La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 10
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Capítulo 10

CAPÍTULO

DIEZ

T omek entró en casa dando tumbos menos de media hora después, empapado y borracho.

Había optado por lo más sensato y hecho a pie el trayecto de casi un kilómetro desde el pub, con la vana esperanza de que eso lo despejara milagrosamente.

El camino se le había hecho largo y arduo y, a pesar de que las farolas lo guiaban, la oscuridad era sobrecogedora.

Por momentos, se imaginaba corriendo a toda velocidad por las calles, saltando por encima de coches y brincando sobre los charcos, ansioso por llegar al parque donde Michał lo esperaba.

Sin embargo, la parte más agotadora del trayecto fue el último cinco por ciento: subir las escaleras con calma y sensatez, fingiendo ser una persona normal y sobria que volvía a casa.

No funcionó.

Perdió la cuenta de las veces que se golpeó contra la pared o resbaló en los escalones. Para cuando cruzó el umbral, Sean y Kasia lo esperaban en el salón, con la preocupación grabada en el rostro.

—¿Papá? ¿Estás bien? —preguntó Kasia, corriendo hacia él y sujetándolo pasándole un brazo por la espalda. Antes de que él pudiera responder, ella dijo—: ¿Estás borracho ? —La acusación en su tono era inconfundible.

—Nooo… —masculló, esforzándose al máximo por sonar sobrio—. Solo me he tomado una.

Kasia lo soltó de inmediato.

—¿Ahí es donde te has largado antes? —preguntó Sean, que sonaba más ofendido que disgustado—. Nick y yo llevamos un buen rato llamándote. Estábamos muy preocupados.

—No lo suficiente como para venir a buscarme —replicó Tomek.

—He mirado dónde estabas en la aplicación Buscar a mis amigos —añadió Kasia.

—¿Ah, sí? —preguntó Sean—. Deberías haber dicho algo. Habría dejado de preocuparme.

Tomek echó un vistazo al paño de cocina que Sean llevaba colgado del hombro y olfateó; el intenso olor a ternera impregnaba todo el piso. —Pero sí para hacer la cena —replicó.

—¿Por qué te estás portando como un gilipollas, tío? —preguntó Sean—. Solo intento asegurarme de que todos comamos. ¿Cuántas te has tomado?

Tomek levantó tres dedos.

Ninguno de los dos lo creyó.

—Si tú te has tomado tres, yo soy Denzel Washington —dijo Sean, negando con la cabeza mientras volvía a la cocina, dejando a Tomek a solas con Kasia.

Durante un largo rato, permanecieron de pie en el salón, estudiándose mutuamente.

En ese momento, Tomek sintió una oleada de resentimiento hacia ella: por lo que representaba, por cómo la necesidad de protegerla lo angustiaba, por la amenaza que supondría la liberación de Nathan para ella, igual que para su familia.

Si no los tuviera a ninguno de ellos, no tendría nada de qué preocuparse.

Solo de sí mismo. Y él sí sabía protegerse.

Pero ella era su hija, la enemiga pública número uno para Nathan, y estaba seguro de que sería la primera en la lista de ese hombre.

—¿Qué pasa, papá? —preguntó Kasia con sinceridad—. Esto no es propio de ti. Nunca habías hecho algo así.

—Un día estresante —dijo él, restándole importancia mientras se dejaba caer en el sofá.

La presencia de Sean era visible en el piso, pero había que reconocerle a su amigo que se aseguraba de que el lugar estuviera limpio y ordenado, manteniendo su ropa de cama, sus prendas y sus objetos personales confinados a una pequeña sección del salón cada mañana después de despertarse.

La mirada de Tomek se posó en un par de zapatos de Sean; uno se había separado del montón y afeaba el conjunto.

En algún lugar de su interior, sus frustraciones comenzaron a bullir.

Sean regresó unos minutos después haciendo equilibrios con una bandeja sobre la que había tres cuencos humeantes.

El intenso aroma a ternera, cebolla y verduras cocinadas a fuego lento llenó la habitación, abrumando sus sentidos y enmascarando el olor a alcohol de su ropa y su aliento.

Se enderezó en el sofá, obligándose a parpadear para disipar la neblina de su cabeza.

—Come —le dijo Sean con firmeza, deslizando un cuenco hacia el sitio de Tomek en la mesa—. Si puedes levantar una pinta, puedes levantar una cuchara.

Tomek masculló algo entre dientes mientras se sentaba a la mesa y se llevaba una cucharada a la boca.

El calor se extendió por su pecho, anclándolo en el momento y despejándolo más de lo que lo había hecho la caminata a casa.

Comieron en silencio durante un rato; el único sonido en el piso era el raspar de los cubiertos.

Tomek se concentró en masticar, saborear y tragar.

Lentamente, la niebla en su cabeza comenzó a despejarse.

Para cuando su cuenco estaba medio vacío, se sentía más normal; no sobrio, pero lo bastante estable como para mantener una conversación sin arrastrar las palabras.

—Cuéntale a tu padre lo que ha pasado hoy en el colegio. —Sean le dio un codazo a Kasia mientras se metía otra cucharada de estofado en la boca.

