Capítulo 18
CAPÍTULO
DIECIOCHO
E l cielo matutino estaba cubierto de nubes bajas y ondulantes que apagaban los colores del mundo y lo oprimían todo. Una fina llovizna flotaba en el aire, lo bastante densa como para formar gotas en la chaqueta de Tomek y humedecerle el pelo mientras estaba de pie ante la lápida.
No había planeado ir. Nunca lo hacía; sus visitas siempre eran esporádicas y espontáneas. Pero la fecha le había estado rondando la cabeza desde que se despertó esa mañana, pocos días después de su visita a los padres de Mason.
El aniversario de la muerte de Michał.
La tumba estaba escondida en el rincón más alejado del cementerio, donde los árboles se inclinaban sobre el muro y la tierra se hundía ligeramente.
La hierba estaba resbaladiza por las gotas de lluvia y sus zapatos dejaban huellas oscuras a su paso.
La lápida estaba recién fregada; quizá sus padres ya habían venido a encargarse de ella.
No había tenido noticias de ellos; nunca las tenía en ese día en concreto.
No había mensajes de texto ni llamadas para ver cómo lo llevaba el otro.
En vez de eso, cada uno se enfrentaba a sus pensamientos y sentimientos —sus emociones — a solas.
—¿Qué tal, hermano? —masculló, con la vista fija en las fechas—.
Han pasado un par de meses. ¿Cómo va todo?
¿Aburrido? ¿Tranquilo? —Soltó una risa ahogada por la nariz.
Se balanceó sobre los talones, sacó una mano del bolsillo y se la frotó por la nuca—.
Kasia está bien. Está… sobrellevándolo, supongo.
Lo ha pasado mal, pero es más fuerte que yo.
Y más lista. Mucho más lista, de hecho. Sobre todo ahora con las mates, al parecer.
Ha dado un giro radical hace poco, lo cual es genial.
—Se le hizo un nudo en la garganta al hablar, una repentina oleada de calor y culpa que le invadió el pecho—.
A veces pienso en lo diferentes que habrían sido las cosas si todavía estuvieras aquí.
Vosotros dos os lo habríais pasado en grande, me parece.
La llovizna seguía cayendo. Tomek volvió a mirar el nombre, apretando los dedos hasta formar un puño.
—En cuanto a mí… —Soltó todo el aire y negó con la cabeza—.
Hay algo que tengo que contarte. Es sobre Nathan.
Yo… el mes pasado, me llamó para decirme que era posible que saliera y que quería que le devolviera un favor.
Me pidió que hablara con la junta de libertad condicional y que los pusiera por las nubes.
Fui, casi me cago encima esperando y luego les dije que no se merecía estar en ningún otro sitio que no fuera la cárcel.
Pero… —Se aclaró la garganta—. Pero no… no funcionó.
No sé cómo lo ha hecho, no sé a quién ha sobornado ni qué hilos corruptos ha movido, pero está fuera…
es un hombre libre. —Tomek apretó la mandíbula—.
Te he fallado, hermano —continuó, con la voz quebrada—.
Creía que hacía lo correcto, plantándole cara.
Pero ahora está en la calle, campando a sus anchas como si no hubiera pasado nada.
¿Y yo? He metido a Kasia de lleno en todo esto.
Lo presiento. Está merodeando a nuestro alrededor. Y no sé si voy a poder protegerla.
Apoyó la palma de la mano en la lápida, sujetándose a ella.
—Ojalá siguieras aquí. Ojalá pudiera preguntarte qué coño se supone que tengo que hacer. Aunque, si estuvieras aquí, ni siquiera estaríamos metidos en este lío.
Inhaló con un temblor, se irguió y se pasó la mano por el pelo húmedo. Fue entonces cuando lo vio. Un movimiento por el rabillo del ojo, en el otro extremo del cementerio. Una figura, medio oculta bajo los árboles chorreantes, allí donde el terreno se hundía. Estaba quieta. Observando.
