Capítulo 16
CAPÍTULO
DIECISÉIS
J onny Evans. Jonny Evans. Jonny Evans.
Tomek se había repetido el nombre de aquel hombre en la cabeza varias veces durante la noche, dándole vueltas a las imágenes del accidente mientras permanecía despierto en la cama, con la mirada fija en la delgada rendija de luz que se colaba por los bordes de las cortinas.
En un instante estaba mirando a Kasia y, al siguiente, una intensa luz blanca le cegó la vista.
Había sucedido muy deprisa, de la nada. Los acontecimientos de aquel incidente lo habían mantenido despierto toda la noche, obligándolo a reflexionar sobre todo.
Sobre Kasia. Sobre lo agradecido que estaba de que estuviera a salvo.
Sobre que no podía permitir que le pasara nada.
Sobre que todo lo que hacía era por su bien, por su seguridad, por su protección.
Tenía que asegurarse de que siguiera protegida, de que nada pudiera pasarle, ni le pasaría, jamás.
Mientras Tomek apuraba su tercera taza de café de la mañana, poniéndose al día con los informes del equipo de los últimos días, Rachel se acercó a toda prisa, irradiando entusiasmo. Se sentó en el borde de su escritorio y le pasó la mano por delante de la cara para llamar su atención.
—Espabila, sargento —dijo ella.
—Estoy más despierto que el otro día. —Tomek giró en su silla para mirarla—. Parece que te acabas de tomar una bebida energética.
—Con la energía que tengo, no la necesito.
Cogió una hoja del escritorio y se la entregó.
Tomek la miró sin comprender. El papel contenía una lista de información, pero, en su estado de agotamiento y falta de sueño, le pareció un batiburrillo de garabatos.
Algunos podrían haber sido letras; otros, números —incluso podría haberle anunciado que le había tocado la lotería—, y no habría sido capaz de notar la diferencia.
—Échame una mano —dijo—. ¿Qué estoy mirando?
Ella puso los ojos en blanco y soltó un gruñido que habría enorgullecido a la propia Kasia mientras le arrebataba la hoja y señalaba una sección. Tomek se inclinó y entrecerró los ojos para ver lo que parecía un nombre con un porcentaje al lado.
—Mason Alexander… —Tomek la miró fijamente como si ella le acabara de pedir que se lamiera el codo—. ¿Quién es ese?
—Esa, sargento, es la identidad de los huesos que encontramos en las marismas de Pitsea.
Un chico de quince años de Thundersley. Se denunció su desaparición en 1990, una tarde después del colegio.
Su nombre ha aparecido en el informe de ADN de los forenses.
Es genial, ya tenemos un nombre, pero ahora tenemos la desafortunada tarea de comunicarles la noticia a sus padres.