Capítulo 13
CAPÍTULO
TRECE
L os días siguientes se confundieron en una neblina de silencio y paranoia profunda.
Ni Tomek ni Kasia salieron del piso, mientras que Sean iba y venía del trabajo como si no pasara nada.
Ambos tenían demasiado miedo de dejar al otro solo, ni siquiera por un instante, por si ocurría algo.
En lugar de eso, se quedaron en casa: Kasia intentaba mantenerse ocupada con vídeos de YouTube, TikTok y algunos deberes que su tutora había tenido la amabilidad de proporcionarle, mientras que Tomek permanecía pegado a la televisión, con el móvil en la mano, tocando la pantalla cada pocos minutos para comprobar si tenía llamadas perdidas o mensajes de texto de números desconocidos.
Las ventanas estaban cerradas, la puerta permanentemente con la llave echada —solo se abría para dejar entrar y salir a Sean— y las cortinas, corridas.
Era el colmo de la paranoia y, sin embargo, resultó ser completamente inútil.
Durante ese tiempo, no hubo mensajes, ni llamadas perdidas, ni siquiera un críptico correo electrónico en su bandeja de entrada; y eso que había revisado la carpeta de correo no deseado continuamente.
No había habido ni rastro de Nathan Burrows.
En varias ocasiones, Tomek llamó a su contacto, Brent, solo para escuchar de nuevo la confirmación.
Solo para asegurarse de que no lo había oído mal o se lo había imaginado todo.
—Sí —había confirmado Brent una y otra vez—.
Se ha ido. Su sustituto ya ha llegado. No sé a dónde lo han trasladado.
Ojalá tuviera más información para ti. Quizá deberías considerarte afortunado; puede que no quiera saber nada de ti.
A Tomek aquello no le pareció probable. Nathan Burrows era un monstruo. No, estaba convencido de que Nathan estaba planeando algo, haciéndolo esperar, sometiéndolo a una guerra psicológica.
Por ahora, Nathan iba ganando.
Al cuarto día, las paredes del piso se le echaban encima, y la paciencia de Nick y del colegio empezaba a agotarse.
Así que, a regañadientes, esa mañana, Tomek dejó a Kasia en el colegio —esta vez justo delante de la puerta principal— y la vio entrar en el edificio.
No se marchó hasta que vio pasar a todos los coches y se cercioró de que el hombre del tatuaje de la lágrima no estaba por ninguna parte.
Se sentía raro al estar fuera, al estar allí después de haberse encerrado en su propia cabeza.
El parloteo de los escolares en la puerta, los autobuses que pasaban, incluso los semáforos...
, todo parecía demasiado brillante, demasiado ruidoso.
El mundo había seguido su curso mientras él y Kasia se habían mantenido escondidos.
Dentro de la comisaría no había cambiado nada.
El mismo olor a café rancio, el mismo zumbido de los teléfonos sonando, el tecleo de los teclados y el murmullo de las conversaciones resonando por los pasillos.
Sin embargo, para Tomek, cada sonido le retumbaba por dentro, como entrar en una habitación llena de extraños.
Apenas había cruzado el umbral de la oficina cuando empezaron los saludos.
—¡Tomek!
—¡Has vuelto de una pieza!
—¡Bienvenido de nuevo, pluriempleado!
Forzó una sonrisa mientras entraba con la cabeza gacha, esperando que, si se movía lo bastante rápido, nadie lo detuviera. No funcionó.
—¿Cómo te encuentras, sargento? —preguntó Chey, asomándose por encima del monitor de su ordenador—. Y lo más importante, ¿cómo se encuentra Kasia?
—¿Qué? —preguntó Tomek mientras se acomodaba en su asiento.
—Sean dijo que andabas con cagalera; por la que lo sentí fue por ella, por tener que compartir el baño con dos hombres.
Tomek miró rápidamente en dirección a la mesa del sargento; sin embargo, no estaba allí. Se le escapó una risita. Nada como un poco de humor y humildad para devolverlo a la realidad.
—Mucho mejor, gracias —respondió Tomek—. Aunque me sorprende que nadie más lo haya pillado. Tuvieron que ser las sobras de tu madre que trajiste el otro día.
—¡Eso fue la semana pasada!
—A lo mejor tuvo un efecto retardado.