Tomek se quedó helado, el corazón le dio un vuelco violento. El sonido de la lluvia pareció amplificarse. Incluso a esa distancia, juraría que reconocía la silueta, la postura, la inclinación de la cabeza.
Nathan.
Durante una fracción de segundo, ninguno de los dos se movió.
La figura permaneció junto a la esquina del muro, silenciosa y paciente, como un depredador esperando el momento oportuno.
Tomek parpadeó para protegerse de la llovizna, pero cuando volvió a mirar, el rincón estaba vacío.
Quienquiera que fuese, se había desvanecido.
Se le erizó el vello de la nuca.
—Joder, no me lo puedo creer…
Dio un paso hacia delante, luego otro, antes de echar a correr, atravesando la hierba y zigzagueando entre las tumbas.
—¡Nathan! —gritó.
La figura se sobresaltó, luego se giró y retrocedió, adentrándose más entre las hileras de lápidas.
Esa fue toda la confirmación que Tomek necesitaba.
Corrió tras él, esquivando lápidas torcidas resbaladizas por el musgo, la hierba y las malas hierbas.
El pulso le martilleaba. Cada zancada lo arrastraba de vuelta a sus once años, a sus pesadillas, a estar siempre un paso por detrás, siempre indefenso. Esta vez no. Nunca más.
—¡Detente! —le gritó—. ¡He dicho que te detengas!
La figura tropezó e intentó cruzar una hilera, pero Tomek se abalanzó sobre ella.
Agarró al hombre por la espalda de la chaqueta, tiró con fuerza y lo estampó contra una lápida.
El hombre gritó, agitando los brazos, intentando liberarse.
Tomek lo inmovilizó, con el corazón desbocado y la lluvia goteándole por la cara.
—Te tengo —gruñó, con la respiración entrecortada—. Joder, ya te tengo…
El hombre se giró para mirarlo, con el rostro pálido y los ojos desorbitados, pero no se parecía en nada a la sonrisa burlona que había atormentado las pesadillas de Tomek. No era Nathan. Era un completo desconocido, alguien que estaba de visita para presentar sus respetos a sus seres queridos.
—Por favor… —tartamudeó el hombre, con la voz temblorosa. Rondaba la cincuentena, era calvo y llevaba un ramo de flores que ahora yacía desparramado por el suelo. Llevaba las gafas torcidas, de donde se le habían caído—. No… solo estoy visitando a mi mujer. Por favor .
Las palabras golpearon a Tomek como un jarro de agua fría. Retrocedió, las manos cayéndole inútilmente a los costados, mientras el horror se apoderaba de él. —Yo… —balbuceó, negando con la cabeza—. Mierda. Lo… lo siento muchísimo.
El hombre se apresuró a recoger las flores, temblando mientras se las volvía a colocar en los brazos, evitando la mirada de Tomek. Se alejó a toda prisa hacia el sendero sin decir una palabra más, acelerando el paso hasta que desapareció por las puertas del cementerio.
Tomek se quedó clavado en el sitio, con el pecho agitado y la culpa cayéndole encima como una ola. La llovizna parecía ahora más fría. Se pasó una mano por la cara, mezclando el agua y la culpa.
Entonces sonó su teléfono.
La brusca vibración en su bolsillo lo sobresaltó tanto que casi dio un respingo. Lo sacó a trompicones y miró la pantalla. Kasia.
Contestó rápidamente, apretándoselo con fuerza contra la oreja.
—¿Kasia? ¿Está todo bien?
—Papá…
Se le hizo un nudo en el estómago.
—Kasia, ¿qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Dónde estás?
Otra pausa. Un ruido de forcejeo. Entonces una nueva voz se deslizó por la línea, suave y deliberada, sacada directamente de las pesadillas de Tomek.
—Hola, Tomek.
Nathan .