harpías.

De cómo ayudé a tu padre a encontrar el almacén donde te quedabas con ellas.

De lo traumático que debió de ser para ti.

Y luego hemos hablado de Mersea. Vuestro viaje, interrumpido bruscamente porque tu padre se vio envuelto en otra investigación de asesinato. No tenéis ni un respiro, ¿eh?

La cabeza de Tomek era un torbellino de pensamientos, de respuestas, de hilos diferentes, de preguntas…

—Kash, cariño. A tu cuarto…

—Pero, papá…

— Ahora , Kasia. No te lo pediré más. Quédate ahí hasta que te diga que puedes salir.

La cara de Kasia se descompuso durante medio segundo, y luego hizo exactamente lo que Tomek le había pedido. Se apartó del umbral de la cocina y se dirigió al pasillo, apretando la cuchara de madera en las manos y levantándola a la defensiva.

—Así me gusta —dijo Nathan, sonriéndole.

Kasia siguió por el pasillo y, unos instantes después, desapareció tras la puerta de su dormitorio. Desde el otro lado, manipuló la cerradura que habían instalado hacía poco y luego se oyó el clic.

—Asegúrate de cerrarla bien —gritó Nathan—. Necesitaré algo de ventaja si vienes a por mí con esa cuchara.

Un silencio profundo se instaló en el salón. A Tomek le martilleaba el pulso en las venas y el sonido de su propia respiración agitada resonaba en su cabeza. Nathan, mientras tanto, parecía la personificación de la calma y la compostura.

Cruzó una pierna sobre la otra y señaló el espacio a su lado en el sofá.

—Por favor, toma asiento. Estás en tu casa. Yo solo soy un invitado.

Tomek se quedó donde estaba, clavado en el sitio por la adrenalina.

—¿No? Muy bien. —Nathan se aclaró la garganta—.

En primer lugar, debo decir que me alegro mucho de volver a verte, Tomek.

Ha pasado demasiado tiempo. Demasiado. Y verte con tan buen aspecto…

—Se llevó una mano al pecho—. Me complace verte así.

Y la joven Kasia también; menuda jovencita tan estupenda tienes.

Aunque seguro que a veces es un hueso duro de roer, no me cabe duda.

Tomek estaba demasiado aturdido, demasiado desconcertado, demasiado abrumado por la emoción para responder.

—En primer lugar, debo disculparme por el retraso.

He tardado un poco en venir a verte, y eso no ha estado bien.

Pero tenía que ponerme presentable, ¿no?

—Nathan señaló su pelo y su ropa—. He hecho todo esto por ti.

¿Qué te parece? Personalmente, creo que el barbero se pasó un poco por las orejas, pero eso crecerá en un par de días.

Tomek lo miró, perplejo y atónito. Ese hombre había matado a su hermano, había traumatizado a su familia durante décadas, y ahora estaba ahí, en su salón, hablando sobre si debería haber pedido un corte al dos en lugar de al uno en la barbería. ¿Qué estaba pasando?

—En cuanto a la ropa —continuó Nathan—, bueno, como seguro que puedes imaginar, ahora mismo no ando muy boyante de dinero, así que he tenido que comprarla en la tienda benéfica de la zona. Con todo, yo diría que no queda nada mal. ¿Tú qué opinas?

Por un momento, Tomek no dijo nada. No sabía cómo responder. Al final, preguntó: —¿Qué demonios haces en mi casa, Nathan? ¿Por qué estás aquí?

Nathan bajó la pierna y se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. —¿No es obvio? Dos amigos poniéndose al día.

—No somos amigos. Nunca hemos sido amigos . No te quiero en mi vida. Y no te quiero en esta casa ni cerca de mi familia.

Nathan chasqueó la lengua, y su voz se volvió más grave. —Me temo que eso no va a ser posible, Tomek. Estamos entrelazados, tú y yo. Estamos unidos.

Una sensación nauseabunda se revolvió en lo más profundo del estómago de Tomek, provocándole arcadas.

—Tu nueva identidad… —fue lo único que se le ocurrió decir.

Una sonrisa lasciva se dibujó en el rostro de Nathan. —Es genial. Lo tengo todo nuevo. Nombre. Identidad. Carné de conducir. Dirección. Número de la seguridad social. Me están cuidando muy bien. —Se recostó en el sofá con aire arrogante—. ¿Y quién dijo que el crimen no compensa?

