La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 11
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Capítulo 11

CAPÍTULO

ONCE

E stoy corriendo, pero esta vez no corro bien. Voy dando tumbos. Las piernas me pesan en un momento y al siguiente flaquean. Un instante parecen de plomo y al otro, de gelatina.

Por primera vez en mi vida, tropiezo en el bordillo y caigo con fuerza sobre el hormigón, raspándome las manos y lastimándome el hombro.

Probablemente me lo merezco, si se tiene todo en cuenta.

Me levanto y sigo por la acera. Al pasar por la tienda de licores donde los chavales suelen estar fuera, veo un coche blanco que pasa como una exhalación.

Definitivamente, no es un BMW —eso lo veo con claridad—, pero lo que me preocupa es la persona que conduce.

El hombre del tatuaje de la lágrima me mira fijamente desde el asiento del conductor.

Me detengo en seco cuando veo otra figura sentada a su lado.

Esta es más reconocible.

Sean.

Confraternizando con el enemigo. Me detengo, incrédulo, y observo cómo siguen por la carretera antes de girar a la derecha por la calle que bordea el otro lado del parque.

Michał. Van a por él.

Así que arranco de nuevo, esta vez con más fuerza, sintiendo que el vigor regresa a mis piernas.

Corro hacia la entrada del parque, ignorando los faros que me ciegan y el agua que me salpica las piernas.

Cuando irrumpo en el campo, casi me caigo al instante.

Aquello es un cenagal. Me arrastro por él, chapoteando, resbalando, maldiciendo en voz baja.

La vista se me acostumbra y es entonces cuando lo veo.

Michał.

En el mismo sitio de siempre. Tumbado boca arriba en la hierba, cubierto de agua y sangre, con los brazos extendidos en ángulos imposibles, la camisa pegada al cuerpo, teñida de oscuro.

Entonces veo la figura que está de pie junto a él.

Nathan Burrows.

Sonriendo. Tranquilo. Orgulloso. Con los brazos caídos a los lados, los hombros relajados.

Y no está solo.

A su lado está Kasia.

Tiene la cara pálida, el pelo pegado a las sienes por la humedad. Su ropa está empapada. Y sus manos… Dios santo, sus manos. Rojas hasta las muñecas, goteando. La sangre de mi hermano embadurnándole los dedos, manchándole las uñas, marcándola como cómplice.

Me mira. Impasible. Vacía. Como si ya hubiera elegido su bando.

—¡Kasia! —grito, dando un traspié hacia delante, con la voz ronca y quebrada.

El barro es más pesado ahora, más espeso, y me arrastra hasta ponerme de rodillas, como si el propio campo no quisiera que la alcanzara.

Siento como si estuviera vadeando las marismas de Pitsea—. ¡Aléjate de él! ¡Ven aquí! ¡Ahora!

Pero ella no se mueve. Ni siquiera se inmuta.

Nathan se inclina hacia ella, le susurra algo que no alcanzo a oír y, sea lo que sea, hace que sus labios esbocen la más mínima sonrisa.

Vuelvo a gritar, esta vez más fuerte, tan fuerte que me desgarro algo en la garganta. Pero mi hija se queda ahí, en la penumbra, al lado del hombre que lo arruinó todo, mientras mi hermano yace muerto entre nosotros.

¿Qué hace ella ahí? ¿Es porque le grité? ¿O esto ha estado pasando desde el principio? ¿Se ha estado comunicando en secreto con Nathan todo este tiempo, usándome como un peón?

Me despierto antes de poder averiguarlo.

Cuando Tomek abrió los ojos inmediatamente después de la pesadilla, el mundo entero le daba vueltas y la cabeza le martilleaba como si hubiera estado en un ring de boxeo con un peso pesado que defendía su título.

Su dormitorio estaba bañado en oscuridad, y cuando se giró para mirar el móvil, solo eran las 2:32 de la madrugada.

El alcohol lo había dejado K.O. apenas unas horas.

Sin embargo, algo lo había despertado. Algo activo en su cerebro.

Los sensores del miedo, la reacción de lucha o huida convenciéndolo de que necesitaba despertarse.

Normalmente, a esa hora de la mañana, la única razón por la que se despertaba era por su debilitada vejiga, pero esta vez no tuvo tal sensación.

Nathan. Esa era la única razón por la que estaba despierto. Solo podía ser eso.

Mientras Tomek se levantaba de la cama, gimió al sentir un dolor punzante en la cabeza, como olas rompiendo contra un dique.

Se puso unos pantalones cortos de chándal y se arrastró por la alfombra.

El piso estaba en un silencio sepulcral, salvo por el viento de diciembre que crujía entre las rendijas de las ventanas.

El sonido de sus pies retumbaba en el pasillo.

De camino al salón, se detuvo ante el dormitorio de Kasia. Hizo una pausa, escuchando.

Cuando oyó el sonido constante de su respiración al otro lado de la puerta, continuó hacia el salón.

El aire estaba cargado del persistente olor a estofado de ternera.

Se acercó a las cortinas, arrastrado por algo.

Un instinto. Una advertencia. La calle brillaba por la lluvia, el resplandor anaranjado de las farolas la iluminaba entera.

