La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 14
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Capítulo 14

CAPÍTULO

CATORCE

A quella tarde, después de un día más bien tranquilo, Tomek se encontró sentado en una de las sillas más incómodas en las que se había sentado jamás. Los cojines eran demasiado duros y los altos reposabrazos lo aprisionaban como a un psicópata en una camisa de fuerza.

—¿Desde cuándo compras los muebles en un hospital? —preguntó.

—El último se rompió —respondió su terapeuta, Isobel Fox—. ¿No te gusta?

—Preferiría sentarme en el suelo. Sería mucho más cómodo.

Isobel señaló el espacio que había junto a su escritorio. —Adelante, sin problema.

Tomek examinó el sitio y luego negó con la cabeza. —Me apañaré.

—Todo un mártir —comentó Isobel mientras Tomek miraba hacia la ventana de cristal esmerilado de la puerta, donde Kasia estaba sentada en la sala de espera.

—¿Cómo le ha ido a ella ? —preguntó Tomek.

—Bien. Muy bien, de hecho. Ha avanzado mucho desde el verano.

—No me puedo creer que ya hayan pasado casi seis meses —replicó Tomek, refiriéndose al verano infernal en que una secta la había reclutado y sus miembros casi la habían matado, hasta que él intervino y la rescató.

—Ha dicho que le va mejor en el instituto —continuó Isobel—. Lo está disfrutando mucho más. Ha hecho amigos nuevos, sobre todo en su clase de matemáticas.

—Quizá por eso está mejorando en esa asignatura —señaló Tomek—. Es la primera noticia que tengo. Habría estado bien que me lo contara.

—Por lo que parece, no has estado muy fino últimamente.

Tomek se detuvo y estudió a Isobel por un momento. —¿Qué se supone que significa eso?

—Me ha contado lo de vuestra discusión de la otra noche.

—¿Ah, sí?

—Estaba disgustada —dijo Isobel con delicadeza—. Se ha desahogado. Ha dicho que le gritaste.

Se removió en la silla, incómodo. —Me había tomado unas copas. Estaba cansado. Se me fue de las manos.

—¿Y por qué crees que pasó?

—Porque… —Tomek se interrumpió y se pasó una mano por la cara. Exhaló bruscamente y procedió a contarle la situación con Nathan y cómo había afectado a su sueño, a su apetito y a su salud mental.

Isobel escribía en su cuaderno mientras lo escuchaba.

Cuando por fin terminó, sintió un vacío en el pecho, como si le hubiera entregado algo pesado y valioso de lo que no pretendía desprenderse.

Ella dejó el bolígrafo, juntó las manos y lo estudió.

—Es lógico que estés con los nervios a flor de piel.

Cualquiera lo estaría, dado tu historial con Nathan.

Pero vivir como lo has estado haciendo… no es sostenible, Tomek. No es seguro ni para ti ni para Kasia.

—¿Qué quieres que haga? ¿Fingir que no anda por ahí? ¿Fingir que no va a venir a por nosotros?

—No —replicó ella con calma—. Pero sí quiero que dejes de aislarte. Llevas los últimos días encerrado en ese piso con Kasia, alimentando tu miedo hasta que parece la única voz en la habitación.

Tomek apretó la mandíbula. —No puedo permitirme bajar la guardia.

—Estoy segura de que tienes gente a tu alrededor que puede ayudarte a recuperarla —lo interrumpió Isobel en voz baja—.

Rodéate de amigos, de gente en la que confíes.

Tienes compañeros que te respetan, vecinos, contactos.

Y tienes a Kasia, que necesita ver que confías en el mundo lo suficiente como para dejarla vivir en él.

Él la miró, indeciso, mientras la lógica calaba en su mente a pesar de que sus instintos se resistían.

—Si Nathan quiere desestabilizarte, ganará más rápido si os mantenéis tú y Kasia encerrados, viviendo con miedo a una sombra.

Pero si amplías el círculo, si dejas entrar a gente de confianza, le resultará más difícil aislarte.

Los monstruos se nutren del silencio y la soledad, Tomek. No le des ninguna de las dos cosas.