Tomek no dijo nada.

—¿Quieres saber mi nuevo nombre?

Sin respuesta. Sí quería. De verdad que sí. Pero las sinapsis de su cerebro estaban congeladas.

—Creo que te va a gustar. A ver, aunque no pude decidir exactamente qué nombre me daban, puede que diera un empujoncito a la gente adecuada en la dirección correcta. —Se relamió los labios, como si recordara una conversación anterior—. ¿Adivinas cuál es?

Podía. Pero no quería.

No lo digas. No te atrevas a decirlo.

—Michael. Mi nuevo nombre es Michael.

El cuerpo de Tomek se quedó helado. Michael. La traducción al inglés de Michał.

—¿Te gusta? Creo que es bastante apropiado. El apellido es un poco más genérico y aburrido, pero Michael… —Inhaló profundamente—. Creo que suena bien, ¿no te parece?

Tomek apretó el puño con tanta fuerza que se clavó las uñas en la carne.

—¿Dónde te alojas? —preguntó.

—Oh, ya sabes, en un dúplex de mierda de un dormitorio que es lo más barato del mercado. No pueden hacer que parezca que me estoy quedando con todo el dinero de los contribuyentes, ¿verdad?

—¿Dónde?

—Muy lejos de aquí.

—¿Dónde, Nathan?

Nathan fingió jadear. —¿Quién es Nathan? Ahora soy Michael, ¿recuerdas?

—¿Dónde coño te alojas, Nathan?

Tomek se negaba a llamar al asesino de su hermano de otra forma que no fuera Nathan.

Nathan se levantó del sofá con elegancia, exudando la calma inquietante de alguien a punto de atacar. —Tienes mucha agresividad dentro, Tomek. Resentimiento. Casi puedo verlo florecer en tu pecho, en tu cara. ¿Siempre has sido así? Creo que deberías buscar a Cristo, Tomek…

—Ahórrate la palabrería, Nathan. Esa mierda puede que funcionara con quienquiera que convencieras para que te soltara, pero conmigo no va a funcionar. Sé lo que eres. Sé quién eres. Y sé que no te quiero cerca de mí, ni de mi familia, ni de mi casa.

Nathan se acercó hasta que quedaron frente a frente, a escasos centímetros. Tomek se mantuvo firme, sin ceder terreno, apretando la mandíbula y rechinando los dientes. Justo cuando Nathan abrió la boca para hablar, sonó el claxon de un coche. Nathan miró rápidamente hacia el ventanal.

—Ese debe de ser quien me lleva —dijo—. ¿Quieres venir a saludar? Es un buen amigo tuyo.

Tomek se quedó paralizado mientras Nathan se dirigía a la puerta de entrada.

No fue hasta que Nathan estuvo a mitad de la escalera que Tomek corrió tras él.

Al pie de los escalones, apareció el capó de un BMW blanco.

Tomek aceleró el paso. Entonces lo vio: el hombre del tatuaje de la lágrima sentado en el asiento del conductor, con el brazo apoyado en el marco de la ventanilla y los limpiaparabrisas barriendo la lluvia de un lado a otro.

Nathan se dirigió directamente al lado del copiloto y abrió la puerta. Se detuvo, se giró y gritó: —Tengo curiosidad. ¿Qué le dijiste a la junta cuando hablaste con ellos? ¿Hiciste una reseña entusiasta como te pedí?

Con el pelo chorreando, Tomek negó con la cabeza. —No. Les dije que podías pudrirte en el infierno. Que deberías quedarte allí. Que eres un ser humano despreciable y que nunca deberías salir.

Nathan chasqueó la lengua e inclinó la cabeza.

—Qué pena. De verdad pensaba que me ayudarías en mi momento de necesidad, como yo hice por ti.

Bueno, parece que al final la cosa no te ha salido bien, ¿eh?

—Nathan metió un pie en el coche—. Por cierto, ¿cómo está tu padre?

Me he enterado de su accidente de coche.

Ha debido de ser traumático para todos vosotros.

—Nathan se metió en el coche y su voz se elevó por encima de la lluvia mientras se recostaba en el asiento—.

Dale recuerdos de mi parte, ¿quieres? Dile que le mando saludos. Él ya sabrá lo que significa.

Entonces la puerta del copiloto se cerró de golpe y el coche se alejó.