Los charcos se movían y ondulaban con cada ráfaga de viento.

Tomek entrecerró los ojos y se acercó más al cristal, esperando ver el BMW blanco al ralentí junto al bordillo.

O al hombre del tatuaje de la lágrima, de pie, solo en la oscuridad, observando.

Se inclinó, con la frente casi tocando el frío cristal.

Entonces notó un movimiento detrás de él.

—¿Tomek?

«¡Joder!». Tomek dio un respingo tan violento que se golpeó la rodilla contra el radiador que había debajo de la ventana.

El corazón se le subió a la garganta. Se giró bruscamente y vio a Sean sentado de golpe en el sofá cama, con el edredón enredado en la parte inferior del cuerpo.

Tenía los ojos entrecerrados, todavía intentando adaptarse a la oscuridad.

—¿Qué coño haces merodeando así? —susurró Sean con dureza, agarrándose el pecho—. Me has dado un susto de muerte.

Tomek respiraba agitadamente, luchando por recuperar el aliento. —Yo… no podía dormir —masculló, con una mano apoyada en el frío cristal para estabilizarse—. Creí haber visto algo fuera.

Sean parpadeó, intentando asimilarlo. —¿Son las dos y media de la puta madrugada. ¿Qué coño crees que vas a ver, a Papá Noel?

—No andas muy desencaminado —murmuró Tomek para sí, con la mirada perdida por la ventana—. Me va a traer un regalo, de un modo u otro. Y será mucho peor que el carbón.

Sean se sentó en el borde del sofá cama, cubriéndose las piernas con el edredón. —¿De qué coño hablas, tío? ¿Estás sonámbulo? ¿O todavía vas borracho?

Tomek negó con la cabeza y emprendió el camino de vuelta al dormitorio. —No es nada. Olvídalo.

Sean se levantó del sofá y se plantó delante de él, y su imponente presencia detuvo a Tomek. —No vas a ninguna parte. Me has despertado, así que ahora tienes que explicarte. ¿Qué demonios haces aquí a estas horas de la noche?

Tomek dudó antes de responder, evitando la mirada de Sean y respirando con dificultad. Llevaba semanas cargando con el peso, ocultándolo, esperando que se disolviera si simplemente lo ignoraba. Pero no lo había hecho. Solo se había vuelto más pesado. Exponencialmente, desde la revelación de Brent.

—Es por Nathan… —empezó—. Recibí una llamada diciendo que lo van a poner en libertad.

—¿En libertad? ¿Cuándo?

Tomek asintió. —Hoy.

La palabra dejó la habitación sin aire. Sean no tardó en comprender la gravedad de la situación. —¿Por eso fuiste al pub? ¿Y todo ese lío con Kasia?

Otro asentimiento. Tomek mantuvo la cabeza gacha, con la mirada fija en la alfombra. —Y… y me puse celoso.

—¿Celoso de qué?

—De vosotros dos. En la cena, parecías tan amigable, tan colega, como si fuerais los mejores amigos intentando echarme.

—¿Sabes lo ridículo que suena eso? ¡Qué estupidez, pedazo de gilipollas!

Tomek bajó la mirada aún más. Un poco de mano dura y una patada en el culo para ponerlo en su sitio era exactamente lo que necesitaba en ese momento. —Me siento fatal.

La discusión anterior se repitió en su mente, y se dio cuenta de lo cabrón que había sido.

Fuera de lugar. Totalmente fuera de lugar.

En aquel momento, mientras la criticaba duramente por comportarse como una adolescente normal, había deshecho todo el progreso que habían logrado en el último año, todos los avances en su relación.

—Pues deberías —respondió Sean sin rodeos—. Te pasaste tres pueblos. La pobre chica se disgustó tanto que no dijo nada en toda la noche; se fue directa a su habitación. Pero también deberías haber dicho algo sobre lo que está pasando… al menos a mí.

Tomek no respondió. No tenía nada que decir.

—¿Cuánto hace?

—Un par de meses. Fui allí y le di mi opinión a la junta, pero la ignoraron y lo soltaron de todos modos.

Sean soltó un largo suspiro entre dientes. —¿Alguien más lo sabe?

—Nick. Pero solo sabe que estaba esperando la llamada.

—¿Es el único?

—Sí.

—¿Y Nick no sabe la decisión?

—No.

—¿Vas a decirle la verdad?

Tomek se encogió de hombros. —No lo sé. Yo… Pero no puedo ir a trabajar. Tengo que quedarme aquí.

—¿Por qué?

—Por si viene.

Sean dudó un momento, su mente cansada empezaba a reaccionar lentamente. —Va a tener una nueva identidad y todo eso, ¿no?

Tomek asintió.

Sean se masajeó la cabeza. —Esto no es lo ideal, ni mucho menos.

—A mí me lo vas a contar. Por eso tengo que quedarme en casa, proteger la casa, proteger a Kasia.

—Te das cuenta de que tendrás que decirle la verdad, ¿verdad?

Tomek se frotó la cara con fuerza, como si intentara arrancarse la decisión de la piel. —Eso es lo que me preocupa.