—La última vez que te llevas algo.
—No digas esas tonterías, Chey. ¿No éramos mejores amigos?
Los ojos del agente se iluminaron. —Estaba de broma, sargento. Puedes quedarte todas las sobras que quieras.
Tomek le apuntó con el dedo a modo de pistola. —Así me gusta.
Por primera vez en las últimas setenta y dos horas —de hecho, por primera vez en semanas—, no había pensado en Nathan Burrows ni en su puesta en libertad.
Había sido solo un breve instante, claro, pero demostraba que era posible, que tenía la capacidad mental para dedicar sus pensamientos a otras cosas que no fueran Nathan.
Se reclinó en la silla. —¿Y bien, qué me he perdido?
—¿Quieres decir que Sean no te ha mantenido al día? —preguntó Rachel mientras volvía a su asiento detrás de él.
—No. En casa no me habla. Nos sentamos en silencio sin más.
—Suena como el mejor plan del mundo. ¿No podemos hacer eso contigo todos los días?
Tomek levantó las manos en señal de rendición. —¿Qué es esto, el día de meterse con Tomek?
—Estabas enfermo . No es que te estuvieras muriendo . No vamos a dejar que te libres tan fácilmente —replicó Rachel—. Tú nos harías lo mismo.
No tenía nada que objetar a eso. Se habría metido con el equipo tanto como ellos se estaban metiendo con él, si no más. Estaba orgulloso de ellos.
—¿Alguien quiere ponerme al día de lo que ha pasado, o me paso las próximas horas leyendo todos vuestros informes?
—Parece que aprovecharías mejor el tiempo que escuchándonos divagar durante diez minutos —dijo Rachel, dedicándole una sonrisa de suficiencia.
—Como vuestro sargento, exijo que me digáis lo que me he perdido.
_¿La versión para tontos?
—Como si tuviera cinco años.
—Nada.
—¿Qué?
—Esa es la respuesta: nada. Seguimos esperando los resultados de la datación por carbono y del análisis de ADN.
He recopilado una lista de personas desaparecidas que coinciden con los criterios que nos dio Lorna en su informe, pero no sirve de mucho si no sabemos a quién pertenecen los huesos.
Hay más de trescientos expedientes de personas desaparecidas desde 1990 hasta hoy, y estás como una cabra si crees que hemos tenido tiempo de revisarlos todos en el par de días que has estado de baja.
—Eso lo puedo respetar —respondió él.
Pero sus pensamientos se desconectaron de nuevo.
Miró su móvil y lo cogió, pensando que había visto llegar una notificación.
Un mensaje de texto, quizá de Nathan o del hombre del tatuaje de la lágrima.
Tal vez incluso de Brent. Pero no había nada.
Justo cuando dejaba el aparato, la puerta del despacho de Nick se abrió en la esquina de la oficina. Se hizo el silencio.
—Ah, señor Bowen —empezó—. Veo que por fin ha decidido honrarnos con su presencia.
Girando en su silla, Tomek respondió: —Buenos días a usted también, señor.
—¿Me lo presta un momento?
—¿Ahora?
—Antes de que empiece a ponerse al día de todo, por favor.
Tomek agarró el móvil con fuerza y se levantó de la silla. Mientras se dirigía al despacho de Nick, captó una mirada burlona de Rachel que decía: «¡Uy, uy, uy, a alguien se le va a caer el pelo!».
Tomek siguió a Nick al despacho y se quedó junto a la puerta, como si estuviera listo para una salida rápida, cambiando el peso de un pie a otro. El inspector jefe, mientras tanto, se acomodó en la silla detrás de su escritorio.
—Siéntate —dijo Nick simplemente.
Tomek hizo lo que le dijo y se dejó caer en la silla de enfrente.
—Bueno…
—Bueno…
—Has estado de baja tres días —empezó Nick—. ¿Te encuentras mejor?
Tomek se puso la mano en el estómago. —Mucho mejor, gracias.
—Ahórrame la excusa del curry en mal estado, Tomek. Estás hablando conmigo. Puede que Sean sea lo bastante idiota como para cubrirte, pero yo no soy tan idiota como para creerle. Así que, desembucha. Dime, ¿dónde has estado estos últimos días?