Kasia se animó de inmediato, su rostro se iluminó de una manera que Tomek no había visto en semanas. Dejó la cuchara y se enderezó en la silla, ansiosa por compartirlo.

—Pues… hoy, en matemáticas, ¿sabes? Ya sabes que siempre…

—Hizo una pausa y le dedicó una sonrisa tímida a Sean—.

Bueno, que no se me han dado bien últimamente y siempre acabo entrando en pánico y equivocándome en las respuestas.

Pues hoy teníamos este problema, uno superdifícil, y todos los demás estaban atascados.

Hasta la señorita Hendry pensó que tardaríamos un rato.

Pero yo, sin más… no sé… vi la respuesta.

Como que… me hizo clic. Y lo he acertado.

La primera de la clase. De hecho, ha parado la clase, me ha dado la enhorabuena y me ha pedido que se lo explicara a los demás.

¡Yo! Explicando mates a otra gente. Ha sido raro, pero… genial, la verdad.

La cuchara de Tomek se quedó a medio camino de su boca.

La bajó lentamente, clavando la vista en su cuenco en lugar de en su hija.

La sonrisa en el rostro de ella, la forma en que se inclinaba hacia Sean, ese algo entre ellos…

todo lo pinchaba y lo aguijoneaba como un cuchillo.

¿Desde cuándo se habían vuelto tan cercanos, tan amigos, tan confiados el uno con el otro?

¿Por qué sentía que su mejor amigo lo estaba apartando de su propia hija?

—Me alegro por ti —dijo secamente.

La sonrisa de Kasia vaciló. Ladeó la cabeza. —¿Ah… y ya está?

—¿Qué más quieres que diga? —masculló Tomek, removiendo el estofado en su cuenco con la cuchara—. Es una pregunta en una clase. No te vayas a creer que eres un genio ahora.

Sean le lanzó una mirada fulminante. —Vamos, tío. Está orgullosa de sí misma. Déjala que lo esté.

—Yo también estoy orgulloso —espetó Tomek. Miró a Kasia y forzó una sonrisa—. Me alegro de que te haya ido bien. Enhorabuena.

Kasia se echó hacia atrás, cruzándose de brazos. Su brillo anterior se había desvanecido, reemplazado por la decepción. Pinchó la cuchara en su estofado y farfulló: —Para mí es importante.

El silencio volvió a caer sobre la mesa, esta vez más profundo.

Sean carraspeó, claramente incómodo. Tomek levantó su cuenco y se metió otra cucharada en la boca solo para evitar hablar, pero el sabor se había vuelto amargo.

Por el rabillo del ojo, vio a Sean poner una mano tranquilizadora en el hombro de Kasia y dedicarle una sonrisa cálida y consoladora.

Estaban estrechando lazos. Sin él.

Sean carraspeó de nuevo. —En fin… lo has hecho bien hoy. Eso es lo que importa. Da igual si es un problema o diez. Lo que importa es que estás empezando a creer en ti misma.

Kasia le dedicó una leve sonrisa. —Gracias.

Pasaron unos minutos más en silencio, con el único sonido del raspar de los cubiertos atravesando la tensión.

Hasta que Kasia volvió a hablar.

—¿Sabes qué más ha pasado hoy? —preguntó emocionada, como si hubiera olvidado el arrebato anterior o estuviera tratando de mejorar el ambiente—.

Todas en el colegio han empezado a llevar esos bolsos de Longchamp.

En serio, todas . Son tan bonitos… Tenía la esperanza de que, a lo mejor…

¿a lo mejor me podríais regalar uno por Navidad?

Sean soltó una risita, a punto de responder, pero Tomek levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué? —siseó.

—Por Navidad… un regalo de Navidad.

—¿Tienes idea de lo que cuestan esas cosas? —la interrumpió, con el rostro contraído—. ¿Y quieres que suelte la pasta en un… símbolo de estatus carísimo solo porque las chicas del colegio los tienen? Por el amor de Dios, Kasia. Creía que eras más inteligente.

La habitación se quedó en silencio. Sean dejó la cuchara, tensando la mandíbula, pero no habló.

Las mejillas de Kasia se tiñeron de rojo y bajó la vista a su cuenco. —No quería decir… Era solo una idea. Olvídalo.

—Sí, bueno, pues considéralo olvidado —espetó Tomek, con una ira que ardía más de lo que podía controlar—. Si crees que la Navidad va de bolsos, tienes las prioridades totalmente equivocadas.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, venenosas y crudas. Se dio cuenta demasiado tarde de lo duro que había sido, pero para entonces, el daño ya estaba hecho. Empujó su silla hacia atrás, raspando ruidosamente contra el suelo.

—Perdonadme —dijo—. Me voy a la cama.

Sin decir una palabra más, se tambaleó por el pasillo hasta su dormitorio, dejando el cuenco medio vacío enfriándose sobre la mesa y a Kasia mirando el suyo en silencio, con el rostro encendido por una mezcla de asco, dolor y vergüenza.