La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 19
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Capítulo 19

CAPÍTULO

DIECINUEVE

E l mundo entero había adquirido un tono más apagado y deprimente desde que se había conocido la noticia de la puesta en libertad de Nathan Burrows.

Era como si la vida y el alma de su entorno —los edificios del instituto, los campos, las aulas, incluso el disfrute de algunas de sus clases favoritas— se hubieran esfumado.

Ya no podía consultar las redes sociales ni ver el último documental de Netflix que todo el mundo comentaba en el patio, porque su mente estaba demasiado distraída, absorbida por sus pensamientos y preocupaciones.

Para colmo, su rutina habitual de poner sus canciones favoritas de Taylor Swift en el equipo de música nada más llegar a casa del instituto se había aguado.

No quería escuchar nada. No quería hablar con nadie. No quería hacer nada.

Toda persona que se le acercaba en el patio o en clase —especialmente los profesores— le parecía un enemigo.

No confiaba en ellos. No podía. No mientras no se sintiera a salvo; una sensación que no había experimentado desde hacía tiempo.

Desde que había entrado en la vida de Tomek y se había mudado con él, su existencia parecía estar en constante peligro o riesgo.

Había estado a punto de morir en dos ocasiones y había visto y vivido cosas que ninguna chica de catorce años debería.

¿Así sería la vida con Tomek? ¿La preocupación constante, mirando siempre por encima del hombro, cuestionando a todo el que entrara en su vida?

Si ese era el caso, una parte de ella se preguntaba si no estaría mejor en un hogar de acogida o en la calle.

¿Qué diría su madre de todo esto? Si lo supiera, vendría a rescatarla.

Pero no puede, Kasia. Está en la cárcel. Y no va a salir en mucho, mucho tiempo.

Kasia desechó esos pensamientos rápidamente mientras abría la puerta del piso y dejaba caer la mochila al suelo.

Luego se dirigió al sofá y se desplomó en él, exhalando con fuerza.

Sean, como de costumbre, había recogido sus cosas esa mañana, como hacía casi todas las mañanas.

A ella le gustaba tenerlo allí; era una persona más, una capa extra de protección.

Era divertido y tenía buen sentido del humor, alguien más con quien conectar y reírse.

Sin embargo, tenerlo cerca también tenía sus inconvenientes: significaba que tenía que esconderse de él por las mañanas mientras se vestía.

Aunque sabía que él nunca se comportaría de forma inapropiada, hubo un momento incómodo en el que intentó abrir la puerta mientras ella estaba en la ducha.

Por suerte, nadie vio nada, pero sirvió como un buen recordatorio para cerrar la puerta del baño con pestillo cada vez que entrara.

Sin embargo, era después de clase cuando se sentía realmente en paz.

Sin nadie más en casa. Todo el piso para ella sola.

Podía saltar, poner música y cantar a voz en grito sin preocupación ni ansiedad.

Nadie le daba la lata para que preparara la cena o pusiera la colada.

Era su momento. Un momento para desconectar, relajarse y olvidar, antes de que Tomek y Sean volvieran y la presionaran para que hiciera los deberes a tiempo.

Pero ahora, simplemente miraba su reflejo en la pantalla del televisor, absorta, pensando en nada y en todo a la vez.

Entonces sonó el timbre.

Un sonido agudo. Le dio un vuelco el corazón. No eran ni Tomek ni Sean; ambos tenían llaves y no volverían a casa hasta dentro de mucho. Por un momento, se quedó paralizada en el sofá, con la mirada fija en la puerta.

Otro timbrazo. Esta vez, casi más fuerte.

Tragó saliva y se levantó, notando las piernas inseguras. «Probablemente solo sea un repartidor», se dijo, «o quizá es Edith, nuestra vecina, pidiendo ayuda con el wi-fi otra vez». ¿Y si era una emergencia? ¿Alguien que necesitaba que abriera la puerta de inmediato?

Se ajustó el jersey del uniforme, intentando convencerse de que no era nada.

Las tablas del suelo crujieron bajo sus pasos mientras bajaba las escaleras con sigilo. Cada pisada parecía resonar mucho más de lo debido. Se detuvo con la mano suspendida sobre el pestillo, conteniendo la respiración.

Un último timbrazo.

Sus dedos se cerraron alrededor del pomo y abrió la puerta.

Y se quedó helada.

—Hola, Kasia —dijo el hombre en voz baja.