Tomek se quedó mirando al suelo; el trozo de moqueta rozado por la pata del escritorio de Nick se volvió de repente fascinante. Quería marcarse un farol, mantener viva la mentira, pero el peso en su pecho le decía que era inútil. Allí no. No con Nick mirándolo de esa manera.
—Soltaron a Nathan de la cárcel el otro día.
Los ojos de Nick se abrieron como platos. —¿Que lo soltaron ?
—Hace tres días. Recibí una llamada de mi contacto diciéndome que salía. Nueva identidad, nueva dirección, todo nuevo.
—¿Y te quedaste en casa por si aparecía?
Tomek asintió levemente. —No se le escapa una, ¿verdad, señor?
—Uno de los muchos dones con los que he sido bendecido.
—No quería dejar a Kasia sola. No podía arriesgarme. No podía arriesgarme a que apareciera cuando yo no estuviera. Sé que suena paranoico, pero…
—Hiciste lo que tenías que hacer —dijo Nick, con el pecho henchido—. Y… ¿lo has visto o has tenido noticias suyas desde que salió?
Tomek negó con la cabeza. —Nada. Cero. La raíz cuadrada de una puta mierda.
Me he estado volviendo loco. No he dormido.
Cada ruido fuera, cada coche que pasa… estoy esperando que sea él.
Es como si estuviera disfrutando de la espera.
Como si quisiera que me volviera loco antes incluso de dar la cara.
Silencio de nuevo. Entonces Nick se inclinó hacia delante, con los codos sobre el escritorio y la voz firme y tranquila. —Muy bien. Esto es lo que vas a hacer. Primero, vas a dejar de lidiar con esto tú solo. Me cuentas estas cosas en el momento en que suceden. ¿Entendido?
Tomek tragó saliva. —Entendido.
—Segundo, moveré algunos hilos. Discretamente. Es poco probable que consiga algo, pero preguntaré por ahí, a ver si alguien sabe dónde puede estar, cuál es su nuevo nombre, cómo es su nueva identidad. Es un secreto muy bien guardado, así que no será fácil.
—Se lo agradezco, señor. De verdad.
Nick levantó un dedo, aplacando a Tomek. —Y tercero, haré que un coche se pasee por el piso a intervalos irregulares. Solo una pasada rápida en su ruta habitual. Nada evidente. Nada que llame demasiado la atención en la calle. Podría actuar como elemento disuasorio y mantenerlo alejado de vosotros.
—¿Haría eso?
Nick le lanzó una mirada inexpresiva. —Por supuesto que lo haría. Eres como un hijo para mí, Tomek. Nunca podría perdonarme si no hiciera nada. No tienes que librar estas batallas solo. Supongo que sabe dónde vives, ¿no?
Tomek asintió, y un escalofrío le recorrió el cuerpo al pensar que Nathan Burrows apareciera en la puerta de su casa, que su cara apareciera en las grabaciones de la cámara de seguridad.
—Entonces quizá deberíamos ver de colocar uno o dos coches frente a tu casa —dijo Nick.
—Señor… No tiene por qué hacer eso. Es demasiado.
—Eres uno de los nuestros. Te necesitamos trabajando, te necesitamos con la cabeza en lo que hay que tenerla y centrado en esto. Haremos todo lo posible para garantizar que tú y tu familia estéis a salvo.
A Tomek se le ocurrió una idea. —Mi familia —dijo—. Mis padres…
—¿Lo saben?
Tomek negó con la cabeza. Era una decisión que había sopesado varias veces, entre la televisión y sus breves incursiones a la ventana, pero no había llegado a ninguna conclusión.
—Entonces te dejaré eso a ti antes de que hagamos nada con ellos —dijo Nick.
—Entendido —dijo Tomek en voz baja.
Nick se reclinó de nuevo en la silla, asintiendo. —Bien. Ahora ve y dile a tu equipo que tuviste una intoxicación alimentaria. Yo me encargaré del resto.
Tomek se levantó de la silla, con el móvil fuertemente apretado en la mano. Sentía las piernas inestables, el pecho todavía oprimido por el miedo, pero ahora había algo más: una pizca de control. Un recordatorio de que no estaba solo en la lucha.
Se detuvo y se volvió hacia Nick al abrir la puerta. —Gracias, Nick —dijo—. Te lo agradezco de verdad.