La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 12
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Capítulo 12

CAPÍTULO

DOCE

K asia salió de su habitación, medio dormida, poco después de las siete, frotándose los ojos al abrir la puerta y entrar arrastrando los pies en el cuarto de baño.

Tomek la esperaba en su dormitorio, mientras los sonidos de alguien orinando y de la cisterna rompían el silencio del piso.

No había pegado ojo desde su conversación con Sean; se había pasado las primeras horas de la madrugada mirando al techo, y después, mirando el móvil, escribiendo un mensaje tras otro a Nathan para luego borrarlos.

Durante un buen rato, se planteó llamar a Nathan, interrumpirle el sueño en una noche agradable el mismo día de su liberación, pero sabía que no serviría de nada.

No se ganaría nada con una acción así, salvo, quizá, un fugaz momento de alivio y vindicación.

Unos minutos más tarde, Kasia salió del baño. Mientras cogía la toalla de baño que colgaba del dorso de la puerta de su dormitorio, él la llamó.

—Kash…

Ella soltó un gritito ahogado y se quedó helada en la oscuridad. Al darse cuenta de que le hablaba a ella, su expresión pasó de la sorpresa al asco.

—¿Qué? —preguntó, con la voz cargada de desdén.

—¿Podemos hablar un momento?

—Tengo que prepararme para ir al instituto.

En ese momento, Sean apareció detrás de ella, toalla en mano, y se coló en el baño.

—Pues no. Me toca a mí.

—¿Qué? Eso es romper la rutina. ¡Siempre voy yo primero, ya lo hablamos!

—Demasiado tarde. —Sean le dedicó una amplia sonrisa, aplacándola ligeramente—. Habla con tu padre. Te alegrarás de haberlo hecho. —Sean cerró la puerta y echó el cerrojo, dejándolos solos.

—Vamos —dijo Tomek, levantándose de la cama—. Vayamos al salón. No querrás acercarte a ese sitio después de que él haya estado dentro. Créeme.

A regañadientes, Kasia siguió a Tomek hasta el salón, donde él se sentó en un extremo del sofá.

Se movía con la reticencia de una adolescente que detestaba que le dijeran lo que tenía que hacer.

Tras un instante, se acomodó en el otro extremo del sofá, lo más lejos posible de él.

Cuando lo hizo, él se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y exhaló profundamente.

No se atrevía a mirarla a los ojos; ella, sin embargo, no tenía ningún problema.

Sintió que el ceño fruncido de ella lo estaba acribillando.

—Lo siento —dijo—. Por lo de anoche. Fui… un gilipollas. Fui grosero, arrogante y me equivoqué. No debería haberte tratado así. Fue inaceptable, y espero que puedas perdonarme. Nunca debería haberte hablado de esa manera, y no volveré a hacerlo. Pero...

—Me hiciste mucho daño, Tomek.

Eso le dolió. Tomek . No «papá». Había vuelto a llamarlo por su nombre. Su comportamiento debía de haberle calado hondo.

—Lo estoy intentando —dijo—. Y necesito que me escuches, porque hay algo que tienes que saber, algo que también te afecta a ti.

—¿Es por el abuelo?

—¿Qué? No. Es... ¿Por qué dices eso?

—Por su accidente y la operación que tuvo la otra semana. ¿Está bien?

—Está bien. —Tomek supuso que sí, aunque no había hablado mucho con sus padres en las últimas semanas.

—¿Es la yaya?

Tomek negó con la cabeza.

—¿El tío Dawid? ¿Es el piso? ¿Vamos a perder la casa? ¿Es Sean? ¿Tiene que irse?

Tomek se acercó a ella por el sofá, alargando la mano.

Estaba entrando en barrena. Después de todo por lo que había pasado en los últimos meses —haber sido atraída a una secta, casi morir de un choque anafiláctico a manos de un asesino en serie—, había desarrollado una tendencia a darle demasiadas vueltas a todo y a catastrofizar cada situación.

Su ansiedad estaba por las nubes, aunque sus sesiones de terapia la estaban ayudando, lenta pero inexorablemente, a gestionar los momentos de gran intensidad y duda.

Tomek le puso una mano en el brazo, calmándola de inmediato.

—No es nada de eso —dijo—. Es Nathan.

—¿ Nathan ? ¿Y qué tiene que ver él conmigo?

—Va a salir de la cárcel.

Kasia parpadeó, con el gesto tenso, como si no lo hubiera oído bien. Luego ladeó ligeramente la cabeza, con el ceño fruncido por la confusión.

—¿Qué quieres decir con que va a salir ? Creía que ya no iba a ser un problema. Dijiste que estaría en la cárcel durante años.

—Ya sé lo que dije —admitió Tomek—. Pero va a salir.

—¿Cuándo?

—Hoy.

El color desapareció de su rostro. Se le pusieron los hombros rígidos y las piernas se le tensaron, como si fuera a saltar del sofá.

Instintivamente se abrazó las rodillas contra el pecho, como él imaginaba que solía hacer cuando era pequeña.

Sus ojos recorrieron la habitación, deteniéndose en la ventana, en la puerta, en las sombras de los rincones, como si Nathan ya pudiera estar allí. Luego volvieron a clavarse en Tomek.

—¿Qué significa eso para nosotros?

—Significa que tenemos que tener cuidado —explicó—.

Tenemos que permanecer alerta y vigilar a la gente que no conocemos.

Si alguien se te acerca y te sientes insegura, quiero que grites y salgas corriendo.

Saca el móvil y llámame. Si eso no funciona, tienes el número de Sean.

Y bueno, no he sabido nada de él desde que me enteré...

—¿Cuándo te enteraste?

—Ayer.

—¿Y me lo dices ahora ? ¿Por qué no dijiste nada antes?

—Pensé que podría encargarme yo.

—No tengo ni idea de qué aspecto tiene. ¿Cómo voy a saber en quién puedo confiar y en quién no?

Tomek describió al hombre del tatuaje de la lágrima y el BMW, detallando sus rasgos y en qué debía fijarse.

—¿Y Nathan? ¿Qué hay de él?

Tomek describió vagamente los rasgos de Nathan lo mejor que pudo; hacía tiempo que no lo veía cara a cara. A Kasia se le aceleró la respiración. Se bajó las mangas de la sudadera hasta cubrirse las manos, tirando de ellas con fuerza, como si la fina tela pudiera protegerla.

—No sé qué hacer —susurró, con la voz quebrada, muy lejos del desafío que había mostrado apenas unos minutos antes—. ¿Y si nos encuentra? ¿Y si ya está fuera? ¿Y si viene al instituto…?

—Eh, eh. —Tomek se acercó más, rodeándola con un brazo. Al principio ella se resistió, rígida, pero luego se dejó caer contra él, hundiendo la cara en un lado de su pecho. Su cuerpo se sacudía con respiraciones entrecortadas.

—Tengo miedo, papá —murmuró—. No sé qué hacer.

Tomek le besó la coronilla, cerrando los ojos por un momento.

—No tienes por qué saberlo. Eso es cosa mía. Soy tu padre y me encargaré yo.

—Pero ¿y si él...?

—No. Escucha. —La abrazó más fuerte, hablando en voz baja, con calma y deliberación—.

No irás al instituto los próximos días. Hablaré con los profesores y me aseguraré de que tengas deberes y cosas para mantenerte ocupada.

Tú y yo vamos a estar juntos. No sé qué va a hacer Nathan, ni cuándo.

No ha llamado. No ha enviado ningún mensaje.

Nada. Así que, hasta que sepa más, no vamos a correr ningún riesgo. Permaneceremos juntos.

Sus ojos llorosos se alzaron hacia él, inquisitivos.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Kasia sorbió por la nariz y asintió, aunque su rostro estaba pálido y sus hombros aún tensos.

—Pero ¿y si... y si esto no acaba nunca?

—Entonces seguiremos luchando —dijo Tomek con firmeza. Le acarició el pelo, haciendo un esfuerzo para que su propio miedo no se filtrara en su tono—. Tú y yo, Kash. Siempre. Y vamos a estar bien. ¿Me oyes? Vamos a estar perfectamente.